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marlon y amy y la tragedia de la celebridad

Los documentales sobre la vida de Marlon Brando y Amy Winehouse son prueba de que pocas cosas son tan malas para tu salud mental como el ser acosado por la prensa sensacionalista.

por Samuel Fragoso
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04 Septiembre 2015, 5:35pm

El mes pasado fue el estreno de Listen to Me Marlon y Amy, dos documentales prismáticos pero diferentes que llegan a una conclusión similar: que la sangre de sus estrellas epónimas, Amy Winehouse y Marlon Brando, está en nuestras manos. Más importante aún, el derramamiento de sangre no cesará hasta que examinemos y corrijamos nuestro tratamiento carnívoro de las celebridades.

Desde The National Inquirer hasta TMZ, hay un mundo de "periodismo" dedicado a la explotación de las desgracias de los famosos, todo en nombre de la transparencia. Como dijo Nick Denton, fundador de Gawker, cuya empresa parece desintegrarse ante nuestros ojos tras exhibir a un empleado de CondéNast, en una famosa frase en un memo a los empleados: "Creemos que la mejor estrategia de optimización de contenidos web es algo tan antiguo como el periodismo en sí: la impactante verdad y la opinión auténtica".

Es cierto que el periodismo tiene una larga historia con lo que Denton llama "la impactante verdad", y la vida personal de las estrellas siempre nos ha cautivado. 

Pero la raison d'etre de Gawker tiene poco que ver con la transparencia. El enfoque de Denton en la presentación de informes, que se introdujo en el siglo XXI por los Perez Hilton del mundo, se trata de la destrucción. Un desplazamiento superficial por la primera página de Gawker revelará titulares como "Meek Mills: No, en serio, alguien se orinó en Drake en una sala de cine" (un tanto chistoso) y "Multimillonario republicano que se burló de Hillary Clinton tenía una cuenta en Ashley Madison".

Nuestro deseo por leer este material lascivo ha aumentado y se ha visto agravado por el Internet. Estamos en una época dorada del sado-periodismo, donde el objetivo es destruir a los que están en el centro de atención al revelar y criticar sus debilidades. Nos beneficiamos alegremente con el dolor de los demás.

Pero este beneficio por las deficiencias de los famosos no es arte profundo. En cien años nadie se impresionará al leer la investigación "exhaustiva" del National Inquirer sobre la muerte de Robin Williams (un artículo que postula que Williams no se suicidó sino que fue, en realidad, asesinado). Lo que estamos produciendo a diario, a velocidades vertiginosa, es algo efímero y sin sentido que se evapora en el aire en cuanto toma vuelo. El ciclo de vida de estos artículos oscila entre 20 a 30 segundos. Y, en un consumidor normal, estos ataques viciosos le entran por un oído y le salen por el otro. Pero ¿qué pasa con los sujetos de estas afrentas?

Está claro que Brando y Winehouse tenían el talento necesario para atraer la atención, pero si le creemos a Listen to Me Marlon y a Amy, ninguno de los dos tenía la capacidad de resistir la mirada del ojo público. Se tratara de la desintegración de la familia de Brando o de la vida romántica de Winehouse, cada artista se vio obligado a soportar a medios oportunistas y desesperados por complacer a sus lectores insaciables. 

Amy y Marlon son vulnerables porque sus personalidades se construyen con base en su autenticidad; su arte se coloca por encima de su honestidad descarada y su apertura. En Amy, el documentalista Asif Kapadia utiliza material videográfico casero de archivo para pintar un retrato vulnerable de una artista, joven y con acné, contenta de simplemente crear música. Del mismo modo, el director de Listen to Me Marlon, Stevan Riley, reúne, de manera improvisada, horas de grabaciones de audio de Brando para exhibir al actor de método con todas sus complejidades. Brando y Winehouse, con sus particularidades, eran individuos mentalmente perturbados y totalmente sinceros. Tiernos y reflexivos, hablaban desde el corazón -una calidad evidente en su producción creativa.

Por desgracia, la sinceridad es frecuentemente un anatema para el estrellato, o por lo menos para el "estrellato" unidimensional de Hollywood. Marlon afirmó una vez que la única razón por la que todavía actuaba era que "no tenía el valor moral para rechazar el dinero". En lugar de permitir que figuras como Brando y Winehouse fueran ellos mismos, sus vidas fueron reestructuradas y redefinidas para convertirse en espectáculos públicos inanimados de los que la prensa podía alimentarse. Pronto, estos personajes públicos ficticios comienzan a asumir el control y el individuo dentro de la pantalla grande o de la portada del álbum es incapaz de mantener el ritmo. Después de todo, ¿quién demonios podría?

En el inicio de Amy, la artista titular entra a una reunión con varios productores de música. Le piden amablemente que les dé una prueba de cómo suena Frank -su álbum debut. Con una mélange entrañable de confianza y nerviosismo, una joven Winehouse toma su guitarra acústica y empieza a cantar. La habitación está paralizada. En cuanto pronuncia esas primeras palabras ("I couldn't resist him..."), todos los presentes entienden que están ante la presencia de la grandeza -un talento que llega aproximadamente una vez por generación. 

La escena sigue y ella sigue derramando su alma. "What do you expect?" pregunta con frustración, "You left me here alone; I drank so much and needed to touch". Más tarde titulada I Hear Love Is Blind, la canción trata sobre una mujer que le describe a su novio un encuentro sexual que tuvo con otro hombre. El personaje justifica este acto afirmando: "It's not cheating" porque "love is blind".

Es un momento crucial en la carrera de Winehouse, y aún más para el público. Tal vez ese mismo amor, la admiración que tenemos por las celebridades, también nos ciega. Consumidos por nuestra veneración devoradora por Brando y Winehouse, nos perdimos en ellos. Los halagamos con superlativos cuando están en la cima y les escupimos cuando caen. 

Marlon le dijo una vez a Truman Capote en un perfil para el New Yorker: "Cuanto más sensible seas, aseguras ser brutalizado, desarrollarás costras, nunca evolucionarás. No te permitas sentir nada, porque siempre sientes demasiado".

Podría funcionar como un mantra, tanto para el público como para el actor; en el camino, evitamos la humanización, tan terriblemente asustados de que cuando la cámara deje de rodar y las luces se enciendan, estos íconos serán tan idiosincrásicos e imperfectos como el resto de nosotros.

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