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¿ha dejado de existir el amor eterno?

Al menos tal y como lo conocemos hasta ahora.

por Aida Belmonte
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21 Diciembre 2015, 11:13am

Fotograma de 'Love' de Gaspar Noé

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Enamorarse: ¿sí o no? Parece que los jóvenes de hoy se enfrentan a un dilema cuando se plantean este eterno tema. No es de extrañar, pues es una cuestión que ha preocupado desde siempre a la humanidad. La literatura, el cine, la música, el arte en general, son un reflejo de esta preocupación. ¡Cuántos libros pudo escribir Shakespeare! ¡Cuántas canciones se han convertido en himnos del amor!

El amor, al igual que todas las cosas, también es maleable y se adapta a los tiempos que corren. Y, ¿cómo es el amor en este siglo tan confuso? Ya no se trata de un caballero en busca de una dama, eso queda muy muy lejos. Tampoco va de un contrato o proyecto de futuro, como pasó en la generación de nuestros padres. Hoy es algo más libre, más líquido. Y, como en todo, la libertad es un arma de doble filo.

*Lee: Una guía para disfrutar del amor -y del sexo- en 2015
*Lee: ¿Todavía crees en el amor? 

Fotograma de 'Blue Valentine'.

Zygmunt Bauman, reconocido sociólogo polaco, hablaba de esto en su ensayo Amor Líquido: acerca de la fragilidad de los vínculos humanos.

"La posmodernidad —o hipermodernidad, como la han llamado ya algunos— trae consigo algunas conductas de las que todos, a mayor o menor escala, participamos. Vivimos en un eterno presente en el que las cosas han dejado de ser sólidas y seguras. Ya no es sorpresa para nadie que la incertidumbre haga sombra a nuestros futuros -a todos los niveles- y también al de la pareja. Si no sabemos cuál va a ser nuestra profesión y si nos desconocemos a nosotros mismos, ¿cómo vamos a buscar a nuestra media naranja? Quizá ni siquiera existe", asegura Bauman.

Así pues, esta sensación tan gris nos lleva al triunfo de lo efímero, donde absolutamente todo es desechable y sustituible: la ropa, la comida, la cultura y, como no puede ser de otra forma, la pareja. Las cosas van a una velocidad que no somos capaces de entender y todo lo que dure más de una temporada ya está en riesgo de pasar de moda, incluídos nuestr@s novi@s.

Todo ello nos conduce a este individualismo tan conocido por todos en el que nos movemos. Si nos fijamos en culturas orientales desarrolladas, como la japonesa, vemos que hay una enorme tendencia a la soledad. Prefieren mantener su individualidad, centrarse en sus trabajos y dejar de lado sus vidas amorosas. Aquí en occidente, salvando las distancias, nos está pasando un poco lo mismo.

Fotograma de 'Her'

Bauman apuntaba que el individualismo provoca que veamos las relaciones estables como una amenaza a nuestra autonomía personal. Por ello, nuestras parejas cada vez son más fugaces e implican menor compromiso. No cerramos puertas a nada y, al mínimo signo de aburrimiento o pesadez, pasamos página porque hay un mundo vasto y fecundo ahí fuera.

En este sentido, Love, el último y controvertido trabajo del cineasta argentino Gaspar Noé, puede sugerirnos una reflexión: no dejamos de enamorarnos, ni de sentir deseo por otras personas. Al contrario, quizá somos más libres que nunca para expresar la pasión desenfrenada que viene con el amor y/o el sexo.

Lo que nos está pasando es algo distinto, comparable a lo que les ocurre a los protagonistas de la película. No es al amor a lo que le damos la espalda, sino a la pareja y al concepto de pareja que hemos conocido tradicionalmente. Es una atadura que nos molesta y que puede poner en peligro la concepción que tenemos de libertad. Por eso, en cierto modo -y dejando el sexo explícito a un lado- la película hace hincapié en cómo es el amor en nuestros días: crudo, visceral y, sobre todo, muy frágil.

Fotograma de 'Love'.

El amor es de las cosas más inestables a las que nos podemos enfrentar. Además, según Bauman, a todo esto se le suma la visión consumista de nuestra cultura con su consecuente mercantilización de la vida. En cierto modo, vemos a los demás como "productos" para satisfacer necesidades propias. En este sentido, el amor se convierte en una especie de consumo mútuo.

Tinder, Facebook, Instagram y quién sabe cuántas aplicaciones más representan la abundancia, el sinfín de posibilidades y de opciones diferentes, todas las posibles vidas que podríamos llegar a tener y no tenemos y lo que podríamos ser y no somos. Es decir, todo lo que podríamos usar y tirar.

Del auge de las redes sociales podemos deducir que hay un culto a lo estético. Además de enamoramos por como es la otra persona, ahora también nos fijamos en qué modo nos complementa y cómo nos hace parecer frente al mundo. Preferimos centrarnos en nosotros mismos, crear una estética concreta alrededor del ego y, solo si un candidato encaja con esta imagen que queremos proyectar, será digno de contemplar como pareja. Hay, pues, una estetización del amor. Y si no, ¿qué haces cuando en Tinder encuentras a un usuario sin foto?

Fotograma de 'Two Night Stands'.

Esta posmodernidad nos arrastra hacia un hedonismo llevado a todos los terrenos de la vida, también al del amor. 

Vemos a nuestras posibles parejas —porque, no nos engañemos, estamos siempre en búsqueda y captura— como prolongaciones de nosotros mismos y como espejos de la forma que queremos tener. Si se ajusta a nuestra idea, "me gusta, pero si no, adiós. Somos así y así vemos ahora el mundo. Un intento de evitar el dolor que nos podría provocar una relación fallida.

Esta visión nos proporciona placer a diario, pero ¿no llegaremos a ser incapaces de distinguir lo que es placer y lo que no lo es? ¿No nos estamos olvidando de la otra cara de la moneda? Estas dudas son las que nos pueden generar tristeza a largo plazo. De todos modos, ¿qué es el largo plazo?

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Texto Aida Belmonte
Fotograma de Love, de Gaspar Noé