documentando los momentos íntimos de una chica en transición

Mientras Liath Hannon derriba los tabús, y habla sobre la verdad de su propia transición, el fotógrafo Ellius Grace comparte imágenes de su proyecto fotográfico en curso.

por Liath Hannon
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18 Mayo 2017, 11:39pm

En 2013 me di cuenta, por fin, que mi interpretación de la masculinidad había sido un miserable fracaso. La androginia me había definido la mayor parte de mi breve vida. Durante mi infancia, regularmente los extraños me percibían como mujer. A los trece años, hice mi último intento hilarantemente lamentable por una masculinidad aceptable y corté mi pelo, que me llegaba hasta al hombro, haciéndome un corte de hongo.

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En retrospectiva, no puedo comprender cómo alguien pudo verme como hombre. Realmente no tiene sentido que yo, presuntamente, fuera uno. Mi supuesta "socialización masculina" había terminado para cuando tenía quince años, y de cualquier forma ese proceso siempre me había hecho sentir más bien como un eunuco. La pubertad temprana me forzó a entrar en un espacio en el que no encajaba. Me hizo asexual y sin ninguna característica de género definida. Este problema era tanto social como biomédico; a una edad en que mis compañeros estaban cargados de energía hormonal, yo me quedé al margen. Mis amigas se distanciaron de mí mientras la auto segregación se convertía en la norma, y los chicos abusaban de mí como un símbolo de todo lo que les enseñaron a odiar de ellos mismos.

La transición no fue una elección singular para mí. Había ciertos momentos dramáticos en los cuales me animaba a esconderme cada vez menos, pero desde el momento en que mi vida auténtica comenzó, no fue un proceso urgente. Simplemente sentí como si la pubertad finalmente hubiera llegado. El cambio radical no fue un cambio de chico a chica —fue de la infancia a la madurez femenina.

Un momento decisivo, como lo recuerdo, no fue la tarde en que fui forzada a decirle a todo mi salón de clases información íntima respecto a mi identidad. Fomentar la simpatía de otros realmente nunca fue importante para mí, sin importa cuánto creyeran que sí lo era. Para mí, lo que cimentó mi concepción de mí misma fue la libertad del anonimato. La obtuve cuando me cambié de escuela poco después. Al menos por un tiempo, tuve la oportunidad de existir más allá de la idea limitada que alguien más tenía sobre lo que era ser una mujer trans —o lo que era yo— o lo que podría ser.

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Cuatro años después, y aún estoy aquí hablado sobre mi transición. Se siente evidentemente ridículo cuando realmente no he hecho nada para darle continuidad más allá de simplemente recoger mis medicamentos en la farmacia cada mes. Cualquier cambio revolucionario que haya ocurrido, fue hace mucho tiempo. Es tan sólo una experiencia que tuve —como mudarme de casa a los nueve años. Viví la mayoría de mis años formativos como mujer y mi experiencia vivida se alinea más coherentemente con la feminidad cisgénero que con cualquier otra cosa. Por supuesto, soy un ente en constante cambio y evolución, pero ¿quién no lo es?

Entendiendo esto, la transición pierde su gravedad. Todos estamos siempre en transición. Para la mayoría, los cambios de apariencia y mentalidad pueden ser más sutiles y matizados, pero, en el fondo, la diferencia entre teñir tu pelo de un color diferente y hacer una transición de género está en las fijaciones que tienen otras personas.

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La idea estereotípica de la transición, donde nos ven entrar a una máquina como hombres severos e inflexibles y luego emerger como hermosas mujeres delicadas, es atractiva para el voyeurismo de la sociedad. Nuestra supuesta inversión de una polaridad a otra puede ser observada con conmoción y asombro. Consecuentemente, creen en ella ampliamente, y después nos exigen que nos definamos por ella. Esta idea, sin embargo, es un mito. Su proliferación descentraliza la conversación y la desvía lejos de las experiencias vividas por las mujeres trans, hacia una narrativa creada por la sociedad cisgénero para su propia satisfacción. Nos dan un molde en el cual vivir el tiempo que le convenga a la gente que nos mira boquiabierta o que se compadece de nosotros, y después nos hacen a un lado con indiferencia. Estamos ansiosos sin precedentes por ver lo que viene después del drama de la transformación, y que haya un precioso y pequeño espacio para que existamos sin una fijación por nuestros cuerpos cambiantes.

La transición, para mí, es un aspecto subordinado de mi identidad. Es algo que amo y acepto, y que me siento empoderada para compartir —pero en esencia, es una añadidura.

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Credits


Fotografía Ellius Grace, del proyecto en curso Liath
Texto Liath Hannon
Agradecimientos especiales a Roo

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