¿quién quiere vivir en valencia?

Cuando dices 'Valencia' en voz alta, ¿qué ves? Corrupción, playa, fiesta. Hoy en i-D reflexionamos qué hay más allá de una de las alternativas a Madrid y Barcelona.

por Eugenio Viñas
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20 Octubre 2015, 10:55am

Fotografía David Iliff. Licencia: CC-BY-SA 3.0

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Pensamos en la tercera ciudad española por población como un paraíso repleto de sol, paella y estragos de poder. Cabeza de turco de las mismas tramas que han saqueado al Estado (Gürtel, Púnica, Nóos). A cambio, una efímera dosis de opulencia, fastos, fotos, construcciones megalíticas e hipotecas para lo que resta de siglo. 

Como consecuencia, la desaparición de una región industrial (menos 13% en el PIB desde la segunda mitad de los 90), la destrucción de un sistema financiero propio (Bancaja, CAM, Banco de Valencia) y un tsunami mediterráneo de desigualdad en la región.

Imagen vía @sezinlegez

Ahí están los datos, todos de 2015: el 77% de los menores de 30 años vive con sus padres. El 56,7% de los menores de 24 años está en paro y el 22,1% ni estudia ni trabaja. Una década a la vanguardia del fracaso escolar, con permiso de Ceuta. El PIB por debajo de la media estatal. El territorio más castigado por el sistema autonómico de financiación, tan demente como el que fuera capaz de aceptarlo. Y sí, también el mayor número de concursantes en Mujeres y Hombres y Viceversa. Entonces, ¿quién quiere vivir en Valencia?

Valencia es un lugar lleno de vida. Lo demuestra una actividad cultural apabullante creada por una población creativa que la convierte en núcleo de posibilidades. Sobre todo, en un entorno económico global donde operar a distancia con los precios de aquí. Porque no es una ciudad 'del bienestar', ese rango europeo dependiente 'del haber económico'; es una ciudad 'del bien vivir'. 

Un bien vivir al que afectan los factores esenciales, como poseer 300 días de sol al año, ser completamente llana y tener el mar al pie de la calle. Factores esenciales, vaya, como el precio de la vivienda o del metro cuadrado en zona industrial (mire y compare). 

Imagen vía @paula__scott

Valencia tiene el beneficio por duplicado de su escala humana: la escala física, porque se cruza de punta a punta en 20 minutos sobre una bici; y la escala vital, porque su tamaño (población/extensión) y el clima que invita a estar en la calle hace que los afectos y las sinergias se alejen de la hostilidad de las grandes ciudades.

Pero no hay que engañar a nadie: quien ha vivido Valencia, quien la habita y quien regresa sabe que sus posibilidades de desarrollarse profesional o económicamente son mayores en Madrid o Barcelona. Y no diremos fuera. Pero quien apuesta por Valencia lo hace consciente de recorrer un camino alternativo en este y en todos los sentidos.

Imagen vía @carmenlily_

El cáncer de Valencia es haber adolecido y adolecer de una estrategia como ciudad. Una estrategia contraria a querer sorprender a Madrid -polo poder y económico- o comprarse con Barcelona -hermanos naturales y poder financiero-. Una estrategia capaz de aprovechar sus recursos establecidos para convertirla en intermediaria imprescindible de las grandes urbes, ciudad universitaria de referencia en Europa y origen de investigación, puerto crucial para mercancías del mundo con el viejo continente y crisol de la reindustrialización de base tecnológica, innovadora, de diseño, creativa y cultural.

El caldo de cultivo existe. De ninguna otra forma se digiere que la ciudad haya visto nacer una decena de festivales urbanos (Intramurs, Cabanyal Íntim, Russafa Escènica, Russafart, Benimaclet ConFusión, Circuito Ilustración Valencia, Ciutat Vella Oberta, Distrito 008, MUV!, Circuito Bucles), tres festivales independientes con marca internacional para el cine, la música o la literatura (La Cabina, Deleste, Valencia Negra) y que todo ello suceda desde sus barrios, con 0 euros de aportación por parte de las arcas públicas. 

Imagen vía @espaitactel

Unos barrios beneficiados por el espíritu de supervivencia ante la crisis, desde el desprecio administrativo que se desprende de la inversión y llamados a ser el principal atractivo para el turismo a medio plazo. Su identidad es cada vez más propia, generando sus propias redes sociales, empresariales y creativas como son los vibrantes casos de Benimaclet, Russafa, Ciutat Vella o Cabanyal.

Y hay más caldo y más cultivos: en la misma Marina Real que un día brindara los excesos de la competición de vela más lujosa del mundo, la America's Cup, surge ahora la Marina de Empresas: 18.000 metros cuadrados de extensión y 9.000 de instalaciones para acoger a 1.000 empleados en un gran clúster de emprendedores. El mayor polo de empresas de nueva creación en el Mediterráneo en la ciudad que, a buen seguro, más lo necesita, con capital 100% valenciano y todo lo que eso significa: independencia del vaivén estatal con el que no cabe margen de tiempo para actuar.

Cualquier lista es injusta por el espacio tiempo, de los que nacen y viven aquí, de los que se marchan o de los personajes de adopción, porque hay que comprender por qué uno de los diseñadores más premiados e influyentes del escenario mundial, como es Jaime Hayón, nacido en Madrid y vivido en el mundo, haya establecido su base en Valencia. 

Imagen vía @berkleevalenciacampus

O cómo la Berklee College of Music, la universidad de música más avanzada que existe, abre su único campus alternativo a Estados Unidos en Valencia, esparciendo indirectamente a sus alumnos por la ya nutrida escena local del jazz, el rock y la electrónica.

También hay embajadores para masas que viven aquí, como el autor de novela gráfica español que más vende ahora, Paco Roca; regresados 'a casa', como la única diseñadora española para Ikea, Inma Bermúdez; o surgidos aquí, como la creadora del concepto de que un libro de ilustración puede ser un best seller, Paula Bonet, o el creador del mayor icono de la historia del olimpismo y una de las imaginerías más propias de nuestra cultura e influyentes en Asia (Mariscal).

Por fijar un punto de atención cualquiera, la ilustración vive su particular apogeo en la ciudad, fruto de una de esas varices culturales enrabietadas contra un sistema ciego ante las posibilidades de las industrias creativas. Cuatro valencianas figuran -como si nada- en el último volumen de Illustration Now, la biblia del género a nivel internacional: María Herreros, Carla Fuentes y Cachetejack, o sea Nuria Bellver y Raquel Fanjul, aunque todas ellas vivien fuera ahora mismo.

Imagen vía @mariaherreros

Los citados conocen la situación de la ciudad que se desprende de los primeros párrafos de este artículo, pero también reconocerían las aristas que la hacen única y se reflejan en los siguientes. Con ambas realidades se entiende un fenómeno soterrado que, a fuerza de repetirse, va camino de convertirse en paradigma desde hace unos meses: personas, parejas también, que un domingo cualquiera tienen la insana ocurrencia de curiosear cuánto cuesta en Valencia el alquiler de una casa similar a la que 'tienen' en Londres, Hamburgo, Madrid o Barcelona. Hay que estar al otro lado del Skype para ver esas caras y, conociendo cómo se vive en Valencia, no empezar a hacer planes.

Por el momento no hay estudios que reflejen la tendencia. Al contrario: que uno de cada tres jóvenes en la Comunidad Valenciana esté en riesgo de exclusión social invita a que la exportación de talento siga su curso. Sin embargo, quienes han adquirido cierto bagaje externo, empiezan a sentirse atraídos por una posibilidad de regreso a una ciudad tan asequible como apetecible. 

Mientras tanto, las pequeñas historias son las que mantienen la esperanza de que Valencia vuelva a ser la ciudad que un día fue.

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Texto Eugenio Viñas
Fotografía David Iliff. Licencia: CC-BY-SA 3.0

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Valencia