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2016 fue el año en el que… nos obsesionamos demasiado con nuestros teléfonos

Camina por cualquier calle y la mayoría de las personas pasando están absortos con sus teléfonos; la cabeza abajo, inconscientes de todo lo demás, a punto de chocar contigo. Mientras los efectos deshumanizantes de nuestros teléfonos continúan...

por James Anderson
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31 Diciembre 2016, 7:29pm

En los ochenta, los turistas japoneses en Londres se hicieron famosos por fotografiar cualquier cosa que pudieran, a pesar de lo banal que podría parecer. De repente, grandes cámaras caras serían sacadas colectivamente, se montarían trípodes, lentes puestos y ajustados, y empezarían los múltiples clicks.

La necesidad de nuestros amigos japoneses por la documentación fotográfica de todo lo que pasaba en su viaje de principio a fin, en aquel tiempo fue vista por aquellos que estaban más familiarizados con la capital como excéntrico, cómico, bizarro. Los típicos británicos en aquellos días no les interesaba capturar las travesuras del diario con una cámara. Tomar fotos era una actividad que estaba reservada en su mayoría para ocasiones especiales, como cumpleaños o bodas —los resultados amateur eran juntados en un álbum fotográfico y generalmente olvidados. A veces, sin embargo, la afición de los japoneses por la vida londinense a través de un lente podría resultar lucrativa para las tendencias depredadoras: a mediados de los ochenta, una amiga punk y yo nos subiríamos en un tren desde el norte hasta el Londres turístico, para ganar cantidades considerables de dinero al desfilar con nuestros peinados de cacatúa y atuendos sin combinar de tiendas de caridad por la calle que antes estaba de moda, King's Road. Le cobraríamos a turistas —japoneses en su mayoría, pero otros que también volaron desde partes lejanas del mundo— £1.00 libra por cada foto de nosotros. Era una situación donde todos ganaban: los turistas obtenían evidencia auténtica de unos '¡Punks locos de Londres!' para mostrar a sus amigos en casa (y, sin duda, orinarse de la risa), mientras que nosotros podíamos vivir satisfechos, sabiendo que podríamos comprar más spray para cabello la próxima semana.

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Hoy en día, todos somos como los turistas japoneses en Londres en los ochenta. Pero nosotros no necesitamos las aparatosas cámaras y los artefactos incómodos de antaño, por supuesto, porque tenemos nuestros pequeños y astutos smartphones para facilitar cualquier capricho y necesidad de la vida moderna. Eso es algo bueno, ¿no?

No necesariamente.

Estaba tan emocionado como cualquier persona cuando recibí mi primer teléfono celular. Me lo dieron en el año 2000 por mi jefe de aquel entonces, mientras trabaja en una novedosa compañía en internet que parecía tener montones de dinero para pagarme y unos amigos igualmente desconcertados —un estilista, un fotógrafo y dos compradores— para procrastinar en una oficina elegante en Covent Garden, con la intención de vender moda británica joven y direccional, en medio de una ráfaga de contenido editorial relacionado a los emergentes compradores en línea.

Como era de esperarse, la compañía sólo duro un año o dos, pero yo me quedé con el teléfono, un Nokia, después de que todos nos hicimos redundantes y fuimos arrojados del ciberespacio para regresar al mundo real. Debido a que soy dispráxico y extremadamente inepto con cualquier tipo de artefacto o gadget, nunca me preocupé por buscar un tipo diferente de teléfono, o conseguir una buena 'promoción' —a pesar de que todos insistían en que lo hiciera. Simplemente compré un Nokia, y luego otro, y luego otro mientras los años pasaban. Sus funciones eran básicas, lo cuál era perfecto para mí. Esto siguió hasta 2014, cuando para mi consternación, la compañía telefónica Orange ahora conocido como EE, de pronto me mandó un mensaje de texto para decirme que tenía que cambiar de teléfono porque en dos semanas, mi Nokia pasado de moda sería aniquilado —o las palabras apropiadas para esa acción. Dicho y hecho, catorce días después simplemente dejó de funcionar. Así que, fui obligado a unirme al resto del mundo y obtener un iPhone, cualquier ansiedad relacionada se despreocupó un poco por la promesa de facturas mensuales más baratas y acceso a un nuevo mundo valiente.

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Después de unas cuantas semanas incómodas, débilmente tratando de entender este artefacto de plástico, metal y vidrio —el cual absolutamente todos parecían encontrar fácil de usar— por fin lo pude descifrar un poco, a regañadientes, aunque desde las profundidades de mi bolso o bolsillo, mi teléfono seguía haciendo llamadas de FaceTime accidentales a personas aleatorias —un plomero que había arreglado mi regadera en 2009, por ejemplo. Y de alguna manera seguía encendiendo la lámpara incluida, y después no sabía como apagarla y ocasionaba que la batería se acabara. Suprimía la necesidad de hacer añicos al pequeño hijo de puta cuando no hacía lo que yo quería que hiciera. Al menos por fin me había unido al siglo XXI, aunque era de los últimos en obtener uno de esos teléfonos.

Por los últimos dos años he tratado de seguir la corriente, esta cultura de 'Nosotros y nuestro amorío con nuestros teléfonos', aunque mi interacción es poco entusiasta. Había leído reportes sobre personas acampando afuera de las tiendas Apple para poder obtener una nueva versión de la misma mierda de siempre y me pregunté ¿por qué lo necesitan tan desesperadamente? Aún más desconcertante fue descubrir gradualmente lo enormemente irritadas e impacientes que las personas se convierten si expresas cualquier nivel de desinterés en este culto masivo de comunicación constante, curación, conectividad y competitividad: He tenido discusiones con amigos y colegas del trabajo sobre por qué no reviso regularmente mis correos electrónicos en mi teléfono —simplemente me da pereza. Se han burlado de mí por no querer escuchar música por medio de mi teléfono cuando uso el transporte público —me gusta espiar las conversaciones de otras personas demasiado (a menos que sea escuchar algo aburrido del trabajo, a alguien en su teléfono, o una discusión sobre 'mandarle un correo electrónico a Sandra de Recursos Humanos sobre las hojas de cálculo…'). He sido sermoneado por no usar Google Maps cuando estoy fuera —perderte un poco de vez en cuando no es gran cosa. He sido regañado un sinfín de veces por no contestar mi teléfono —porque a menudo está reposando en mi bolso y no lo oigo sonar.

Soy muy anticuado, lo cual sé que no es muy emocionante. Pero mi tranquilidad instintiva acerca de los efectos deshumanizantes de nuestros teléfonos continúa creciendo. Caminas por cualquier calle en Londres hoy en día, y la mayoría de las personas caminando están absortos por alguna actividad relacionada con sus teléfonos; la cabeza abajo, inconscientes de todo lo demás, a punto de chocar contigo. Hay mucho menos contacto visual sucediendo que antes, menos curiosidad por lo que sucede en tu alrededor inmediato. En el supermercado, lo lamento por la persona que trabaja en caja. Como si el trabajo no fuera lo suficientemente robótico y aburrido, muchos clientes ahora están chateando en sus teléfonos mientras guardan sus abarrotes en bolsas recicladas de compras —adornadas con mensajes altaneros que promueven un mundo más justo— mientras ignoran por completo al humano que los atiende. Vas a un concierto —y notas en muchos fans que no es sobre interactuar con los esfuerzos de sus ídolos musicales, o convivir con gente que piensa potencialmente igual, en su lugar es una noche de tener los brazos cansados por sostener un teléfono en el aire para obtener material tembloroso, para después subirlo a redes sociales junto con el horrible y distorsionado sonido. En un funeral a principios de este año, me sorprendió ver a tantas personas jugando en sus teléfonos en un momento tan triste; espero que la familia del joven hombre no se haya dado cuenta de esta irrespetuosa falta de compromiso. Vi un video recientemente en internet, anunciando dramáticamente el primer club nocturno debajo del agua —posiblemente una farsa, pero no me molesté en comprobarlo ya que sabía que de todos modos nunca querría ir ahí. En gran parte porque los clientes —quienes usaban un equipo elaborado y tanques de oxígeno que les permitía respirar— no se asociaban con ninguna de las actividades perversas e intensas típicamente asociadas con una noche de fiesta, en su lugar todos están viendo a través de sus visores sus teléfonos, apenas conscientes de que alguien más estaba ahí. Se veía muy aburrido. No es menos tediosa la ubicuidad del teléfono en el siglo XXI en los shows de moda. Entiendo que tomar fotos sin parar o grabar a los modelos en la pasarela ahora es la norma —opuesto a simplemente observar con, ya sabes, tus ojos, para escudriñar apropiadamente los frutos de los esfuerzos del diseñador— no sugiere un amor por la moda, sino una necesidad egoísta por ser visto en público participando en el proceso de documentar la moda. Y las mismas personas que hacen esto con tanto fervor y rigidez tienden a ser los primeros en saltar de sus asientos y encaminarse a la próxima revelación de una nueva colección, sin siquiera molestarse en aplaudir la conclusión del show en el que ya están, lo cual es vil. Posiblemente, el diseñador se beneficia en última instancia de la publicidad resultante una vez que estas fotos y videos son publicados en interminables blogs y sitios. Pero le he preguntado a muchos diseñadores cómo se sienten sobre que sus ideas y trabajos sean representados de esta manera, y en general se desesperan ante el omnipresente fuera de foco y las representaciones mal compuestas de su trabajo salpicado por todo el mundo cibernético. No tiene buena pinta.

Cada vez más, me doy cuenta que en situaciones sociales cotidianas, mis amigos se sienten distraídos, espasmódicos, y en otro lugar —incapaces de desconectarse de sus teléfonos. Repetidamente revisando sus mensajes, viendo cuantos likes obtuvieron en Instagram, tweeteando mensajes para el beneficio de sus amigos online que nunca han conocido, publicado una foto de su comida —¿por qué?— o contestando o haciendo una llamada de repente a mitad de una conversación. ¿Podría ser una coincidencia que tantas personas aparentemente ahora sufren de algún episodio de enfermedad mental?

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También he hecho algo de esta mierda. Pero estoy tratando de reducirlo antes de que mi cerebro finalmente esté frito por la sensación constante de tratar de estar en todos lados al mismo tiempo. He apagado mi teléfono algunas veces, especialmente mientras trabajo, y se siente extrañamente liberador. Mi incapacidad de toda la vida para concentrarme ha mejorado un poco y es un alivio masivo no sentirse bombardeado e invadido la mayoría del tiempo por mensajes y llamadas, de lo cual generalmente todo puede ser resuelto más tarde.

Nunca me gustaría regresar al mundo que teníamos antes de los teléfonos celulares —aquellos teléfonos públicos solían apestar a orines y siempre eran vandalizados, queriendo decir que el teléfono a menudo no servía. Y si ibas retrasado a una cita con alguien, no había manera de hacérselo saber. Contrastando, puede ser muy conveniente ser capaces de contactar a alguien en cualquier lado, a cualquier hora. Ser capaz de tomar fotos con un teléfono también puede ser algo maravilloso —lejos del cómico e inconveniente pasado, cuando un rollo de película de una cámara tenía que ser dejado en el centro fotográfico local para ser revelado e impreso, lo cual podía tardarse días.

A pesar de esto, mis vibras confusas y negativas sobre el teléfono alcanzaron un apogeo recientemente, en una fría mañana de octubre, en la hora pico del tráfico de la mañana en Londres. Mientras el autobús número 68 retumbaba a través del puente de Waterloo, de repente vi algo sorprendente a través de la ventana. Un hombre con una apariencia muy desaliñada, posiblemente enojado, había pasado por encima del barandal del puente y se inclinaba hacia delante sujetándose del barandal con una mano, balanceándose precariamente sobre el río Támesis. ¿Un suicidio estaba a punto de ocurrir? Rápidamente mire a mi alrededor en el autobús —¿había imaginado esto, o era real? La docena de pasajeros en el segundo piso del autobús lo ignoraban, ya sea viendo su teléfono o hablando con otras personas con él. Mientras el autobús avanzaba, miré hacia atrás, estirándome para ver, y definitivamente estaba ahí —aún balanceándose en la orilla. También noté a varias personas, vestidos con su ropa de oficina, pasando a lado por el pavimento, aparentemente sin verlo, volteando al otro lado, o simplemente distraídos por estar en su teléfono.

Apanicado, hurgué en mi bolso y saqué el mío. Momentáneamente fijándome que había tratado de llamar por FaceTime a alguien de nuevo, marqué con fuerza 999 y exclamé lo que acaba de ver a la policía. Me aseguraron que había hecho lo correcto al reportar esto y después me aseguraron que habría una respuesta inmediata a esta situación. Pasaron unos minutos, para entonces ya me había bajado del autobús, sintiéndome extremadamente perturbado, la policía me llamó de vuelta para decirme que lo habían encontrado, no había saltado, estaba bien.

Después de esto, me pregunté si el desconocido en el puente tenía un teléfono y, si era así, ¿no se sintió capaz de hablarle a alguien y pedir ayuda? Y yo estaba contento de haberlo hecho y de poder hacerlo.

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Credits


Director de Moda Charlotte Stockdale
Fotografía y estilismo models

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