Imágenes cortesía de Avalon

esta película georgiana podría convertirse en la nueva 'call me by your name'

Hablamos con el director y el protagonista de 'Solo nos queda bailar', que cuenta la realidad de la comunidad LGTBI del país a través de una historia de amor entre dos bailarines.

por Alberto Sisí
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13 Noviembre 2019, 9:20am

Imágenes cortesía de Avalon

Merab vive en Tiflis, la capital de Georgia. En una casa diminuta donde comparte espacio con su madre, su abuela y un hermano que se dedica a salir todas las noches hasta que amanece. Por las mañanas, baila como suplente en una compañía nacional de danza georgiana; por la tarde, trabaja de camarero en un restaurante de la ciudad. Sus únicos planes fuera de esa disciplina soviética son tomarse un batido de vez en cuando con Mary, quien ha sido su pareja de baile desde que eran niños. Hasta que aparece un nuevo bailarín en la compañía, Irakli, con el que Merab empieza a experimentar anhelos y deseos que no había tenido nunca.

Esa es la premisa de Solo nos queda bailar, la nueva película de Levan Akin. Un director que ha dejado su Suecia natal para explorar la realidad de la juventud en Georgia, de donde son originariamente sus padres. Para esta aventura extramuros, Akin ha contado con toda una cantera de actores prácticamente amateurs y de figuras del mundo de la danza que se han visto, por primera vez, involucrados en un proyecto de estas características.

Levan Gelbakhiani da vida a Merab en lo que es su primer papel en el cine. El protagonista de la película es un bailarín contemporáneo de Tiflis al que ni se le pasó por la cabeza que podía dedicarse a la actuación, y que ha terminado alzándose con el premio a la mejor interpretación masculina en la pasada Seminci de Valladolid. Baki Valishvili da vida al recién llegado Irakli y Ana Javakishvili encarna a la sufridora Mary.

Solo nos queda bailar busca dar visibilidad a la realidad de una juventud perdida en una antigua república soviética como es Georgia (se independizó de la U.R.S.S. en 1991). Una juventud que todavía pelea con la antigua guardia que sigue manteniendo y fomentando los valores soviéticos y que rechaza con fuerza todo lo occidental. Una sociedad que reniega de una realidad LGTBI cada vez más presente gracias, por ejemplo, a la presencia en la vida pública de los actores y directores de esta película.

Hablamos con Levan Akin y Levan Gelbakhiani a su paso por Madrid para conocer más detalles de la que seguramente sea una de las cintas de temática LGTBi más relevantes de comienzos de 2020, y que llegará a los cines españoles el próximo 7 de febrero.

“Cuando vi las graves agresiones que ocurrieron durante la primera celebración del desfile del Orgullo LGTBI en Tiflis decidí que tenía que ir hasta Georgia para investigar qué estaba pasando”, cuenta Akin sobre la génesis de esta película: “Lo que aparecía en aquellas imágenes era realmente propio de bárbaros y la gente en Georgia no es así. Pueden ser agresivos, pero no así. Tenía que investigar con mis propios ojos lo que estaba pasando”.

A lo que se refiere el director es a los disturbios que ocurrieron en la ciudad el 17 de mayo de 2013. Aquel día, unas cincuenta personas salieron a manifestarse en el Día Mundial contra la Homofobia y lo que se encontraron fue una respuesta de miles de personas en su contra, entre los que había obispos ortodoxos que llegaron a comparar la homosexualidad con la adicción a las drogas. Georgia, que aspira a entrar en la Unión Europea, tuvo que dar explicaciones entonces ante el trato que otorga a las minorías.

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“Es muy complicado porque la sociedad está súper dividida. A un lado, tienes a todos esos chicos jóvenes que suponen un gran apoyo, que tienen la mente muy abierta, con Internet y gran cantidad de información... Podríamos decir que son 'más europeos'. Al otro lado, tienes a esta generación que es más mayor, son herencia soviética y tienen una mentalidad muy cerrada. Además, la propaganda de los rusos sigue funcionando muy bien”, cuenta Levan Gelbakhiani sobre esa sociedad tan polarizada que muestra el film. Incluso en la compañía de baile protagonista se pueden apreciar a aquellos jóvenes todavía anclados en el pasado y a los que ya han dado un paso al frente y buscan evolucionar como parte de un país avanzado.

La película se atreve a mostrar una historia de amor entre su protagonista y el chico nuevo. Una relación entre dos hombres; algo que todavía se tiene que pelear por verse normalizado en el país.

Para Gelbakhiani, las cosas no son todo lo buenas que cabría esperar para la juventud con identidad LGTBI: “La realidad es tan mala. Una mujer trans fue asesinada por unos cristianos ortodoxos locos, lo que sería el equivalente a la extrema derecha. Literalmente asesinan a las personas transgénero simplemente por su identidad. Es tan triste”.

“Cuando me pidieron que hiciera el papel tuve que pensármelo mucho debido a este tipo de cosas, por el miedo que provoca esa sociedad, esa presión”, reconoce el actor sobre sus reticencias a la hora de participar en una película que ya tiene recorrido marcado en festivales de cine de temática LGTBI como el Lesgaicinemad, que se ha celebrado este noviembre en Madrid. “Dije que no cinco veces. Después lo hablé con mi familia y mis amigos y me di cuenta de que no tenía ningún poder ni herramientas para cambiar nada en Georgia, pero que después de la película igual no tengo suficiente, pero si algún poder para cambiar algunas cosas”, añade Gelbakhiani sobre lo que puede suponer una obra abiertamente queer que se relacionará con su país y las implicaciones que su figura como absoluto protagonista pueda otorgarle.

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Solo nos queda bailar no solo muestra una historia de amor. En las casi dos horas de metraje, la película también se adentra en la escena de clubes gais de Tiflis y hasta retrata a las mujeres trans que se ven obligadas a ejercer la prostitución en un parque a las afueras de la ciudad: “Son mujeres reales, no son actrices. De hecho, estaban trabajando el día que grabamos las escenas” cuenta Akin.

El director hizo un fuerte trabajo de scouting por los medios menos convencionales que uno pueda imaginar para conseguir reunir a todo el elenco, desde los bailarines hasta las personas de género no binario que aparecen en algunos momentos de la ficción: “A gran parte de ellos los conocí a través de Instagram. A través de muchos canales, la verdad. A algunos los conocí cuando salía por la noche por los clubs, a las prostitutas las entrevisté cuando estaba haciendo investigación...”, cuenta el director, quien estuvo varios meses haciendo un exhaustivo trabajo de campo en la tierra de sus padres antes de ponerse a trabajar en el guion del largometraje.

A pesar de la realidad que muestra la película y que corroboran su director y protagonista, para Akin, las cosas pueden cambiar “de una manera muy sencilla, dando información”. “Cuando estas personas tan conservadoras se den cuenta gracias a la globalización de que sus tradiciones y lo nuevo pueden coexistir y todo está bien, no son una amenaza. Cambiar esa narrativa que hay en Georgia que piensa que si se aproxima a Occidente todo el mundo se va a volver gay se consigue educando a la gente”, añade.

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De lo que no hay duda es de que Solo nos queda bailar sienta un precedente en la actualidad dentro del mundo del cine y en la escena cultural del país que refleja y de la realidad LGTBI dentro de las repúblicas exsoviéticas. Es una coproducción entre Georgia y Suecia que muestra una historia de amor entre dos hombres en un ambiente tan conservador y opresivo como el de la danza tradicional georgiana. Algo que, por desgracia, nunca encuentra el cauce para llegar a ser mostrado en las salas de cine. En esta ocasión, esta película sí podrá verse, en España, a partir del 7 febrero de 2020.

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