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el renacimiento de la cultura skate

Han pasado décadas desde que el skate entró al mainstream, pero con el rápido crecimiento de marcas como Supreme y Palace, de repente vuelve a ser parte del vocabulario de todos.

por Anastasiia Fedorova
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11 Agosto 2015, 3:25pm

El primer día que agarré una patineta fue probablemente el día más feliz de mi vida. Tenía 26 años, y era un pedazo de madera de arce maltratada decorada con un pulpo de colores en ácido y me fue donada por mi novio. A mis 33, él todavía podía hacer muchos de los trucos que había aprendido de adolescente. Fuimos a un pedazo de concreto a lado de una torre rosa que brillaba en contraste con el skyline gris de Londres. Mis torpes ejercicios de principiante no eran muy veloces, pero sí me dieron, además de moretones, algo inolvidable -un sentido de pertenencia a ese mito urbano de libertad y juventud, y a una pandilla efímera de hermosos renegados a quienes no les importaba mucho la vida en los años setenta.

El aprender a patinar cuando la adolescencia ya se encuentra lejana es algo muy común. El cineasta de culto, Larry Clark, quien se encuentra entre los artistas que definieron la estética de la escena skate de los noventa, aprendió a patinar en sus 40, justo antes de hacer Kids. Aunque su caso es un tanto excepcional, la edad de los skaters urbanos de hoy es mucho más variada que antes: no es solo un pasatiempo para aburridos chicos suburbanos, sino una gran parte de la moda, la cultura contemporánea visual y el ambiente urbano.

En el último año, el paisaje metropolitano londinense fue marcado con dos spots cruciales para el estado del skate contemporáneo. En octubre 2014, Rom Skatepark en East London fue galardonado con el estatus de herencia. Construido en 1978, fue el primer skatepark en Europa en tener sus curvas de concreto protegidas de la decadencia y la reurbanización. Como consecuencia ahora tienes que pagar entrada y usar un casco pero este bien podría ser el precio de la institucionalización. Justo un mes antes, en septiembre de 2014, Southbank Skatepark, una adorada cueva llena de graffiti a lado del Támesis, fue salvada del desarrollo urbano después de una larga batalla de argumentos y peticiones. Ambos lugares indican que el skateboarding es ahora parte consciente de la cultura latente de la ciudad, inclusive por aquellos quienes probablemente no tienen una idea de quien es Larry Clark, Palace o Dog Town.

El fotógrafo de 24 años, Ian Kenneth Bird, comenzó fotografiando a los skaters londinenses hace un año. Él ha estado patinando por 10 años, pero fue la primera vez que decidió combinar sus dos pasiones. Capturados en blanco y negro en los skateparks y calles de East London, los chicos de sus fotografías son colegas skaters y viejos amigos. A pesar de capturar esta desastrosa, ruidosa, y a veces sangrienta actividad, sus tomas son extrañamente tranquilas: sonrisas congeladas en el tiempo y patinetas recargadas en las paredes. Las fotos pudieron haber sido tomadas ayer o hace cinco años -reflejan la atemporalidad del skate en la cual Ian cree. "No creo que la popularidad o la juventud tengan nada que ver con eso -el skate siempre estará ahí- las tendencias en la moda y cultura pueden ir y venir, pero esto no es nada que no haya sucedido antes", dice.

El ascenso del skateboarding al estatus de atemporal no podría haber sucedido sin la fotografía. El skate que conocemos hoy fue moldeado por la invención de las ruedas de poliuretano en 1972 y las fotografías de Craig Stacyk del legendario equipo de skaters californianos de Santa Monica, Z-boys. Un equipo de rebeldes de piel dorada que andaban por las calles como si fueran olas del océano, buscando en patios traseros piscinas secas donde practicar. Los setenta tuvieron la apertura de los primeros skateparks, modelados como estas piscinas, y las primeras competencias de skate. A finales de los noventa, el skateboarding tuvo se segunda oleada de fama mainstream -con hip hop, baggy jeans, grunge, y por supuesto, Kids de Larry Clark, la cual cumplió su veinte aniversario este año.

Siguiendo la obsesión contemporánea de los noventa, la camiseta de skater está de regreso, solo las marcas son distintas: Palace, basada en Londres con sus videos de VHS y grime; la icónica Supreme; la de linaje angelino Bianca Chandôn fundada por el skater de segunda generación Alex Olson; Gosha Rubchinskiy y su crew de skaters post-soviéticos. Con el estilista favorito de Raf Simons, Olivier Rizzo, incorporando camisetas de Trasher en sus shoots, y Larry Clark colaborando con JW Anderson, el skate es definitivamente el amorío más reciente del mundo de la moda.

De todas maneras, uno podría argumentar, que esto poco tiene que ver con el skate real: el momento cuando solo eres tú y la tabla, la emoción y el miedo de mirar dentro de la piscina, el dolor de caer y el impacto del duro pavimento. Patinar ha sido una aventura comercial por décadas, y periódicamente ha entrado y salido de la moda, pero de alguna manera ha resistido el efecto corruptor de todas las industrias a su alrededor. Probablemente porque no hay nada más real que caerte diez veces seguidas antes de lograr el truco: este grado de esperanza y fracaso solo nos es disponible en la infancia. Pero hay otras razones, más culturales.

Primero, el skate es transnacional -un lenguaje común que unifica a los chicos de Afganistán a Rusia a México. El filme corto, Wasteland, es dirigido por Nadia Bedhzanova como un interesante vistazo a esta unidad empoderada por tablas y chats de grupo.

Segundo, el skateboarding es una forma rara de transformar el entorno urbano. El fotógrafo americano Rich Gilligan produjo todo un libro sobre la evidencia de los esfuerzos comunitarios de los skaters, documentando los parques DIY alrededor del mundo, usualmente construidos ilegalmente por skaters en partes ocultas de la ciudad. Estos son monumentos transitorios de la subcultura, los cuales podrían ser derribados en cualquier momento.

Pero la razón principal es política. El skate siempre ha atraído a los outsiders: es gratuito y una vez que has invertido en la tabla, puedes practicarlo en casi cualquier parte. Una nueva franja de asfalto o las curvas de concreto de un edificio brutalista -nadie te lo va a quitar, aunque deberías evitar caer en el juego del gato y el ratón con los guardias de seguridad. Cuando eres un niño la libertad es un instinto, pero cuando eres un adulto es una decisión consciente. En el Londres de hoy es fácil sentirte como un outsider: luchando por pagar la renta o las deudas universitarias, mientras nuevos y brillantes desarrollos habitacionales son levantados a nuestro alrededor, teniendo que vivir bajo el gobierno Conservador, el cual no representa los intereses de los jóvenes y sin mejoría en el futuro previsible. ¿Acaso el skate está pasando por un renacimiento porque soñamos con retomar las calles de nuestra propia ciudad? 

Credits


Texto Anastasiia Fedorova
Fotografía Ian Kenneth Bird

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