una historia política de la música pop

El nuevo libro del ex editor de i-D, Mateo Collin, es un viaje cargado de adrenalina a través de algunos de los focos culturales de las últimas décadas, de Public Enemy a Pussy Riot, de la escena techno anárquica de Berlín después de la caída del Muro...

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jun. 3 2015, 11:50pm

Una carrera como corresponsal en el extranjero y editor de The Big Issue y i-D, una perspectiva políticamente progresista, un amor por la música radical, y un oído nunca alejado de grapevine atrajeron constantemente a Mateo Collin a esos momentos y movimientos, en el corazón y en los márgenes del mainstream, donde la música pop, en su sentido más amplio, va más allá de ser "mero" entretenimiento. Estos son los espacios donde la música politizada (lo sepa o no) se enfrenta y desafía al status quo, inspira corazones y mentes, y arrastra a la realidad, pataleando y gritando, hacia el futuro.

Su primer libro, Altered State, se enfocó en el acid house y en la cultura del éxtasis, el título, que hace un juego de palabras, crea un paralelo entre las propiedades alucinantes del MDMA y las semillas de la transformación social. Una misma lucha. Con su último trabajo, Pop Grenade, Collin reúne seis ensayos que encapsulan un poco de energía opositora o insubordinada, algún intento subversivo o de militancia, expresada a través de la música. "El libro está basado en el reportaje de primera mano", dice. "He tenido la suerte de experimentar algunas situaciones bastante inspiradoras y extrañas durante mi carrera como periodista, y no quería incluir ninguna historia con la que no tuviera nada de experiencia personal. Obviamente eso significa que es muy subjetivo, y de ninguna manera una "historia de la música y la política'".

Subtitulado From Public Enemy to Pussy Riot, Dispatches from Musical Frontlines, la obra se enfoca en los encuentros de Collin con estos activistas iconoclastas, aunque marcadamente diferentes, del pop cultural. El enfoque fascinante sobre la aparición de las valientes Pussy Riot, "el colectivo artístico punk más incendiario de su tiempo, encarcelado y sometido a un juicio público absurdo al estilo soviético por maldecir públicamente al líder fuerte del país más grande en el mundo", lo impresiona, con razón, por su valor e indignación cósmica. Mientras tanto, el capítulo de Public Enemy brilla con el entusiasmo de un fan, pero sin perder nada de la astringencia del crítico. Es lógico que el estilo sea tan atractivo como el contenido, ya que Collin es firme en pensar que el radicalismo tiene que ir más allá que escribir letras de protesta. "Lo que pasa con bandas como Public Enemy es que están dispuestas a ser tan musicalmente aventureras como son políticamente radicales. Eso es lo que las hace especiales. Eso es muy importante. La música tiene que ser tan potente, o incluso más poderosa, que el mensaje. Como me dijo Bill Adler, encargado de las relaciones públicas de Public Enemy en Def Jam Records: "Si no hubiera sido por la música revolucionaria, si la música hubiera sido chafa, a algunas personas no les habría interesado la política".

Por supuesto, el radicalismo del acid house que creció escuchando en la influyente discoteca Garaje en Nottingham no pudo haber sido por sus letras. No obstante, logró sembrar la semilla de su idealismo: "Obviamente, cuando sientes que tienes una experiencia que te cambia la vida, como le pasó a tanta gente durante la época del acid house y del rave, quieres pensar que"significa algo" más que un momento fugaz de felicidad. Pero sí fue así para mí, porque fue la puerta de entrada mágica para convertirme en periodista y tener todas esas otras experiencias increíbles durante los años que siguieron, algunas de las cuales están documentadas en Pop Grenade. No suelo citar a Paul Oakenfold, pero él tenía toda la razón cuando dijo que la experiencia de acid house te hace creer que puedes salir y hacer algo significativo -y es verdad".

Posteriormente se dio cuenta de que el radicalismo no era intrínseco a cualquier género o subcultura, si no que implicaba lo que los marxistas llamarían las condiciones de la producción de música (la independencia de la corporación diktat, el colectivismo) y el consumo (el partido libre o el aspecto de concienciación). "Había, sin duda, elementos socialmente radicales dentro de la escena en sí que iba más allá de la demanda de bailar después de las 2am", recuerda, "sobre todo cuando se involucraron personas que lo veían como una especie de contracultura en lugar de como solo un concepto de entretenimiento tecnológicamente avanzado, como el equipo del sistema de sonido DIY, por ejemplo".

Es la dimensión social de la música -su función como punto de reunión o su enfoque en la participación cultural y la acción- lo que nos informa el capítulo sobre la Tekniva Scene, los anarco-crusties y "los sistemas de sonido psicodélico militantes" quienes, a raíz del trascendental Castlemorton Rave y las medidas drásticas del posterior Criminal Justice Act, se fueron hacia el continente para crear un estilo de vida alternativo y nómada. Collin no puede ocultar su admiración. "Creo que se necesita una gran dedicación para vivir esa vida itinerante de sistema de sonido techno", explica. "Hay un compromiso casi ascético de ser un extraño, escuchar el acid techno más extremo y meterte las drogas más fuertes conocidas por la humanidad". Realmente admiraba a las personas que conocí en esa escena -el sistema de sonido Desert Storm, que hizo una serie de viajes de ayuda a Bosnia durante la guerra a mediados de los años noventa- como creo que se ve en el capítulo que escribí acerca de sus increíbles hazañas tanto en el extranjero como en el Reino Unido. En verdad eran hardcore. En serio creo que la cultura pop necesita de gente así -los radicales, los soñadores, los que van más lejos que cualquier otra persona solo para ver el paisaje desde el borde".

En otro capítulo examina al legendario Love Parade de Berlín y el papel del techno en la sanación de la ciudad anteriormente dividida. "La caída del muro de Berlín en 1989 y la reunificación de Berlín fue un punto de inflamación cultural real. Coincidió con el inicio de la escena techno, lo que significó que se le viera de alguna manera como la" música de la liberación". No hay duda de que el techno ayudó a redefinir la imagen de Berlín, mientras se convertía otra vez en la capital alemana -como el centro vital de los librepensadores creativos.

Aun así, Love Parade podría ser visto como la historia por excelencia de un evento que incubó en un inicio solamente la disidencia (finalmente, inevitablemente) para después ser cooptado por la economía capitalista del ocio, diluyendo y aniquilando así su radicalismo -convertido en imagen o estilo, en la superficie. Lo mismo también se ha dicho de Berlín, aunque Collin no está tan seguro: "Si nos fijamos en Berlín ahora, encontramos lo que parece ser una subcultura floreciente y, espero, sostenible. Tiene valores que son diferentes a la ética hypercapitalista del superclub. En cuanto a su vida nocturna, en cierto modo, es lo contrario de la ostentación y el gasto de Ibiza; Berlín es cruda y desaliñada y relativamente barata todavía. Así que a pesar del avance de la gentrificación, sigue siendo un lugar donde los fans pueden sobrevivir e incluso prosperar".

Sin embargo, ese poder de cooptación del capitalismo -"'Transformando la rebelión en dinero', como cantaba The Clash en 1978", bromea Collin- y el hecho de que la música aparentemente de vanguardia y subversiva se pueda utilizar para vender cualquier cosa, desde pasta de dientes a Toyotas, presenta algunos problemas al pensar en lo que podría constituir el radicalismo musical actualmente. "La asimilación de las escenas 'underground' es mucho más sofisticada ahora", argumenta. "El patrocinio y las marcas comerciales se han convertido en una parte aceptada de las subculturas pop emergentes. Mira qué tan grande es Red Bull en la escena de la música electrónica -se ha convertido en uno de los mayores clientes globales de la cultura dance. Por supuesto que esta es una iniciativa de marketing dirigida a la venta de bebidas energéticas al convencer a la gente de que una bebida gaseosa cargada de cafeína es 'cool', pero no veo mucha resistencia al patrocinio de la empresa. Es más sorprendente no ver un logotipo de Red Bull en un club en estos días -un lugar como Berghain en Berlín, donde no permiten ningún logotipo de patrocinadores, es una excepción, y es mucho mejor por eso, por supuesto".

Sin embargo, a pesar de que la música de hoy parece mansa y castrada, Collin tiene un optimismo implacable, la creencia de que todos los géneros contienen la posibilidad de la disidencia, y que el poder incendiario de la música-como-arma todavía retumba en el oeste y en el este. 

Al mismo tiempo que clasifica a Public Enemy, a The Clash y a Fela Kuti como héroes, hay una banda de su ciudad natal que captura la especie de energía loca y herética que tanto admira. "Me encanta Sleaford Mods", sonríe. "Ellos realmente captan los contratos de cero horas, el estado de ánimo, y la austeridad británica de los tiempos a la perfección. Jason Williamson es tan colérico, solo se deja llevar por una serie increíble de groserías, pulverizando con su invectiva tóxica a cualquier persona que lo moleste. Me recuerda a Arthur Seaton, el clásico héroe de la clase obrera de la década de 1950 de la novela Saturday Night and Sunday Morning que trata de un trabajador sin afectos de una fábrica en Nottingham, pero completamente intoxicado y con poca velocidad. Es casi la definición de 'atormentado'. Pero así es exactamente como me sentí yo cuando me desperté el 8 de mayo y vi los resultados de la elección del Reino Unido".

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Credits


Texto Scott Oliver
Fotografía Igor Mukhin