¿qué significa 'ser auténtico' en 2015?

La nueva fusión de lo 'mainstream' con la contracultura es la prueba definitiva de que nuestros gustos ya no están determinados por la vergüenza o el miedo a que nos juzguen.

por Jean Kemshal-Bell
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10 Junio 2015, 11:05am

El debate sobre si Kim Kardashian tiene algún talento o no está más latente que nunca -especialmente ahora que acaba de lanzar Selfish-. El crítico de arte del New York Magazine Jerry Saltz aseguró recientemente que Kim era una especie de versión contemporánea de Andy Warhol y, como era de esperar, los trolls de Internet inundaron las redes sociales con comentarios destructivos en contra tanto de Saltz como de la celebrity.

Imagen vía @kimkardashian

Podríamos pasarnos horas debatiendo si la sociedad se tiene que tomar en serio a los Kimye, pero lo que es innegable es que -poco a poco- Kim está ganando mucho reconocimiento. Aunque su estilo ha evolucionado gracias a la ayuda de su marido, lo cierto es que la niña rica de Calabasas que conocimos en el reality no ha cambiado tanto en los últimos años (o no lo suficiente como para que cambiemos su opinión sobre ella), pero hay algo que sí ha cambiado: su entorno cultural.

Ahora la gente no tiene ningún reparo en admitir su pasión tanto por lo mainstream como por lo contracultural. Por ejemplo, mi hermana de 16 años adora a Kim Kardashian y comparte todo tipo de noticias sobre su vida en Facebook, pero también habla de feminismo y política y puede llegar a escuchar desde la música más darks al último temazo de Taylor Swift (y no se avergüenza de ello). ¿Significa eso que han cambiado nuestros gustos? Yo diría que no. Lo que ha cambiado es que ahora somos más abiertos y ya no tenemos "placeres culpables".

Internet juega un papel muy importante en esta nueva actitud: ya tenemos que esperar a que los críticos que escriben en las revistas culturales determinen "lo que mola" y lo que no. Las redes sociales y nuestra nueva forma de comunicarnos nos permiten intercambiar ideas mucho más rápido (y anticipándonos a cualquier medio de comunicación). También es más fácil disfrutar de la nueva canción de Miley Cyrus -sin que nadie te juzgue- detrás de la pantalla que delante de tus amigos. Cuanta más gente comparte sus intereses vía online, menos nos cuesta admitir que nos gustan ciertas cosas. Por ejemplo, ¿conocéis a alguien que no le guste Beyoncé? Seguramente los punks de los 70 lo tenían mucho más difícil para expresar su entusiasmo cuando salía una canción nueva de Abba o Elton John que ahora, pero ahora -gracias al acceso que tenemos a la cultura- la línea que separa lo comercial de lo alternativo ha desaparecido.

Imagen vía @mileycyrus

Cada vez más artistas cool colaboran con ídolos de masas y eso hace que desaparezcan los códigos culturales que determinan qué es "bueno" y qué no. Jay Z trabajó junto a Marina Abramović en un proyecto artístico; The Weeknd ha colaborado con Ariana Grande en Love Me Harder; Kendrick Lamar sale rapeando en el vídeo de de Taylor Swift y después está Kim Kardashian que ha hecho de todo con prácticamente media industria de la moda. Sería absurdo negar que la repercusión de estas colaboraciones y el beneficio económico que generan es la principal motivación, pero parece que los fans (por ambas partes) han acogido de forma muy positiva estos cruces creativos. 

Con los todos los recursos musicales y audiovisuales de los disponemos hoy en día, la idea de aferrarnos a una sola subcultura es algo limitado. Internet nos permite explorar todos los géneros -del country al hip hop- en nuestra propia casa, donde nuestra opinión es la única que cuenta y podemos apreciar verdaderamente la música sin hacer caso a las críticas. Los beatniks (es decir, los "culturetas" de los años 50) fueron los primeros en concebir la idea de "lo auténtico" como rechazo de lo comercial. Algo parecido es lo que está pasando ahora mismo, pero en lugar de huir del mainstream, nos estamos alejando de las autoridades que determinan el "buen gusto".

El movimiento Bad Feminist, liderado por la escritora Roxane Gay y Lena Dunham, encarna este concepto a la perfección: somos humanos y estamos llenos de contradicciones. Podemos estar a favor de la igualdad de derechos, votar a la izquierda y ser fans de Gandía Shore. Tener intereses que pueden llegar a entrar en conflicto no nos convierte en gente tonta, superficial o aburrida: solo significa que ya no tratamos de "educar" nuestro gusto.

Imagen vía @lenadunham

Aunque muchos digan que la cultura está muerta y que nos hemos convertido en unos consumidores pasivos influenciados por los medios de comunicación, pero la gente todavía sabe distinguir la ficción de la realidad. Mi hermana sabe que Keeping up with the Kardashians no es algo aspracional y tampoco quiere ser Kim Kardashian, pero se lo pasa bien con las situaciones cotidianans de su vida.Además, solo tenemos que fijarnos en todas las chicas jóvenes que comparten artículos de opinión en sus muros de Facebook y que se enorgullecen de ser feministas. No parece que la cultura esté en decadencia si lo miramos desde este punto de vista, ¿verdad? 

En el blog Brain Pickings, Maria Popova habla del discurso inaugural que dió en 2013 Greil Marcus en la School of Visual Arts de Nueva York. Durante la charla, Marcus discutió sobre todas las críticas que generó la reedición de El gran Gatsby a partir del lanzamiento del póster de la película de Baz Luhrmann: "Todo esto es un impulso fascista por parte de unos cuantos que quieren decidir que es mejor para la gente: qué libros tenemos que leer, qué canciones son las que deberían conmover a las masas, qué tipo arte es el 'bueno'...".

Que te guste algo que se considera 'frívolo' no significa que no tengas criterio. A estas alturas, no debería extrañarnos que a alguien pueda escuchar el grupo de la semana escogido por los expertos de Pitchfork y al mismo tiempo saberte todas las canciones del último disco de Taylor Swift y, aunque muchos dudarán de tu credibilidad artística, lo cierto es que no nos debería preocupar la opinión de los demás: solo nuestra libertad para hacer lo que queramos.

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Texto Jean Kemshal-Bell

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