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​louise bourgeois: el arte garantiza la cordura

Una nueva y poderosa exposición en el Guggenheim de Bilbao revela la dramática vida interior de una de las escultoras más únicas y enigmáticas del arte moderno.

por Felix Petty
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05 Abril 2016, 4:24pm

La pieza más famosa de Louise Bourgeois, Maman, esa gigantesca araña de bronce y acero, ha evolucionado de ser un símbolo de maternidad a ser un símbolo de arte moderno, punto. Ahí estaba, en la apertura del Tate Modern, en el 2000, lo primero que veías al atravesar las puertas del nuevo templo londinense del arte moderno: esas largas y delgadas piernas arqueadas sobre el aire, un aura de terror tranquilizante, una monstruosidad protectora, aterradora y tierna. Era un tributo a la madre difunta de la artista, un modelo de la maternidad, anidando a esos huevos de mármol preciosos sobre nuestra cabeza.

Maman ahora se encuentra afuera de otra manifestación arquitectónica post-industrial del renacimiento expansivo de una ciudad dirigida por el arte: el Guggenheim, en Bilbao. Ahora se encuentra ahí sentada, a las orillas del Nervión y recargada en esas relucientes curvas de acero del museo diseñado por Frank Gehry, vigilando, un mirador inescrutable. Maman, no puede uno dejar de comparar su majestuosidad al desafortunado y feliz cachorro floreciente que se encuentra del otro lado del museo, encarando la ciudad. Entre estos dos iconos podría haber un microcosmos de las polaridades opuestas dentro del arte moderno hoy. Uno, reluciente y destellante, un post-moderno icono irónico del desapego emocional hiper-capitalista; el otro una pesadilla de símbolos aterradores que accede a traumas personales y colectivos. El año pasado la brillante y atrevida retrospectiva de Koons llegó al museo, este año presentan a Bourgeois, en una exposición de su serie de esculturas llamada The Cells, la última obra que hizo la artista antes de su muerte en 2010, una serie de obras que retomaron su infancia turbulenta.

Louise Bourgeois, In and Out, 1995 © The Easton Foundation / VEGAP, Madrid

Louise creció en Choisy-le-Roi, un suburbio de París, donde su familia tenía un negocio de restauración de tapices. Su madre era linda pero frágil, y constantemente enferma. Su padre era autoritario y adúltero, y tuvo un amorío con la casera durante gran parte de la infancia de Louise. Su madre lo ignoraba, pero ella almacenó las memorias durante toda su vida, lo cual le causó ansiedad y depresión. La madre de Louise murió repentinamente cuando estudiaba matemáticas en la Sorbone, un evento que la llevó a reconsiderar la dirección hacia donde iba su vida y convertirse en artista, algo que su padre odió hasta que tuvo éxito.  

Estos eventos, pasiones, dificultades, son algo que ella retomaba con frecuencia en su arte, y es la tragedia y drama emocional de su juventud, retomada, rechazada y despoja, lo que hace a The Cells tan poderosa y resonante. 

Louise Bourgeois, Cell II, 1991 (detalle) © The Easton Foundation / VEGAP, Madrid

Fue en 1991, a sus 80 años, que comenzó a trabajar en The Cells. Esto fue un año antes de su retrospectiva en el MoMA, la primera artista femenina a ser tan condecorada por la institución. Después de toda una vida entera de hacer obras, estaba obteniendo tanta importancia que se convirtió en una de los artistas vivos más aclamados, exponiendo su obra por todo el mundo, y la araña se convirtió en un símbolo mundial de su obra. Pero mientras obtenía el reconocimiento que su talento único merecía, en vez de mirar hacia el futuro, estaba volteando a ver a su infancia perturbadora en Choisy, las ruinas emocionales que encontró se convirtió en The Cells. Fueron sus triunfos artísticos de finales de su carrera, un psicodrama convertido en autobiografía de la niñez de Louise refractado a través del terror del psicoanálisis freudiano. The Cells saca el pasado a la luz como barcos en un río, camas inquietantes, dándole sentido a los fragmentos que salen a la superficie. Se centran en la vida emocional de una joven Louise para intentar dar sentido o superar los restos de una niñez perturbada al re-acomodarlo de manera escultórica. "El espacio no existe". Dijo alguna vez. "Solo es una metáfora para la existencia". The Cells son la cumbre de la obra del artista, la principal metáfora para la existencia, ya que crean un lenguaje escultórico encerrado para darle sentido a la existencia. Esta exposición en el Guggenheim en Bilbao es la primera dedicada a estas piezas, la exposición más grande de sus obras, juntando todas por primera vez, es una hazaña de curaduría excelente, como una piedra Rosetta que nos revela ese lenguaje tan personal y escultural a todos.

Célula, la palabra por sí sola, podría ser el mejor lugar para comenzar a desempacar todo en la serie. Una célula, un componente de la vida, la unidad más pequeña de lo que nos hace nosotros; o una celda, una prisión, una habitación pequeña y vacía donde estamos encerrados, un lugar a donde retirarse —algún punto entre esos polos es donde nos encontramos a nosotros mismos; una arquitectura de la existencia construida a base de la prisión freudiana de nuestra niñez. "El arte es la garantía de la cordura. El dolor es el secuestro del formalismo", Louise escribe con bordado sobre la cubierta de una cama en Cell I, de 1991. Podría ser un aforismo de la psicología de todas estas piezas. "Necesito mis memorias" otro pedazo de bordado dice en Cell I, "Son mis documentos". 

Louise Bourgeois, Cell (Choisy), 1990-93 © The Easton Foundation / VEGAP, Madrid

The Cells mantienen una estructura bastante sencilla, como una manera de jugar con la narrativa de expulsar a la memoria. Dentro de cada espacio cerrado, rodeada por puertas o jaulas, Louise acomoda una serie de objetos. Son esculturas especiales y constelaciones emocionales, detrás de las barreras forman un lenguaje convincente y contenido sobre la niñez que se asemeja a las dimensiones aterradoras de los cuentos de hadas (más como Charles Perrault que Walt Disney). Es un lenguaje difícil de traducir. Una lista de los objetos que construyen ese lenguaje apenas y le hace justicia a la complejidad de The Cells. Hay mármol suave color piel labrado en forma de brazos, piernas y torsos desmembrados, o maquetas de su casa de la infancia en Choisy. Costales de hule que cuelgan de las paredes, que representan órganos sexuales (la raíz de todo lo freudiano) o pelotas gigantes (Freud de nuevo) ancladas al suelo como una imponente figura paterna. Hay sillas, símbolos de sentencia, hay huesos y ropa, el mero tejido de lo que somos, hay fragmentos de tapices de su infancia, desgastados y derruidos y apenas cubriendo las paredes de las celdas. Hay camas, sitios donde tantas cosas de la vida suceden, esos dos hermosos opuestos de los cuales todo arte debe tratar: sexo y muerte. Hay espejos, superficies que nos permiten mirar hacia esquinas escondidas de los espacios escultóricos, revelándonos lo que está escondido, y mostrándonos a nosotros mismos. (La casa de Louise en Nueva York no tenía espejos, como si le temiera a lo que pudiera ver). Sufría de agorafobia y claustrofobia, estaba aterrada de lo pequeño y de lo grande, y era popular por su pequeña estatura. Las celdas están construidas a su tamaño, las sillas, las camas, los techos son del tamaño de Louise. Construyó sus propias jaulas para los traumas emocionales. Están repletos de códigos emocionales, como los cuartos de acumuladores, pero delicada y perfectamente acomodados, como los cuartos de neuróticos. Nos atrapan pero nos liberan, hay escaleras que no van a ningún lado, muros cuya parte trasera no puedes ver, lugares de los cuales sientes que puedes escapar pero es imposible. Ese es nuestro pensamiento infantil, no creen. The Cells son tumbas para nuestras vidas interiores, monumentos para el recuerdo, pero también una manera de dejar al pasado ir. En una de las celdas, una guillotina está sobre una maqueta de su casa de Choisy, en otra una araña sale de dentro de un modelo de un niño sentado sobre una silla tapizada. 

The Cells gozan de la dicotomía. Son padre y madre en partes iguales, protectoras y reveladoras, reconfortantes y aterradoras, espacios donde miramos hacia adentro y de los cuales miramos hacia afuera, voyeuristas y exhibicionistas, hacen de la vida interior algo exterior, lo intangible vuelto tangible, ocultan y exponen, la infancia refractada a través del lente de la muerte que se aproxima.

Louise Bourgeois, Cell XXVI, 2003 (detalle) © The Easton Foundation / VEGAP, Madrid

Louise nos pasea por su infancia a través de esta constelación de objetos y materiales, recreando la narrativa del trauma infantil, explorándolo y examinándolo, intentando reconciliarse con ella. "El artista permanece un niño que ya no es inocente pero no se logra liberar del inconsciente", alguna vez escribió acerca de una de las celdas, You Better Grow Up, de 1993 (una jaula adornada con espejos, y tres manos de mármol, dos más pequeñas que se aprietan una a la otra, sobre un pedestal de piedra sin labrar), "es humillante ser un juguete en las manos del miedo que te aprieta tan fuerte". 

The Cells trata de ese miedo, ese dolor, esas cosas que no te sueltan, que son tan difícil quitarse o aceptar, desean seguridad y privacidad, y sin embargo la única manera para que Louise la artista lo logre, paradójicamente, (quizá sea eso por lo que The Cells están tan obsesionadas con la paradoja) es al exponerlas para que todo mundo las vea. Hay algo un poco perturbador en estas esculturas, son grotescas y enormes y están llenas de símbolos fantasmales que recurren como si estuvieran atorados en una órbita inescapable, intentando desenredar el nudo gordiano.

Louise Bourgeois, Cell (The last climb), 2008 © The Easton Foundation / VEGAP, Madrid

La última celda que hizo, menos de dos años antes de su muerte en 2010, se llama The Last Climb. No solo la última celda pero también una de sus últimas piezas de arte, es la única celda en la exposición que no te deja sintiéndote mareado, inquieto. En The Last Climb la constelación de elementos parece llegar a la paz como conclusión (¿o será simplemente la lectura fácil autobiográfica?) la jaula grande está restringida de contenido, esquilada del caos, los elementos buscan la harmonía en lugar de la disonancia, una escalera en espiral sale por arriba de la celda, esas pelotas paternales gigantescas aparecen rotas por el suelo, otras esferas azules de vidrio flotan a los lados de la escalera y fuera de la celda también, a la deriva de la libertad, o por lo menos a una conclusión. Está llena de luz, esta mujer agorafóbica, claustrofóbica e insomne crea un símbolo de libertad para ella misma, un último ascenso, una celda para liberarse de The Cells.

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Credits


Texto Felix Petty
Imagen principal Louise Bourgeois dentro (Articulated Lair) en 1986. Fotografía Peter Bellamy © The Easton Foundation / VEGAP, Madrid