el amor y otras drogas

No hace falta ir muy lejos para encontrar similitudes entre los efectos producidos por enamorarse y colocarse. Desde la década de los 60, el amor y las drogas se han estado utilizando para provocar la revolución social y dar una nueva forma a la idea...

por Bertie Brandes
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06 Noviembre 2014, 4:15pm

Momilo Gruji

Cuando Lou Reed cantaba eso de que su amor era químico en 1985, no estaba hablando de los beneficios de la oxitocina. Cantaba que la "guerra con armas químicas" tenía una ventaja injusta sobre el amor "físico". Treinta años y varios estudios después, Lou Reed ha encontrado gente que le apoya con esta idea.

Desafortunadamente para los románticos desilusionados de todo el mundo, resulta que el amor podría ser una droga después de todo. En el 2009, un neurocientífico llamado Larry Young publicó Being Human: Love: Neuroscience reveals all [ser humano: amor: la neurociencia lo revela todo] en Nature, la revista de ciencias semanal, declarando que había descubierto el secreto de Cupido. Para Young, el vínculo intangible e impredecible del amor podría entenderse como una serie de eventos neuroquímicos. De hecho, a través de la investigación de moléculas de señalización e interacciones químicas (¡qué romántico!), parece ser que ha demostrado que las emociones complejas podrían explicarse en términos racionales y científicos.

De repente, sin importar el número de páginas de poesía bañadas en lágrimas que todos escondamos, el mundo se enfrentó a la idea de que los sentimientos humanos no son más que un cúmulo de químicos que causan una confusión en nuestras vidas sociales. Luego, por si esto no fuera ya lo suficientemente extraño, Mail publicó una historia que aseguraba que la infidelidad podía explicarse como una inevitabilidad científica y en wikiHow apareció una guía de 7 pasos sobre cómo identificar el amor como un "proceso químico". A pesar de que las complejidades del amor puedan haber inspirado gran parte del mejor arte de la historia, gracias a la dopamina, oxicotina y el cortisol, la ciencia del siglo XXI parecía bastante contenta de argumentar que la inmensidad del espíritu humano no era más que un simple cóctel de reacciones químicas. Es hora de volver a plantearnos los viejos clásicos, ¿no creéis?: "Lágrimas sobre mi almohada, serotonina en mi tracto gastrointestinal".

Pero este diagnóstico más bien triste no es sólo culpa de un puñado de estudiantes de química sin nada mejor que hacer; la idea de que las drogas pueden recrear o intensificar sentimientos de amor no es algo nuevo. Después de todo, ¿qué habría sido del "verano del amor" sin el LSD?

1967 vio un San Francisco rebosante de gente deseosa de participar en al activismo social, sexual y político, rechazando el consumismo, oponiéndose a la Guerra de Vietnam y, en general, ofreciendo amor libre a cualquiera que lo buscara. Con la memoria del fascismo todavía dolorosamente fresca en sus mentes, la generación de la postguerra rechazó rotundamente las ideas previas progresistas de lo que Paul Verhaeghe describe como una "sociedad industrializada". Por el contrario, tal y como Adam Curtis explora de forma brillante en su serie documental El siglo del individualismo, la psicoterapia y la intensa exploración de la identidad se convirtieron en la marca del progreso.

¿Y qué pasó con el amor? Bueno, por supuesto estaba por todas partes, y era libre. El amor fue escogido como arma en la lucha contra la homogeneidad, el capitalismo consumista y la avaricia y, por supuesto, la gente quería hacerlo todo el rato. Y con todo el amor libre llegaron otras drogas, como el ácido. No fue un accidente que los hippies (y los científicos) eligieran experimentar con LSD. El ácido, con sus miradas hacia dentro y hacia fuera a la vez, sus alucinaciones y visiones, representaba perfectamente la obsesión de los 60 por el descubrimiento personal y la conciencia de uno mismo. Verhaeghe escribe de forma convincente sobre cómo el cambio de un interés en la identidad colectiva a la personal en el último cuarto del siglo XXI llevó a la explosión de la experimentación con drogas "visionarias".

En un mundo plagado de publicidad, ametralladoras, televisores y enjambres sobre enjambres de personas, ir en la búsqueda del propio yo se convirtió en algo insignificante en comparación con casi cualquier otra cosa, y, ¿qué mejor forma de entenderte a ti mismo que observando atentamente los túneles inexplorados de tu mente? El amor y las drogas se encontraron con la música, el arte y la política en una cacofonía de autodescubrimiento, cada uno de ellos complementando al resto y todos ellos unidos en la esperanza de derrocar el conservadurismo sexual y social de la década anterior.

Finalmente, el amor libre del final de los 60 se perdió en sueños de estampados de cachemira y pachuli, a medida que los sensatos 70 acababan con los caprichos de la revolución. Con la llegada de los 80, las criaturas fruto del baby boom estaban lo suficiente descorazonadas. Para cuando se presentó el segundo verano del amor, la cultura joven en el Reino Unido se estaba volviendo apolítica. Desilusionados por la violencia de las huelgas de mineros, el desempleo de la postguerra y un alto índice de divorcios, los jóvenes se llevaron la peor parte de una división cada vez más grande entre ricos y pobres, y mientras el partido conservador predicaba los beneficios de la avaricia y la codicia, aquellos que quedaron atrás se vieron cada vez más marginados.

En otras partes del mundo, sin embargo, era otra historia. A finales de los 80, Alemania experimentó una agitación social masiva, cuando grupos de manifestantes se dispusieron a colapsar el Muro de Berlín, mientras que en China los estudiantes se reunieron de forma pacífica en la Plaza de Tiananmén. En el Reino Unido empezaron a verse imágenes de jóvenes luchando contra los regímenes totalitarios. Un sentimiento de descontento creciente, animado por noticias de revolución por todo el mundo, llegó a su clímax en 1989, y el Reino Unido lo vivió en un clima sofocante en el que fue el mayo más caluroso de los últimos 300 años.

Finalmente, 22 años más tarde, los niños de la Thatcher tuvieron su propio verano del amor. ¿Y cuál fue el catalizador? El éxtasis, por supuesto. Oh y la recién construida M25. La gente se reunió para defender el amor y la empatía sobre el individualismo, y el éxtasis intensificó este vínculo. En el punto crucial del hooliganismo del fútbol, cuando los hombres de la clase trabajadora se encontraron en el blanco de la completa arrogancia de la policía y el gobierno, la música house y el MDMA unió a la gente. Fue un verano caótico con raves improvisadas anunciadas en emisoras de radio piratas ajenas a toda clase, color o tribu.

Por desgracia, cuando salió el sol, los camellos habían empezado a vender pastillas chungas y el amor libre no se veía por ninguna parte. Exactamente 22 años después volvemos a los disturbios del 2011, pero ese verano se sintió desbordado de odio. Está claro que al amor le ha pasado algo contraproducente, y quizás sea algo que resulta evidente en nuestro uso de las drogas. Si la droga más relevante culturalmente para los hippies del amor libre y el autodescubrimiento de los 60 era el ácido, me temo que la de nuestra generación es la ketamina. ¿Y qué es lo que eso dice de nosotros? Bueno, para empezar, es un antidepresivo.

Ahora, en el 2014, llegamos muy tarde a nuestro propio verano del amor. Así que, ¿por dónde empezamos? Bueno, según Verhaeghe, la identidad individual en occidente se ha entendido como "perfectible", lo que significa que como cultura ya no nos preocupa el autodescubrimiento sino el automejoramiento. Hay amor, por supuesto, y hay drogas, muchas drogas, pero no hay un sentimiento compartido que nos une.

Mientras que la banda sonora del segundo verano del amor fue una reacción underground hacia las pulcras estrellas del rock de Pete Waterma, para la generación de VEVO el mainstream se ha convertido en algo ubicuo, y de algún modo también ha conseguido convertirse en algo cool. Al carecer de una contracultura determinada nos quedamos complacientes.

Es poco sorprendente que esta generación esté teniendo problemas para identificarse con sus compañeros; nuestro contacto con los otros ha cambiado casi por completo de lo físico a lo psíquico. Donde una vez hubo tensión, ahora hay una gratificación inmediata; donde hubo un descubrimiento sexual y experimentación, ahora está la insipidez del porno online. El amor se encuentra todavía por todas partes, pero no es algo físico, ni siquiera químico, es digital. Quizás Joy Division no anticipó la era online en 1978, pero su profecía sobre la soledad resulta demasiado precisa. La naturaleza hipersocial de Internet significa que siempre lo sentimos como algo que nos asedia. Estar en un contacto constante con la gente es algo agotador, como lo es que se espere que estés absorbiendo constantemente nueva información mientras mantienes una identidad completamente única. Nuestros cuerpos son incluso menos perfectos, nuestras amistades están más llenas de edulcorantes y halagos, y el poder social y político del amor parece una trampa evocadora del pasado.

No es de sorprender que de todo ese ruido, de todos los bips idénticos y vibraciones y los e-mails las 24 horas, de toda la publicidad subliminal, derive una especie de soledad contagiosa que te hace querer estar incluso más solo. Supongo que la ketamina proporciona ese aislamiento. No se trata de una droga intelectual, ni de una droga social, sino que engendra una especie de parálisis. No hace que la gente se sienta agresiva o cariñosa o creativa, hace que se sienta vacía.

Vale mira, no voy a preocuparme mucho por el uso de la ketamina, es cosa tuya lo que te tomes un jueves por la noche, y es barato y no resulta enormemente adictivo y no es de mi incumbencia, pero es absolutamente poco estimulante. Si el amor del siglo XXI es simplemente una reacción química, y la vida es una rutina ordinaria y el capitalismo del consumismo ha dado forma a nuestra propia definición de identidad, entonces no deberíamos preguntarnos por qué la relación más prominente que tenemos con las drogas hoy en día es una que nos promete una total indiferencia.

Quizás no estemos lo suficientemente preparados todavía, pero si vamos a liderar el tercer verano del amor creo que deberíamos dejar de confundir nuestra propia desilusión con complacencia y empezar a creer en el activismo otra vez. Tenemos que rechazar la idea de que nuestras vidas están definidas por nuestras carreras, o que el mérito está definido por el éxito comercial, y entender que solo porque no haya un enemigo fácil de combatir para acabar con eso, no significa que no haya batallas que luchar.

En 1967, el ácido ayudó a redefinir cómo la gente se entendía a sí misma en relación con la sociedad y en 1989 el éxtasis facilitó el rechazo de los estereotipos de razas y clases. En el 2014 el neoliberalismo ha tirado por los suelos nuestra fe en la importancia de la comunidad y la experiencia compartida, y estamos demasiado abrumados por el culto a la personalidad para poder entender bien lo que estamos perdiendo. Si queremos sentir los rayos del sol sobre nuestra espalda en algún momento cercano, tenemos que redescubrir el amor. Con un poco de suerte, las drogas nos seguirán de cerca.

@bertiebrandes

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Texto Bertie Brandes
Fotografía Mom?ilo Gruji?

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Cultură
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the what is love? issue