la nueva era de rick owens

En una de sus colecciones más conmovedoras hasta la fecha, Rick Owens se ha reconectado con los valores fundamentales de su oficio. Después de pasar su verano en un banco de arena en Venecia, Owens procesó su vida, muerte y una nueva época para la...

|
23 Octubre 2016, 3:35pm

Noviembre marca la primera vez que Rick Owens votará por una elección estadounidense. "No debería decir esto, pero nunca me ha importado realmente. Si tuviera hijos me lo tomaría más en serio, pero terminé siendo un creador egoísta. Estoy viviendo en mi propia pequeña caja de arena", admite, mirando hacia el Mar Adriático desde un sofá en su casa en Venecia. "Pero en ésta, no podemos dejar que suceda lo que pasó en 1939 de nuevo", dice mientras se encoge de hombros. Owens ha estado en un estado reflexivo este verano, en un exilio auto-impuesto de sus oficinas centrales en París en su nuevo hogar en el Lido, se excluyen a los empleados, quienes se turnan para quedarse en el departamento de abajo mientras Owens diseña su colección para mujeres. No está lejos del abandonado Grand Hotel des Bains donde el protagónico de Thomas Mann desembarcó por primera vez en Death in Venice en 1912. Inmortalizado por Dirk Bogarde en la gran pantalla de Luchino Visconti medio siglo después, su fantasma aún ronda el banco de arena veneciano.

"La mortalidad siempre ha estado en la superficie conmigo. He estado pensando sobre eso este mes por la conexión completa con Death in Venice, pero también, todo lo que he estado leyendo recientemente son biografías de reinas muertas de la literatura". Incluyen a: Lord Berners, Ronald Firbank, James Lord, Denton Welch, y por supuesto Bogarde". Debe de ser todo esto de Venecia. Pero también todo el clima político de hoy en día; todo este divisionismo; el ego masculino en la política estadounidense". Después de hacer su paseo diario por la playa, un Rick Owens descalzo se pasea por su residencia de vacaciones, vestido con algo negro y drapeado (sus típicos shorts y una playera), su piel bronceada centellea en su cuerpo marcado. Tiene el cabello desarreglado por el agua salada, y su peinado estilo undercut en su cabello largo y negro. Las plantas superiores de unos de los departamentos color biscotti-beige de los sesenta se alinean sin pretensiones en el lado este de la isla, su refugio está muy lejos de los palacios color caramelo y hoteles de playa barrocos que tú te imaginarías.

"Es tan poco fabuloso, aunque es fabuloso", dice y abre las puertas de una alacena que se transforma en una cocina. La misma habitación alberga su equipo del gimnasio, un concepto compacto a través del condominio que ha estado adecuando a su estilo desde que lo compró el verano pasado. "Se veía muy World of Interiors", recuerda, describiendo los azulejos turquesa y naranja y las paredes de color que ahora ha refinado por un yeso blanco encerado veneciano (Marmorino, que él dice que es falso), pisos de piedra gris, y sofás apagados personalizados por Rick Owens que parecen haber salido de una casa de playa brutalista. Al bajar la calle está el Palazzo del Cinema, donde se lleva a cabo el Venice Film Festival. "Es este edificio de mármol de Mussolini con columnas y siempre ha sido mi sueño vivir ahí. Así que pensé, esto necesita ser el baño de Mussolini". A diferencia del escritor de Death in Venice, Owens no ha venido a Lido a vencer un bloque creativo. Como él, está aquí porque algo ha cambiado en el horizonte.

Después de temporadas de mega shows con acróbatas suspendidos en el aire, bailarinas empoderadas y los rockeros rechazados de Eurovision Winny Puhh, hace dos años —cuando cumplió 50 años— Owens decidió retroceder. En las temporadas que siguieron, sus colecciones se hicieron menos severas y más románticas, más couture. Los shows se convirtieron en observaciones humanitarias, desde lo provocativo como los vestidos para hombres con glory-holes que revelaban los genitales de los chicos, hasta lo compasivo con mujeres cargando a otras mujeres en sus espaldas. "Pensé, lo puedo hacer más intenso al destilarlo todo en un gesto visiblemente más pequeño". En la cumbre de su belle époque, Owens drapeó su colección entera otoño/invierno 2016 por sí mismo, aislado en su estudio, reconectándose con los valores fundamentales de su oficio y creando una firma que nunca podría ser reproducida por alguien más.

Él detalló su drapeado de ensueño con bolas gigantes de pelo que parecían velos, evocando una suavidad que él relacionaba con "una evaporación en algo más grande que nosotros". Reflexionó en backstage, "Todo tiene un ciclo de vida en el aparador. ¿Cómo enfrentamos eso de un modo agraciado y positivo? No soy New Age o budista, simplemente estoy hablando sobre emociones a las que todos nos podemos relacionar cuando el cambio nos amenaza". Como parte de su propia evolución, el año pasado Owens compró la fábrica en Concordia, no muy lejos de Venecia, con la que ha trabajado por 12 años, al igual que un departamento cera de la fábrica para reemplazar el modelo de la habitación de motel en una gasolinera de "asesino serial en movimiento" en la que siempre se ha quedado. Estaba reevaluando su negocio por su cuenta, pensando sobre su legado y tratando de parchar todo lo que se dejó de un archivo equivalente a 20 años —en ruinas.

"Me enojé. Dije, '¿ninguno de ustedes pensó que íbamos a sobrevivir lo suficiente para necesitar estas cosas?'. Se ríe. "Para bien o para mal, somos un tipo de establecimiento ahora y necesito pensar sobre el futuro. Si el pasado fuera sobre sobrevivir, el futuro debe de ser sobre refinar lo que hemos hecho. Necesito vivir de cierta manera ahora". Comprando esta escapada veneciana el año pasado fue parte de ese proceso. Una visión de salud gracias a un régimen agotador de ejercicio (y de no beber por 25 años), Owens es de mundos opuestos desde el reservado Bogarde hasta el compositor enfermo en Death in Venice, quien contrae cólera y navega en San Marco donde un barbero tiñe su pelo y lo cubre en maquillaje como los muertos vivientes. Pero el paralelo entre sus historias y las de Owens permanecen en: los creadores de mediana edad varados en el Lido en una reflexión profunda.

Lidiando con el temperamento masculino y los cambios que atravesamos en cada edad, el Owens de 53 años se ha preguntado si sus últimas dos colecciones para hombre no representaron un tipo de crisis de la mediana edad de su parte. "Porque la declinación es inevitable", señala. "Y el miedo de la muerte es una de las motivaciones más grandes para hacer algo mientras estamos aquí". Si la primera maduración de un chico está arraigada en una condenación adolescente, que alimenta en gran parte a la marca de Owens desde sus inicios en 1994 hacia adelante, la maduración definitiva es definida por la pérdida de un padre. El año pasado, su padre murió a los 95 años, incitando subconscientemente a leer aquellas biografías de hombres "tratando de negociar sus desenlaces". Habla sobre Bogarde y su amor masculino no oficial, quien tuvo Alzheimer y le pidió a Bogarde hacerle la eutanasia con cápsulas de cianuro guardadas desde la guerra para cuando llegara el momento —un pacto suicida interrumpido por el ataque fulminante de Bogarde. "Esa fue la manera en la que también sucedió con mi papá", Owens dice, sin nunca interrumpir su flujo de calma californiana. "Estaba consiguiendo cosas por Internet para prepararse. Tampoco tuvo la oportunidad de usarlas. Terminó en una silla de ruedas con enfermeras y no podía conseguir sus píldoras". La única cosa que él quiere del testamento es la colección de pistolas Luger de su papá, pero ha sido un reto llevarlas a París. "Mi papá quería que nos dividiéramos el costo de una AK-47. A mi papá le gustaban mucho las pistolas. Recordando, es un poco gracioso. Ese es mi recuerdo de él y me gusta la idea de tenerlas". Creciendo en el suburbano Porterville, California en los sesenta y setenta, las dinámicas entre Owens y su padre fueron volátiles en el mejor de los casos. "Era activamente conservador, por lo que obviamente fui una reacción kármica a eso. Éramos afectuosos en lo sentimental pero fundamentalmente éramos enemigos mortales". Siendo un trabajador social para el departamento de asistencia social, la visión del mundo de su papá estaba manchada por el escepticismo.

"Cuando diario se trata del conflicto entre tú y las personas que están tratando de hacer el mal, eso puede colorear la forma en la que piensas de la sociedad; desconfiado, sospechoso, decepcionado. Él no tenía tacto —¡Increíblemente insensible! Socialmente era un desastre. Obviamente no tenía amigos", Owens recuerda. "Mi madre por el otro lado es simplemente la mujer mexicana más dulce. La actitud de él hacia la raza era muy incómoda, pero el hecho de que se casó con una minoría y tuvieron un hijo juntos, nunca pude entender cómo eso funcionaba en su mente". Después de una entrevista que Owens hizo con The New Yorker en 2008, su padre le llamó. ¿No lo llamaste un nazi? "Lo llamé un nazi adorable", bromea. "A mi papá no le molestaba eso, pero dije que su actitud hacia las mujeres y los derechos gay realmente era muy frustrante para mí. Él era muy de confrontación intelectualmente , por lo que pensé que todo estaba bien entre nosotros. Calculé mal el balance de tener un foro más público que él, y eso es lo que creó el problema".

Observando a Owens en el ambiente familiar y decididamente no punk del Lido, con su sombrilla a rayas y sus zapatos cabana, los valores de su padre no fueron totalmente en vano —incluso si su hijo vive una vida totalmente no-conforme, bisexual y casado con la ilustre Michèle Lamy, a quien conoció en los ochenta y con quien fundó su marca. "Lo que es increíble es que mi papá tenía este extraño lado estético", Owens señala. "Él devoraba música clásica y arte japonés, por lo que tenía esta sensibilidad que suprimió". Conscientemente o no, inspiró en Owens una obsesión eterna con las artes y su dominio. (Aquí sólo lo separa un viaje en bote de la Bienal, "los Olímpicos del arte"). Ama a Richard Wagner, cuyas sinfonías podrían posar una competencia seria a la partitura desgarradora de Gustav Mahler de Visconti si Owens decide alguna vez adaptarse a su propia Death in Venice. Su arquitecto favorito es Eliel Saarinen, cuyo comedor sombrío de 1901 se encuentra disperso en todo el condominio. Hay un jarrón de Joseph Urban de la misma década que se ve como un alien, y libros sobre la era de Jugendstil.

Hasta cierto punto Owens deambula para encontrar más literatura, murmurando algo sobre Albert Speer. Acaba de conseguir unos lentes pero como cualquier intelectual verdadero, los sigue perdiendo. "Camino con ellos encima de mi cabeza enojado porque nadie sabe dónde están mis lentes". Reconoce que la personalidad conflictiva de su padre tiene rasgos en otros hombres. "Algunos hombres, que han tenido tiendas vendiendo las cosas más hermosas y exquisitas, con el gusto más hermoso, terminarán siendo estos vaqueros del tipo de los hombres macho agresivos. "Ellos son las personas que le gritan a los gondoleros, como el protagonista perpetuamente enfurecido de Bogarde, reprimido por emociones sin resolver y deseos reprimidos. "El bullying intelectual de mi papá tuvo buenos resultados, y siempre me he preguntado si no hubiera tenido una vida familiar completa y bien ajustada con un padre, que no permitía que el miedo y la vergüenza estuvieran en la casa, ¿cómo me habría desarrollado?", Owens reflexiona. "No tendría nada a que reaccionar, por lo que estoy muy agradecido por eso".

Sentándose en su terraza y mirando a la laguna azul veneciana, la melancolía de Owens es evidente, incluso si contrasta toda la libertad y compasión sobre lo que trata su trabajo. El hijo se ha convertido en lo opuesto a su padre —suave en el exterior, más duro en el núcleo. "El ego masculino es algo con lo que siempre estoy fascinado porque sé que ha sido una fuerza impulsora para mí, y lo reconozco y estoy al tanto de él y estoy un poco avergonzado por eso. Pero también estoy consciente que es la forma que a veces tiene que ser". Ahora Owens vaga por su retiro casual de vacaciones en soledad pensativa, escuchando a Peggy Lee, diseñando su colección, haciendo ejercicio, y comiendo cenas simples y pan tostado con queso. "Realmente me retiré. Encontré una isla y una torre de marfil en la isla", admite, con la distancia irónica que regularmente acoraza sus declaraciones. "París es genial, pero cuando muera quiero hacerlo junto al mar".

No tiene que ser en el Lido, señala, pero los confinamientos ficticiamente cargados de este banco de arena escapista, tan soleado como está, sin lugar a dudas son malhumorados y perfectos para ello. "Ha sido muy Death in Venice este mes. Y después está esta sensación subyacente de arenilla. No ha habido una guerra por mucho tiempo y esta generación realmente no ha conocido ese tipo de guerra. Y sospecho que la gente esta lista para una; que existe algún tipo de deseo de muerte que es parte de nuestros genes. Creo que las personas están permitiendo que las cosas se acomoden para que algo pase. Creo que la humanidad simplemente necesita la guerra", Owens advierte. Cruzando la laguna de vuelta al parque acuático de San Marco esa noche, las letras obsesionantes de la apocalíptica After Gold Rush de Neil Young —el soundtrack emocional de su show para hombres de hace dos semanas— resuena. "Estaba pensando sobre lo que un buen amigo me dijo. Estaba esperando que fuera una mentira".

Credits


Fotografía Mario Sorrenti 
Director de Moda Alastair McKimm
Peinado Duffy de Streeters. Maquillaje Kanako Takase de Tim Howard Management usando Make up For Ever. Técnico de Uñas Honey de Exposure usando M.A.C Cosmetics. Asistente de Fotografía Felix Kim. Tecnico de Iluminación Lars Beaulieu. Técnico digital Johnny Vicari. Asistente de Estilismo Lauren Davis, Sydney Rose Thomas. Asistente de Peinado Ryan Mitchell, Mustafa Yanaz. Asistente de Maquillaje Yumna. Producción Katie Fash, Steve Sutton, Christopher Cassetti. Casting Angus Munro de AM Casting (Streeters NY). Modelo Binx Walton @ Next. Toda la ropa de Rick Owens mens y womenswear.