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      thinkpieces Hermione Hoby 19 junio 2017

      redescubriendo al icono de los 60 françoise hardy en los 90

      Cuando te das cuenta de que tu corte de pelo podría ser el de alguien más.

      Este artículo fue publicado originalmente en i-D UK.

      Es 1998 y Jennifer, una amiga de la familia en sus cuarenta años, bebe vino blanco con un toque de licor de cassis, usa CK One, y es capaz de imbuir un conversacional "sí" con grandes dosis de firme reflexión. También pasó, según me enteré, su adolescencia en París, estudiando en un lycée. Estos rasgos son, para mi mente adolescente, sus rasgos definitorios. Mucho más tarde, digamos, casi veinte años más tarde, me daré cuenta de que eso la hacía tener excelentes cualidades para introducir a una adolescente británica suburbana a Françoise Hardy.

      Tengo catorce años en esta historia, porque cada historia sobre un ídolo es una historia acerca de tener catorce años de edad. Esa es la época en que se abre la brecha entre nuestras pequeñas realidades vividas y nuestros anhelos por las estrellas de gran fama. Es la edad en la que los ídolos se apresuran a endulzar y agudizar el dolor de esa ruptura. Para mí, ninguna voz suena más a esa ruptura que la de Hardy, la tímida cantante yé-yé que recibió su enorme fama sesentera con escondida consternación.

      Tenía diecisiete años cuando escribió su canción más famosa y ahora tiene setenta y dos: bastante tiempo como para que haya quedado absolutamente harta de ella. Para mí, sin embargo, nunca ha dejado ser nueva. Quizás porque cada vez que la oigo, la chica de catorce años dentro de mí despierta. Tous Les Garcons comienza con una pequeña joya de melodía sin prisas, tan simple que uno se pregunta si está escuchando el tema de algún antiguo programa infantil. Y entonces una voz joven comienza a cantar. Nos cuenta de todos los chicos y chicas que pasean por las calles: "les yeux dans les yeux, et la main dans la main" [tomados de las manos y compartiendo miradas], y todo suena tan encantador que por un momento puedes seguir con la ilusión del programa infantil de TV. Pero entonces notas algo en su voz, una falta de emoción, como si detrás de la dulzura hubiera un vacío provocado por la tristeza. Y así llega: "Oui mais moi, je vais seule par les rues, l'âme en peine" [Sí, pero yo, voy sola por las calles, mi alma en pena]. Cuando puse mi francés de nivel GCSE en uso para analizar estas palabras, mi propia alma adolescente (¡en pena, naturalmente!) se llenó de sentimiento. Más que eso, respondí a los clichés de la canción con un cliché propio: ¡me está cantando! O incluso: ¡c'est moi! [ésa soy yo]. La tristeza era realmente severa pero las melodías eran muy dulces y yo no había comprendido, en mi pequeño mundo de horarios de práctica de orquesta y tareas de geografía, que una canción podía ser dos cosas a la vez.

      Cuando comencé a observar las fotografías de ella de los años sesenta vi lo mismo que había sentido en las canciones. Al igual que esas melodías de colores primarios existieron en el mismo entorno que las valiosas palabras de Rothko, la simple gracia de su estilo está rodeada por algo resistente, cauteloso y andrógino. A menudo parece que en lugar de estar vestida, está acorazada. Una imagen: parada firmemente con una minifalda del gamuza en color oro, blusa blanca de cuello alto, botas blancas al tobillo. Otra: con su pelo alborotado por el viento y medio iluminado por el sol, tocando la guitarra en un campo de maíz con una camisa del cambray, cuyo limpio corte de las mangas le daba a la altura del codo. (Me da pena lo emocionada que me pone el corte limpio de esas mangas). Y en todas las fotos, siempre, su largo cabello castaño con un pesado flequillo. Estas imágenes se han infiltrando en mí de forma tal que, al asimilarlas, casi las he olvidado.

      Tenía veintidós años y estaba en mi primer trabajo en forma como periodista cuando me hice un corte de pelo con flequillo. A la mañana siguiente vi a mi editora entrar, mirarme y luego, discretamente, preguntarle a uno de nuestros colegas si teníamos una nueva interna. No me reconoció. Esto me pareció una gigantesca y hermosa ironía: yo nunca me había reconocido mejor. Tardamos mucho en convertirnos en nosotros mismos -realmente nunca lo logramos por completo- pero, absurdamente, sentí que había dado un salto en esa dirección con ese corte de pelo, como si hubiera llegado a ser yo misma a través de los flequillos. Era un sentimiento exultante -¡vaya, aquí estoy! Es sólo ahora, diez años después y el mismo corte de pelo, que me doy cuenta de la tremenda obviedad. Ese corte de pelo, tan mío, era el de Françoise Hardy.

      Poco después de dejar una mala relación -algo quizás mejor clasificado como un período embarazoso y peligroso de nueve meses de manía-, me compré una chamarra de cuero. Deseaba, intensamente, sentirme como si pudiera manejar una motocicleta y a travesar las bandas sonoras reductoras de velocidad imperturbablemente y sin un sólo rasguño. Usé esa chamarra todos los días durante semanas, incluso durante el caluroso verano, cruzando los brazos sobre mi pecho para hacer que el cuero crujiera y así sentir ese apretado caparazón sobre mis hombros. Una vez más, Françoise Hardy: esta vez usando cuero, montada en una motocicleta, mirando sobre su hombro hacia atrás con inocencia en sus ojos, pero cierto recelo en el gesto de su mandíbula -una advertencia silenciosa y dura: no te metas conmigo.

      Al escribir esto casi me siento avergonzada al darme cuenta de que jamás he leído una palabra suya aparte de sus letras, que jamás he visto una de sus entrevista, que realmente sé muy poco sobre su vida. Pero tal vez sea simplemente así cómo cumplen sus función nuestros ídolos, llenan ese vacío entre tener y querer.

      Credits

      Texto Hermione Hoby
      Imagen vía Flickr Creative Commons

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      Temas:thinkpieces, francoise hardy, paris, francia, belleza

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