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Fotografía Celia Delaney

examinamos la relación entre masculinidad y salud mental

PorDulcie Menzietraducido por Eva Cañada

Dulcie Menzie reflexiona con nosotros sobre el tema un año después del trágico suicidio de su padre.

Fotografía Celia Delaney

Este artículo fue publicado originalmente en i-D UK.

Desde que mi padre se suicidó el año pasado, he estado pensando mucho en la masculinidad y me siento personalmente agradecida por cada una de las personas que están alzando la voz y sincerándose acerca de su vulnerabilidad, desafiando nuestras claustrofóbicas nociones de género e incluso replanteándose sus tareas diarias en casa.

Afortunadamente, vivimos en una época en la que cuestionarse las anticuadas ideas sobre la masculinidad es un imperativo. Sin embargo, debemos tener cuidado para no pasar por alto mencionar que el género todavía nos tiene agarrados por el cuello.

Mi padre pasó a formar parte de lo que el British Columbia Medical Journal ha bautizado como "epidemia silenciosa" de suicidios masculinos. No se puede hacer suficiente hincapié en la importancia de este problema. CALM, una asociación benéfica dedicada a prevenir el suicidio masculino, afirma que esta es la principal causa de muerte entre los hombres de menos de 45 años.

Pero, como sucede con todas las estadísticas, estas cifras nos parecen ajenas: los números no comunican que, a menudo, estas muertes se llevan a hombres sin historial previo conocido de enfermedades mentales, dentro de familias que nunca lo vieron venir.

La muerte de mi padre me ha hecho darme cuenta de lo intratable y persuasiva que es en realidad lo que CALM denomina "la barrera cultural que impide que los hombres busquen ayuda". Incluso en nuestra bulliciosa, abierta y expresiva familia, mi padre fue incapaz de encontrar un modo de comunicar lo que estaba sucediendo dentro de su cabeza.

Isabella Cotier

Lo repentino de tantos de estos suicidios indica una parte clave del problema. Sin que nosotros nos diéramos cuenta, mi padre estaba encerrado dentro de una masculinidad que solo tiene dos opciones: ser un hombre o ser un fracaso. Este hombre debe ser "fuerte" hasta que se rompe, un reino donde la violencia o el suicidio se vuelven posibles. Necesitamos una masculinidad que sea flexible, resiliente, porosa... Incluso permeable.

Quiero formular una pregunta, que espero que pueda ayudar a que empecemos a avanzar hacia este tipo de mentalidad evitando caer en la trampa de autofelicitarnos por nuestro progresista enfoque del género. Mediante la exposición I’M FINE, comisariada por Max Hayter y Sophia Compton, hemos preguntado a 50 artistas qué aspecto tendría una masculinidad que animara de forma activa a los hombres a mostrar su vulnerabilidad.

Merece la pena, por un momento, ahondar en la historia personal de mi padre. Mi abuela paterna falleció de cáncer cuando él tenía 16 años. Sus desolado padre se suicidó unos años más tarde, otro nombre que añadir a la larga lista de hombres cuyas vidas han terminado de este modo.

A mi padre jamás se le animó a que profundizara en las complejas emociones ―pérdida, rechazo, ira― que poblaban su corazón. Ni siquiera conmigo, años más tarde, fue capaz de hablar abiertamente sobre la muerte de su padre como un suicidio: el tema siempre se resumía con la frase "el abuelo murió porque tenía el corazón roto".

Elliot Fox

Esto me ha hecho ser íntimamente consciente del poder de las palabras. Puede que suene trivial, o incluso algo pedante, pero los términos individuales que utilizo para hablar sobre la muerte de mi padre son importantes.

Me han brindado la oportunidad de aceptar y en cierto modo tomar posesión de su pérdida: elijo qué elementos deseo registrar. He llegado a estar en desacuerdo con la idea de que mi padre "cometió" algo (un crimen, que es lo que implica la palabra) o que activamente "se quitó" la vida.

La primera vez que alguien siente un impulso suicida es la peor: si pueden superar eso, pueden recurrir a la certeza de su supervivencia cada vez que aparece un episodio. Así que he decidido no ver la muerte de mi padre como el inevitable final de su historia, porque las circunstancias podrían haber tomado un rumbo diferente aquel día.

Las palabras son esenciales en otro sentido también: debemos considerar que el mayor problema derivado de la masculinidad es la falta de comunicación. Es fundamental crear canales de diálogo para reducir las cifras de suicidio masculino, así como invertir tiempo y energía en erradicar frases sin sentido como "sé un hombre" o "son cosas de chicos". Estas palabras son las rejas que hacen que la masculinidad se convierta en una cárcel.

Por eso es tan importante que organizaciones como CALM sean capaces de crear espacios, foros y comunidades donde poder discutir estos problemas en toda su complejidad. Eso significa no hacer juicios de valor por muy dura que sea una confesión o, en el otro extremo del espectro, por muy aparentemente banal que resulte. Su sitio web es un recurso muy poderoso que ofrece consejos sobre temas que van desde la indigencia hasta la pérdida de cabello. Y su línea telefónica gratuita es literalmente un salvavidas y también un lugar donde los hombres pueden dar sus primeros pasos para lograr abrirse.

I’M FINE también quiere hacer que la gente piense. La exposición se ha convertido en una plataforma para un grupo de obras abrumadoramente personales y sinceras. Resulta muy revelador (aunque no totalmente sorprendente) el número de personas que también piensan que este tema tiene una importancia directa para ellas y para sus familias.

No obstante, la sinceridad brutal y la crítica rigurosa fácilmente pueden caer en un tono sermoneador. Para evitarlo, se ha vuelto fundamental buscar las formas en que todos estamos personalmente implicados en la creación de estos mecanismos tan dañinos, en lugar de simplemente culpar a fuerzas externas: buscar en nuestro interior con curiosidad y no con enjuiciamiento.

Orfayo

Por ejemplo, el fotógrafo Raf Fellner y el cineasta Reuben Hamlyn han explorado cómo el mundo híper masculino de la lucha libre les cautivó durante su adolescencia y, en consecuencia, desempeñó un papel a la hora de conformar sus propias masculinidades en desarrollo. El film de animación de Jack Brown, Raven, lleva al espectador hasta un mundo interior de ansiedad y autodescubrimiento, que ocupa los pensamientos de un intérprete mientras está sobre el escenario.

La diseñadora gráfica y directora artística de la exposición, Georgia Herman, ha redirigido inteligentemente esta introspección hacia el exterior: cubriendo una superficie espejada con su gráfico I'M FINE, obliga al observador a verse reflejado tras esas palabras, que invariablemente significan lo opuesto de lo que realmente afirman.

También queríamos expresar estas ideas de forma enérgica y creativa. Aunque cualquier cobertura de este tema tiene una repercusión positiva, con demasiada frecuencia se habla de él de forma silenciada, repitiendo detalles similares una y otra vez. Queríamos abrir esta mentalidad para crear algo vibrante y no dogmático y el arte visual parecía el mejor modo de hacerlo. Una exposición puede moverse de forma flexible desde lo ingenioso, mordaz e irónico hasta lo profundamente conmovedor. No todo necesita ser explicado totalmente, algunas piezas pueden exponerse en solitario para que el observador aporte su propio enfoque a la interpretación.

Todos hemos utilizado alguna vez un lenguaje arcaicamente marcado por el género, o hemos recurrido a dolorosos estereotipos de género en algún momento u otro. Pero si asumimos nuestra responsabilidad por emplear estas ideas, también obtenemos el poder de cambiarlas y darles forma. Lo que espero que comunique esta exposición es que podemos ser penetrantemente sinceros acerca de la masculinidad y no sentirnos deprimidos sino revitalizados y esperanzados.

Brainstorm presenta: I’M FINE, que se inauguró el pasado 15 de diciembre en la Copeland Gallery.