cómo nuestra generación está dejando de ser (tan) materialista

Con la llegada de Internet a nuestro día a día, las aspiraciones de los jóvenes van mucho más allá de lo tangible. Ahora, nos hemos olvidado de la opulencia para tratar de alcanzar un estilo de vida frenético y repleto de viajes, experiencias y...

por Raquel Zas
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05 Mayo 2016, 7:45am

Imagen vía @dritch

Si te encontrases en este preciso momento con una lámpara mágica (obvia el carácter fantasioso de la pregunta), ¿qué tres deseos pedirías? Si nos alejamos unos diez años atrás en el tiempo, probablemente el imaginario de los deseos de la clase media española estaría lleno de coches deportivos, una casa en primera línea de playa o un par de zapatos de Gucci.

Sin embargo, una vez pasada la era analógica —la época de lo tangible, lo efímero y lo perecedero—, parece que las nuevas generaciones tienen un concepto distinto de lo que es el lujo en nuestras vidas. Dejando a un lado el hecho de que ahora ese concepto siempre viene acompañado de aspectos como 'tener trabajo', 'cobrar las horas extras' o 'ser mileurista', lo cierto es que nuestros ideales materiales se alejan del hecho de poder comprarse un bolso de precio desorbitado.

Imagen vía @jacobbix

Aunque mucha gente cree que es inaceptable decir algo así, nosotros creemos que los jóvenes de hoy en día somos —un poco— menos materialistas. Es cierto que la mayoría de ellos llevan smartphones gigantescos en el bolsillo y se mueven por el tamaño de los logos, pero para nosotros las cosas que de verdad merecen la pena no tienen que ver con las marcas.

Lejos de querer parecer hipócrita, a lo que nos referimos con esto es que valoramos mucho más poder ir a un buen concierto que tener una estantería llena de vinilos (aunque solo si podemos documentarlo todo vía Instagram y/o Snapchat para que la gente vea lo apasionante que es nuestra vida).

En ese sentido, todo esto parece surgir a partir de la llegada de Internet a nuestro día a día. El verdadero lujo se ha convertido en la capacidad de mostrar lo bien que nos va todo en las redes sociales. En lugar de querer llegar a una fiesta con un 'total look' de Prada, lo que realmente le interesa a la gente es subir un selfie frente a las innumerables palmeras del Coachella y asegurarse de que todo el mundo lo ha visto.

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Tan solo hay que fijarse en nuestros perfiles de Instagram: la gente está ahorrando todo un año para poder viajar a Bangkok, aunque para ello tengan que sacrificar su ático en Malasaña y vivir en un cuarto sin ascensor con cuatro personas más. El nuevo lujo es intangible y se ha convertido en experiencias.

Las nuevas generaciones nos preocupamos más por llevar un estilo de vida hedonista que busque la riqueza intelectual y el éxito profesional, y nos esforzamos por dar esa imagen ante los demás —lo que lo convierte en algo tan superficial y frívolo como no salir de fiesta durante dos meses para comprarse un bolso de Céline—.

Sea como fuere, nos preocupamos mucho más por nuestro lado creativo y gastamos mucho más tiempo y dinero en él. Nuestra agenda de Facebook está repleta de exposiciones, retrospectivas de artistas, mesas redondas y quedadas de yoga al amanecer en la playa; cualquier cosa con tal de estar un poco más cerca de ese ideal de vida que hemos creado en nuestra mente. Uno en el que tenemos un mapamundi en la pared lleno de chinchetas con todos los países por los que hemos pasado.

Imagen vía @sheenahko

Y esto se extrapola a todo tipo de cosas: la cultura pop también es consciente de este creciente cambio en la sociedad. La moda se ha decantado por modelos con rostros atípicos e it girls que abogan por un estilo que reside en tu actitud y no en lo cara que sea tu ropa. En el cine, por otro lado, el panorama lo están cambiando piezas grabadas con un simple iPhone que acaban recorriendo los festivales independientes de medio mundo.

Con este cambio de rumbo tan latente, ahora el lujo no solo está al alcance de los que tienen mucho dinero. Los diamantes ya no son los mejores amigos de una chica y, afortunadamente, ya (casi) nadie ha heredado esa creencia tan absurda y terriblemente machista. Los verdaderos problemas de la vida ya no se solucionan con piedras preciosas y, por suerte para todos, las reglas han cambiado.

Imagen vía @shamir326

Esas ideas  anticuadas han dejado paso a una concepción del lujo más etérea, donde lo que importa no es el valor de las cosas que llevamos, si no nuestra propia calidad de vida. Por eso viajamos en aviones cuyos asientos apenas dejan sitio para nuestras piernas, visitamos grandes ciudades de Europa en tan sólo 48 intensas horas de largas caminatas y visitas guiadas —gratuitas si puede ser— y dormimos en habitaciones con diez personas más donde tienes que entrar a oscuras intentando averiguar cuál era tu litera. 

Recientemente les preguntamos a fotógrafos tanto nacionales como internacionales qué era para ellos el lujo y, aunque cada uno tenía su propia interpretación, todas las respuestas estaban muy alejadas de cosas que se puedan pagar con dinero. "Libertad", "actitud" o "belleza" son las palabras que más suenan entre ellos.

Nosotros no nos conformamos con una buena casa y un coche del que presumir, si no que intentamos acabar con los estigmas sociales que nuestros padres tuvieron que soportar. En 2016, para los jóvenes lo importante está en poder ser quién quieres ser, encontrar tu propia identidad a través de un trabajo que te llene o tener tiempo para descubrir todas esas realidades que están ahí fuera esperándote. El lujo es, pues, poder hacer las cosas por ti mismo y, para eso, hace falta mucho más que dinero. 

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Texto Raquel Zas

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