las dos barcelonas: ¿cómo es vivir en una ciudad invadida por turistas?

La Ciudad Condal es un atractivo destino de vacaciones para miles de personas en todo el mundo. Sin embargo, la masificación turística de Barcelona no beneficia a todos por igual.

por Aida Belmonte
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12 Enero 2016, 9:45am

Fotografía Otto Normalverbraucher vía ​Wikipedia

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La palabra guiri tiene un uso tan extendido que ha dejado incluso de sonar despectiva y hasta los propios guiris saben qué significa. Según la Real Academia Española de la lengua, un guiri es un "turista extranjero", pero para los que vivimos en Barcelona, un guiri es mucho más que eso.

Chanclas con calcetines y bermudas, tirantes en enero, idiomas extraños, cenas a las cinco de la tarde, señores paseando por la Rambla vestidos de safari, grupos de jóvenes (y no tan jóvenes) borrachos por todas partes, y un largo etcétera de imágenes y costumbres que configuran el concepto que tenemos de los guiris nosotros, los locales.

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Imagen vía @annaewers

A los que estamos viviendo nuestra segunda o tercera década no nos sorprende ya casi nada. Lo que quizá no sabemos, porque nos queda un poco lejos, es que, antes de que llegaran los turistas en masa, Barcelona era una ciudad donde la gente vivía con normalidad. No era un parque temático -como es ahora- y los vecinos del barrio no tenían que desplazarse por la calle a codazos con gentes de piel color gamba.

Cada año visitan la Ciudad Condal más de ocho millones de turistas de todo el mundo y, como no puede ser de otra forma, lo acabamos pagando los locales. El problema no es de los guiris, a quienes les venden las mil maravillas acerca de nuestra ciudad, sino de la gestión de la propia ciudad respecto al turismo.

¿Alguna vez te has encontrado en un bar al que solías ir a menudo pagando diez euros por un mojito mal hecho y rodeado de conversaciones indescifrables? A todos nos ha pasado: hemos ido a parar a un bar de guiris. Antes era una pequeña y acojedora bodega con el señor Manolo de toda la vida. Ahora lo lleva un empresario extranjero y se dedica a sangrar a los turistas dándoles el peor producto posible al mayor precio imaginable. Y lo mejor es que, para un finlandés que no sabe nada sobre paellas, cuela.

Imagen vía @lolemka

No cabe decir que la marca Barcelona es muy potente y que vende en todo el mundo. Basta con viajar no muy lejos y comentar que eres de Barcelona para que alguien te diga lo mucho que adora a Gaudí y al Barça y cuánto tomó el sol ese fin de semana. Y es que la gastronomía, la playa, así como el legado cultural, la vida cosmopolita y la cercanía con Europa son los rasgos que se potencian en el extranjero cuando se habla de Barcelona. El problema es que luego les venden sombreros mexicanos como souvenir.

Sería mentir si dijésemos que no estamos orgullosos de ser de una ciudad tan alabada y visitada por millones de turistas, pero visto el panorama, lo cierto es que los locales hemos tenido que aprender a esquivar esos sitios de cartón piedra, que venden garrafones a precios 'gourmet' y que se empeñan en subestimar la inteligencia y el buen gusto del cliente. Igual que en los destinos turísticos más masificados del mundo, los barceloneses sabemos donde ir para no encontrarnos con demasiados guiris, ni con las consecuencias que eso conlleva.

Imagen vía @david_solans

Son calles y plazas con sus bares, restaurantes, clubs en los que no pagas lo que pagarías en París o Londres y son casi un secreto entre los locales. Eso sí: la mayoría de ellos se han desplazado a las afueras del centro. Estas nuevas zonas en las que nos movemos los jóvenes autóctonos son Poblenou, el Raval profundo, Poble Sec o Sant Antoni. Los barrios periféricos a Ciutat Vella, zona hoy invadida por los turistas.

No hay convivencia real. Un extranjero difícilmente podrá visitar Barcelona y ver la auténtica cara de la ciudad, a menos que tenga amigos locales para sacarlo de las muchedumbres. Existe, pues, una segregación entre locales y turistas debido a la comercialización de una marca que no se refiere a una colección de ropa ni a un coche, sino a una ciudad entera.

Si los guiris (hablando siempre a grandes rasgos) no se mueven de la Rambla y la Vila Olímpica, los locales no ponemos un pie allí. Otro ejemplo: es probable que si eres de Barcelona no hayas visitado nunca la Sagrada Familia. Se puede deducir de esto que parte de nuestra ciudad está siendo secuestrada en favor de la aportación económica que viene con los turistas. ¿Hasta qué punto es justa esta modalidad de turismo?

Imagen vía @ikitomur

En relación a esta queja, Marc Caellas dirigió en el Antic Teatre una obra titulada Guiris Go Home. Mediante altas dosis de humor negro y una pizca de rabia, se exponía la frustración que significa para los ciudadanos vivir en una ciudad donde prácticamente todo está orientado al turismo. No es de extrañar que les tengamos algo de tirria a los guiris, aunque, por supuesto, también sabemos que no todo es culpa suya.

Guiris Go Home lanza la pregunta de si realmente el turismo como se practica hoy día —una visita guiada destinada a absorber espacios para poder hacerse fotos junto a monumentos emblemáticos— tiene algún sentido y beneficio. Caellas define el turismo de la siguiente (y radical) manera: "Consiste en transportar a gente que estaría mejor en su casa a lugares que estarían mejor sin ellos".

Para resumir, los turistas tienen un nivel adquisitivo superior al de los locales de Barcelona en general y eso provoca que los precios respecto al ocio se disparen una barbaridad. Sin embargo, sigue habiendo sitios que no se doblegan ante el dinero y apuestan por una Barcelona auténtica. Y ésos, los que están más allá de las guías turísticas, son los sitios sagrados de los barceloneses.

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Texto Aida Belmonte
Fotografía Otto Normalverbraucher vía Wikipedia

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