marc jacobs otoño/invierno 2016

Epicamente extravagante y extrañamente hermosa, la procesión de muñecas vivientes oscuramente ornamentadas de Marc Jacobs cerró New York Fashion Week ayer por la noche.

por Alice Newell-Hanson
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19 Febrero 2016, 8:25pm

Marc Jacobs ha creado odas brillantes al cine dorado estadounidense, montó ejercicios militares en mundos Pepto-rosas, y canalizó los interiores barrocos del departamento neoyorquino de Diana Vreeland. Pero su set en el show de anoche en el Park Avenue Armory fue (aunque totalmente blanco y prácticamente sin ser un set) su más dramático hasta la fecha.

Antes de que las modelos entraran en la gélida pista circular blanca, sus sombras eran visibles, asomándose contra un telón de fondo en blanco. Parecían sobrenaturalmente proporcionadas: su ropa voluminosa y sus cuerpos extendidos. Era un presagio literal de la silueta que Jacobs creó esta temporada: de bordeado ancho y peligrosamente alta.

Las modelos estaban colocadas sobre botas de plataforma brillantes y de terciopelo de patente (alto del tipo "tropezándose en una pasarela de Vivienne Westwood") que sujetaba la pierna para crear un efecto largo exagerado. De alguna manera, a pesar de los tacones de 25 centímetros, parecían deslizarse por el imponente espacio de piso abierto. Y el ambiente que sus movimientos y caras conjuraron (sus ojos goteaban lágrimas negras corridas) no podría haber sido más diferente del tono semi-jubiloso de la colección primavera/verano 2016 de Jacobs, en la que Beth Ditto se paseó por una alfombra roja en un reluciente vestido blanco con gritos y aplausos. (Compárese con el cameo sombrío de Lady Gaga en esta temporada, en piel de color verde oscuro y lápiz labial negro).

Pero el detalle de esa temporada se transfirió al otoño. Nada de pluma, lentejuela, o bordado se quedó en el piso del estudio de Jacobs; exploró cada rincón oscuro gótico con sus adornos ornamentales característicos. Gatos negros de caricatura cubiertos de blusas de seda pussybow. Una chamarra de mezclilla gris gigante goteaba con cadenas tipo coweb y parches de bruja. Pequeños suéteres a cuadros grises y negros (que recordaba a las misteriosas preparatorianas que usan Hot Topic) estaban plagadas de agujeros de polilla. Y el vestido de seda a rayas púrpura y negro de Jamie Bochert tenía todo el toque villano de Ursula the Sea Witch.

Pero también hubo femineidad asomándose entre la oscuridad. Letras griegas de fieltro sobre cardigans de gran tamaño, leotardos a rayas, lunares, y el estallido ocasional de rosa chicle completaron un personaje que se sentía más como Gothic Lolita, Merlina, o Emily Strange que verdaderamente demoníaco.

Esa sensación de dulzura siniestra llegó a su punto culminante en una conclusión épica escalofriante. Después de una procesión de chicas usando cernidas montañas de faldas de un metro de ancho, llegó Molly Bair (una chica ya de 1.80 metros descalza) como una hermosa giganta con labios negros. Envuelta en una capa de piel a cuadros rosa y negra que llegaba hasta el suelo, su cuerpo envuelto en una masa de tafetán negro, no parecía usar la ropa, sino ser parte de ella. Se movía como una reina gótica en el cuadro blanco de un tablero de ajedrez gigante que todos estábamos mirando, paralizados, con intensidad.

Más de i-D: Lady Gaga en el show de Marc Jacobs

Credits


Texto Alice Newell-Hanson
Fotografía Umberto Fratini

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