la controvertida historia de los tatuajes faciales en la moda

¿Deberíamos aceptar los experimentos que hace la moda con los tatuajes en la cara?

por Alice Newell-Hanson
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03 Octubre 2016, 9:30am

Gucci spring/summer 17. Photography Mitchell Sams.

Cuando Gucci Mane analizó hace poco su desfile homónimo, expresó claramente su admiración ante el fantástico traje pantalón de una de los modelos. Pero cuando un modelo masculino apareció con un look que podría encajar con el del rapero, luciendo un intenso tatuaje en el rostro, Gucci analizó el corte de los pantalones del modelo en lugar de poner atención a su visible tatuaje falso. Alessandro Michele puso sobre la pasarela al modelo letón Lorens con unas citas de Canciones de inocencia y de experiencia de William Blake pintadas a mano sobre su rostro y cuello.

Gucci dijo que nunca antes había visto a una modelo con esa pinta, pero para un tipo que luce el mejor/peor tatuaje en el rostro de la historia reciente nos parece una declaración bastante comedida. Teniendo en cuenta que lleva un tatuaje de un cucurucho de helado en la mejilla, esperábamos que nos ofreciera una reflexión un poco más profunda sobre los experimentos de un diseñador de moda con este particular look.

Pero lo cierto es que tatuajes en el rostro llevan ya un tiempo haciendo aparición en el mundo de la moda (véase el desfile de John Galliano de 1996 para Givenchy), a pesar de que no se ha hablado mucho de su importancia. ¿Qué significa que estos diseños que a menudo tienen su origen en sectores de la sociedad marginados y/o minoritarios se utilicen como accesorios para outfits de miles de euros?

Los tatuajes en el rostro están íntimamente relacionados con la cultura de cárcel y de los pandilleros, y dentro de estos ambientes tienen sus propios (y complejos) significados. En la California de 1980, por ejemplo, los pandilleros empezaron a hacerse tatuajes como forma de demostrar su lealtad e infundir miedo sobre sus rivales. Tatuarse insignias de pandillas en el lugar más visible del cuerpo, como es el rostro, siempre ha sido una representación del compromiso permanente y de una clara amenaza (solo hay que ver los tatuajes que lucen los neozelandeses Mighty Mongrel Mob).

Grace Neutral en 'Beyond Beauty'

Según la antropóloga cultural Margo DeMello, en occidente los tatuajes en el rostro "se han asociado a la desviación" desde hace milenios, una percepción que tiene su origen en las antiguas tradiciones romanas y griegas de marcar a los convictos en el rostro con señales de sus crímenes. Y aunque los tatuajes en el rostro se han acercado poco a poco a la aceptación popular en los últimos años —gracias en parte a defensores de la belleza alternativa como Grace Neutral— "todavía son un gran estigma en el mundo ajeno a los tatuajes", afirma DeMello.

Ese sentido de peligro que transmiten los tatuajes en la cara contribuye a hacerlos atractivos para los diseñadores de moda; la simbología que hace referencia a los tatuajes de pandilleros y presidiarios ha aflorado hace poco en las pasarelas. En el desfile crucero de 2013 de Chanel, las modelos llevaron el logo de la doble C en negro por debajo de la esquina de su ojo, un diseño que recordaba a las lágrimas que muchos pandilleros — y algunos artistas de hip-hop— se tatúan en la cara para contar los años de condena que han cumplido, las amistades que han perdido o sus víctimas.

Por otra parte, las letras góticas del tatuaje de Gucci evocaban el estilo de los tatuajes faciales que llevaban pandillas como los MS-13 y Mara-18. Aunque algunas de las letras escritas a mano parecían mantener el estilo de los textos de William Blake, la "AM" con pinta medieval sobre la frente del modelo nos recordaba (de forma consciente o no) a la tipología que se asocia a los tatuajes que los pandilleros se hacen sobre la cara.

En ambos casos, un diseñador de moda ha reutilizado un símbolo originario de un grupo marginado y lo ha recontextualizado en un mundo de lujo extremo. En su análisis del desfile de Chanel, Tim Blanks destacó el contraste que creó Karl Lagerfeld entre la frivolidad del siglo XVIII —el desfile tuvo lugar en el Palacio de Versailles— y la "perspicacia del hip-hop". También cita al diseñador de sonido Michel Gaubert definiendo la banda sonora del desfile como "la realeza del ghetto".

Calvin Klein otoño/invierno'16

Aunque la alta costura también ha inspirado a la cultura de los tatuajes sobre el rostro (véase el caso de este tipo con Louis Vuitton), tatuarte el careto con el logo de Gucci parece éticamente más aceptable que estamparte una referencia a una subcultura históricamente difamada o ilegal para un desfile de alta costura con grandes pretensiones comerciales, sobre todo si la narrativa de dicha subcultura no se examina de ningún otro modo durante el desfile.

En cambio, Shayne Oliver a menudo presenta a modelos con tatuajes verdaderos en el rostro en sus desfiles para Hood By Air. Los modelos Sunny y Chucky, sacados de la calle, que desfilaron para Oliver en la temporada primavera/verano'16, lucieron sus tatuajes reales con mensajes y símbolos sobre la cara, un detalle que pareció encajar a la perfección dentro del subversivo universo del diseñador. El director de casting Walter Pierce dijo a Black Book que los miembros del equipo HBA "Leilah [Weinraub] y Ian [Isiah] conocieron [a los modelos] en L.A. y los trajeron hasta allí porque su look no podía imitarse ni recrearse". Oliver no toma prestados elementos de la contracultura para sus desfiles, sino que los representa directamente. Hood By Air nació de las subculturas marginales y, hasta cierto punto, sigue empapada de ellas.

"Creo que si se hacen bien pueden molar", dijo Justin Bieber a GQ a principios de este año hablando de los tatuajes en la cara, y precisamente en mayo se hizo un tatuaje sobre el rostro —una pequeña cruz por debajo de su ojo derecho— y, aunque todavía no sabemos a ciencia cierta si fue una decisión acertada, lo cierto es que su reflexión parece correcta. Cuando una marca imita los tatuajes de culturas marginales, a menudo no parece que sea lo correcto, parece simplemente superficial. 

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Texto Alice Newell-Hanson

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