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cómo es vivir con un desorden alimenticio

Esta historia es mi secreto, y uno que he guardado muy bien por años. Los desordenes alimenticios son algo que escondemos por la culpa y la vergüenza. El oscuro infierno de la anorexia nerviosa se convirtió en mi vida y devastó mi adolescencia.

por Milly McMahon
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18 Mayo 2016, 6:05pm

He vivido con un desorden alimenticio durante la mayor parte de mi vida y no estoy sola. En realidad, más de 1.6 millones de personas en el Reino Unido tienen comportamientos alimenticios disfuncionales: eso es uno de cada cuatro personas. Con más muertes por desordenes alimenticios que por cualquier otra enfermedad mental, las investigaciones han encontrado que 20% de la gente que sufre de anorexia morirán prematuramente a causa de su enfermedad, un resultado del fallo de sus órganos o por suicidio.

Hay muchas memorias profundamente perturbadoras que me persiguen de mi pasado de anorexia. Cuando cierro los ojos, aún puedo sentir esa primera vez que creí que me moriría. Lentamente quitándome las muchas capas de ropa frente al espejo de mi recámara por primera vez en muchos meses, me sentí lo suficientemente valiente para ver mi cuerpo adolescente de trece años desnudo. Cuatro pares de medias, tres chalecos, pantalones deportivos, dos suéteres y una camisa quedaron amontonados a mis pies. En ese entonces mis labios y dedos estaban constantemente azules, nada podía protegerme del frío mordaz que me poseía. Apenas tenía las fuerzas para desvestirme, mis brazos de palillo colgaban pesados y débiles mientras yo registraba la imagen borrosa que se reflejaba frente a mí, una ola del terror más intenso que he sentido en la vida cayó sobre mí. Un desierto de huesos había robado mi cuerpo pre-adolescente. En su lugar, un pelaje suave cubría mi irregular estructura con piel de gallina, mi esqueleto apenas protegido por una frágil piel gris, con el grosor de un tejido ligero. Donde los nutrientes debieron de cubrir mis huesos, mi cuerpo había digerido la grasa, el músculo e incluso mi esqueleto para tener energía para mantenerse vivo. Aún me sentía gorda.

Por varios meses antes de este día, había vivido en las sombras, avergonzada de mi cuerpo decadente. Moviéndome con dificultad de clase a clase en la escuela, pasaba lista antes de salir sigilosamente del salón. Pasaba los días escondida, acostada cerca de un radiador o un secador de manos, encerrada sola en un baño, transitando entre la consciencia y la inconsciencia. Mis amigos susurraban y me observaban mientras yo escondía comida en mis calcetines, escondiendo mi snacks en mis bolsillos. Depositaba bolsitas de comida podrida en todos los basureros del campus, desesperada por evadir la masa corporal que la nutrición me causaría. El hambre que sentía en ese momento nunca me tentó a comer. El miedo profundo y absorbente que susurraba en mi oído me alejaba de la tentación. Olvidé lo que era la satisfacción. Mis amigos se alejaron, mi familia estaba enojada y la amenaza de mi tumba se avecinaba cada vez más. 

Pasaba mis días escondida, acostada cerca de un radiador o un secador de manos, encerrada en el baño sola, transitando entre la consciencia y la inconsciencia.

Mientras estoy aquí sentada escribiendo esto siento mis manos temblorosas. Esta historia es mi secreto, y uno que he guardado muy bien por varios años. Los desordenes alimenticios son algo que escondemos por la culpa y la vergüenza. El oscuro invierno de la anorexia nerviosa se convirtió en mi vida y devastó mi adolescencia. El trauma de la enfermedad devoró todo mi cuerpo como un fuego incontrolable. En ese entonces, el deseo de sentirme aceptada, de entender mi propia belleza y escapar al odio propio era más fuerte que la necesidad por respirar. La decepción creciente de mi propia apariencia, mis calificaciones, mi popularidad y el rechazo de mi madre me sofocaban. 

Entre más triste me ponía, silenciaba la desesperanza con hambruna, la anorexia me daba las respuestas a preguntas que yo no podía preguntarle a nadie. Durante mi enfermedad muchos intentaron salvarme de mí misma. Cuando las fétidas bolsas de comida podrida eran descubiertas me castigaban, me enfrentaban, me comprendían y a veces me condenaban. Reconocía la locura de esas veces que salía a correr 20k a mitad de la noche, el peligro que invitaba al tomarme paquetes de laxantes que lastimaban mi estómago como cloro. Las cortadas que me hacia sobre la piel después de que comía, permanecen, aún humillándome, atrayendo miradas y juicios. Mi enfermedad pudo evolucionar porque nunca creí que yo valía la pena.

Antes de que la anorexia se presentara, mis compañeros creían que era llenita, a mi madre le avergonzaba mi torpeza, y los chicos se burlaban de mí. Veía a Britney Spears girar con sensualidad, retorciendo sus caderas y estomago plano y luego jalaba con odio mi propia piel horrenda. Me obligaba a hincarme, sacando cubetas enteras de vómito de mi cuerpo en apuros, lágrimas corriendo por mi rostro, vasos sanguíneos tronándose en mis ojos, un dolor que hervía en mi abdomen. Viendo hacia la ventana desde mi mundo de odio propio, al pararme, mareada y desorientada, los chicos en el jardín de abajo entraban a foco. Riendo y jugando, libres y felices, los veía, distante. Enojada conmigo y desesperada por salir de esta burbuja auto-contenida de dolor emocional espantoso, el único placer que tenía entonces era el sueño que yo esperaba trajera mi fin. Nunca llegué ahí. Lo intenté muy duro por dos décadas, escapando de mi dolor con otras distracciones dañinas. Mis relaciones amorosas siempre acababan rápido. La idea de que mi cuerpo fuera algo más que un intento fallido de lo femenino salía a gritos durante la intimidad, alejándome del deseo carnal.   

La idea de que mi cuerpo fuera algo más que un intento fallido de lo femenino salía a gritos durante la intimidad, alejándome del deseo carnal.

Uno de los momentos más felices con un novio también tuvo su matiz de tristeza. Él sufría de la enfermedad de Hodgekin, y en ese momento yo era un paciente interno del ala de pediatría, dentro de un programa de alimentación para que me obligaran a subir de peso. Él estaba recibiendo quimioterapia en el hospital infantil de Birmingham, y desde el borde de la vida mirábamos la orilla del abismo de cada uno, preguntándonos quién tenía más posibilidades de morir o sobrevivir. Sus enfermeras atendían sus necesidades con calidez, mientras que las mías me observaban con hostilidad, empujando mi silla de ruedas con agresividad de investigaciones clínicas a las comidas. Sentía su resentimiento por mi inhabilidad para comer. 

Los doctores le dijeron a mi padre que tenía anorexia nerviosa y lloró. No lo había visto llorar antes, y de repente, por primera vez en meses, sentí un rayo de luz sobre mi piel. Amor. El alivio fue increíble. Desde ese momento en adelante lucharía y lo sobrellevaría, comería y me mataría de hambre, pero sobreviví. Recaí de nuevo a los 17 años, perdí la fe en mi habilidad de participar en la vida. Fui admitida en una unidad psiquiátrica para adultos. Cohabitaba con los drogadictos, alcohólicos y anoréxicos mayores, nos juntábamos seis veces al día para comer en el pequeño comedor. La mesa de los adictos junto a nosotros nos observaba en completa confusión mientras se atragantaban los festines de calorías, antes de intentar huir del cuarto cerrado para robar esa última botella de vodka de la tienda de la esquina. Todos queríamos encontrar ese botón de escape inexistente para silenciar la voz violenta dentro de nosotros que nos ruega a autodestruirnos.

La anorexia nerviosa es una enfermedad espantosa. Provocada por traumas en mi juventud y una madre ausente, mi travesía de vida de darle sentido a lo que sucedió, cómo perdí la cabeza y me provoqué tanto daño a propósito a mi joven cuerpo, aún me asusta. A los 14 años me diagnosticaron con osteopenia, hypoglicaemia, depresión y malnutrición severa, todos resultados de la anorexia nerviosa. Todo alrededor del mundo la gente está luchando por mantenerse viva en este momento, plagados por la misma voz pútrida que alguna ves me poseyó.

La antigua actitud, comprobada recientemente por Joan Bakewell, apoyando la muy anticuada y limitada opinión de que los desordenes alimenticios son un síntoma moderno de estar atrofiado, no solo es retrógrada, pero increíblemente peligrosa.

La anorexia nerviosa es una aflicción increíblemente triste que merece empatía y amabilidad. En mis momentos más oscuros, cuando estaba sola, con nadie más mas que mi leal padre, estaba literalmente muriéndome por ser comprendida. El mundo me aterraba y yo solo quería seguridad y ser aceptada. Esta era una sensación reflejada por todas esas otras mujeres que se sentaron a mi lado en la terapia, llorando y meciéndose, sin poder encontrar la familiaridad y la amistad por parte de la familia y los amigos que los abandonaron.

La antigua actitud, comprobada recientemente por Joan Bakewell, apoyando la muy anticuada y limitada opinión de que los desordenes alimenticios son síntomas modernos de estar atrofiado, no solo es retrógrada, pero increíblemente peligrosa. La historia reporta la muerte de muchas personas brillantes que se dieron por vencidos, que se rindieron a los castigos destructivos que dicta la anorexia. Forzar a una persona famélica a comer podría retrasar los problemas de salud más inmediatos que amenazan la vida, pero el acercamiento más holístico de solo ofrecer cariño, tiempo y compasión podría ser revolucionario para una persona afectada. Esos pocos enfermos y asustados que caminan entre nosotros requieren de acceso a ayuda cuando son capaces de aceptarla. Sus oscuras e imponentes voces anoréxicas se callan solo en pocas ocasiones para permitir a la verdadera persona hambrienta que está ahí dentro emerja. Mi padre fue mi apoyo y salvador. Sin su paciencia y estabilidad no habría tenido una oportunidad de sobrevivir la anorexia. Todos estamos en nuestra travesía, todos viviremos momentos nublados y sentiremos los rayos de sol. Los problemas de salud mental son naturales y muy comunes en la vida de todos. Al igual que el invierno trae la gripa, la tristeza puede traer disfunción y la inseguridad puede causar un desorden alimenticio. Intentemos hacer que cada uno de nosotros se sienta a salvo al entender que nuestro caparazón, nuestro cuerpo, es un vehículo de vida, no de muerte.   

Esta semana en Reino Unido se lleva a cabo Mental Health Awareness Week, como un esfuerzo para incrementar la conversación alrededor de un tema que sido muy descuidado. En México puedes encontrar información y ayuda sobre salud mental en Ingenium ABP.

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Credits


Texto Milly Mcmahon
Imagen vía BSIP / Getty Images

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