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la revolución rusa de valentino

La noche siguiente a las elecciones en Estados Unidos, Valentino llevó el corazón liberal de Nueva York a Moscú en un evento prohibido que marcó la apertura de su nueva tienda Tretyakovsky Proyezd. i-D habló con Pierpaolo Piccioli sobre la unidad...

por Anders Christian Madsen
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15 Noviembre 2016, 7:26pm

Aunque Pierpaolo Piccioli hubiera sido psíquico, Valentino no podría haberlo planificado mejor. Veinticuatro horas después de la conmocionante victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de Estados Unidos, el diseñador más abierto de la moda trajo las calles de Nueva York a Moscú, dedicando el primer evento ruso de la casa romana a la más liberal de las ciudades estadounidenses. Por supuesto, Black Tiger -la fiesta con temática de la prohibición organizada en una bodega abandonada el jueves por la noche- no tuvo la intención de ser un comentario sobre el apoyo del presidente y los medios de comunicación rusos hacia Trump, pero la ironía habló por sí misma. Marcando la apertura de la tienda más grande y más hermosa de Valentino en Moscú (hay tres), muy cerca del Bolshoi, la curaduría de las festividades estuvo a cargo de la compañía teatral neoyorquina favorita de Piccioli, Sleep No More. Tenían a los invitados paseando por el Nueva York de los años veinte con todos los blind tigers -término que se usó durante la Época de la Prohibición para denominar a los establecimientos donde se vendía alcohol- y las tiendas de dulces, parejas presurosas y oligarcas rusos muy bien peinados, tal como lo podría haber soñado un Bloque del Este occidentalizado. "Queríamos crear un momento, que no hubiera sido creado en ningún lugar en particular, y celebrar la apertura de esta tienda permitiendo a la gente experimentar a Valentino de una manera diferente", dijo Piccioli a la mañana siguiente, tomando café en la tienda de la marca. "No sólo para celebrar la belleza de la casa, sino lo cool y lo contemporáneo, es acercarse al algo que ya conoces desde una perspectiva diferente, que es exactamente lo que quiero hacer con la casa. Es una especie de manifiesto".

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Han pasado cuatro meses desde que el diseñador de cuarenta y nueve años, que tomó el timón en Valentino en 2009 con su entonces pareja de diseño, Maria Grazia Chiuri, fue dejado al timón por su cuenta después de que su capitana adjunta saltara del barco para irse a Dior. Aparte de su primer desfile individual en octubre -por el cual recibió críticas favorables-, Moscú marca el primer evento y entrevista de Piccioli para la casa después de la salida de Chiuri. "No estaba pensando en las reacciones de la gente hacia mi primera colección en solitario, sólo hice lo que se me antojo hacer", dice, dándole un tono casual al tema, que ya había quedado establecido cuando los dos diseñadores asistieron cada uno al desfile del otro en esta temporada. "Lo que fue realmente diferente fue el enfoque, porque cuando son dos trabajando juntos, tienen que respetarse mutuamente, obviamente. Hablan, comparten ideas, todo se vuelve más reflexivo", continúa, haciendo una pausa contemplativa de vez en cuando. "Yo solo podría darle emoción a la emoción de manera muy directa, sin filtro, de modo que logras encontrar un sentido más profundo en tu trabajo. Te adentras en las raíces y llegas de forma directa a la gente. Es diferente. Es más emocional. Se siente como algo más al desnudo en cierta forma". Cuando Chiuri se fue, los rumores en la industria decían que ella era la parte artesanal y él era la parte investigadora. Como se pudo ver, ambos eran diseñadores consumados: creativamente dotados y socialmente conscientes; Chiuri con una fuerte declaración feminista en Dior y Piccioli con un sentimiento punk en Valentino, los cuales no podría haber sido más acertados en un año político de conformismo.

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"Si piensas en transmitir la idea de belleza como individualidad, autenticidad y diversidad, se trata entonces de expresar valores para la sociedad, no sólo para la moda", dice. "Y yo quiero hacer eso, es una oportunidad". Esas palabras deberían de ser el resumen de trabajo de todos los diseñadores de moda en el mundo, y aunque ya habíamos drenado el pantano hablando sobre Trump durante una cena dos noches antes, Piccioli sonríe ante la hermosa ironía de su oportuno evento en Moscú. (Si cuestionas la realidad del afecto de Rusia hacia Trump, simplemente pregúntale a la chica de la tienda de dulces de Moscú: felicitó al amigo de Nueva York de este escritor por su presidente electo el día anterior con las palabras terriblemente inoportunas, "somos más fuertes juntos"). "La idea de un momento en el tiempo para establecer los valores de la casa: la casa de Alta Costura romana que es contemporánea y cool", reflexiona Piccioli, meditando acerca del evento Black Tiger. "Los códigos de la casa en una perspectiva diferente: una zona industrial, que habla más sobre Moscú que cualquier otra cosa", dice. "Creo que es importante tener un enfoque mundial, pero manteniendo tu identidad local. Valentino es realmente una casa romana y definitivamente soy muy italiano en términos de identidad, pero me gusta ver al mundo. Es una perspectiva abierta". Ha sido el ethos de Piccioli desde que asumió por primera vez la dirección de Valentino, y la cual con su nueva posición en solitario sólo se ha reforzado.

Su fuerte no es la charla de mercado y cliente, pero seguramente Valentino no lanza un evento ruso de esta magnitud sólo por diversión. Rusia significa mucho. Los clientes, quienes usan los intrincados vestidos que roban el aliento y los abrigos adornados como si fueran Huevos Fabergé de Piccioli, son tan políticamente diversos como su Valentino es globalmente unificador. Y ahí radica el genio de este diseñador. "Me interesa la gente, por supuesto, pero no por lo que lleva puesto", dice. "Me interesa la gente que entiende lo que sueña, la forma en que enfrenta la vida. Me gusta la cultura de las diferentes personas. No hago mis creaciones para Oriente Medio, para Rusia -las mujeres son mujeres, los hombres son hombres, las personas son personas, en todo el mundo". Nada ilustra mejor esta filosofía que el evento Black Tiger de Piccioli la noche anterior, donde una babushka de estatura corpulenta con un abombado peinado Elnett bebía una copa de champán sentada en un sofá mientras su nieta debutante, que llevaba puesta una tiara, bailaba toda la noche con un Aperol Spritz a unos pocos metros de ella. Ambas llevaban un Valentino -de manera muy diferente. "Si te gusta, lo usas a tu manera, lo que está bien. No creo que la moda se trate de absolutismo", dice Piccioli. "Nuestras creaciones son testigos de nuestro tiempo y hablan de la belleza de nuestro tiempo. La belleza se relaciona con nuestro tiempo, incluso la Alta Costura. Algo cool no es aquello que se esfuerza demasiado por ser cool. Lo cool se relaciona con lo contemporáneo. Es equilibrar lo superior y lo inferior, diferentes idiomas juntos, diversidad, lo que hay en la calle y Alta Costura", sonríe. "Algo malo con algo hermoso".

Credits


Texto Anders Christian Madsen