así fue como la anorexia destruyó mi adolescencia

Esta historia es un secreto que he guardado muy bien durante muchos años. Los trastornos alimenticios es algo que escondemos a causa de la vergüenza y el sentimiento de culpa. El oscuro infierno de la anorexia nerviosa llegó a mi vida y destruyó mi...

por Milly McMahon
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20 Mayo 2016, 9:55am

He vivido con un trastorno alimenticio durante la mayor parte de mi vida y estoy muy lejos de ser la única. En España puede haber unas 400.000 mujeres con anorexia nerviosa y, aunque la prevalencia de la enfermedad se mantiene estable desde los años 90, lo destacable ahora es el adelanto en el inicio de la enfermedad, que va desde los 15 años hasta los 13 o los 14 (algunos incluso empiezan antes).

Hay más muertes derivadas de trastornos alimenticios que de cualquier otra enfermedad mental, y las investigaciones han descubierto que el 10% de las personas que sufren anorexia morirán de forma prematura a causa de su enfermedad, como resultado de un fallo en sus órganos o del suicidio.

Muchos recuerdos amargos me persiguen desde la anorexia. Cuando cierro los ojos, todavía siento presente la primera vez que creí que iba a morir. Tras quitarme lentamente las varias capas de ropa delante del espejo, por primera vez en varios meses, sentí el valor suficiente para observar el cuerpo desnudo de mi yo de 13 años. 

Cuatro pares de medias, tres chalecos, pantalones de chándal, dos suéteres y una camiseta formando una pila de ropa a mis pies. En aquellos días mis labios y dedos estaban constantemente azulados, nada podía protegerme del frío intenso que me poseía. Casi no tenía fuerzas ni para desvestirme, mis brazos como palos caían con fuerza. 

Cuando mis ojos cansados y medio cerrados registraron la imagen borrosa que había reflejada ante mí, sentí una sensación del terror más intenso que jamás he experimentado. Un desierto de huesos se había apoderado de mi cuerpo pre-adolescente y en su lugar una piel suave y mullida cubría mi figura dentada y llena de gratos; mi esqueleto apenas quedaba protegido por una piel gris y frágil no más gruesa que un ligero pañuelo de papel. 

La comida debería haber abrigado mis huesos, pero mi cuerpo había digerido la grasa, el músculo e incluso mi esqueleto en busca de energía para seguir con vida. Y lo peor de todo es que todavía me sentía gorda.

Meses antes de llegar este día había estado viviendo en la sombra, avergonzada de mi cuerpo. Arrastrándome entre mis clases, firmaba los registros de asistencia antes de salirme sigilosamente del aula. Pasaba los días escondida, encerrada en un baño, debatiéndome entre la pérdida y la recuperación del conocimiento. 

Mis amigos murmuraban y observaban cómo escondía la comida en mis calcetines y en mis bolsillos. Tiraba bolsas de comida podrida por todas las papeleras del campus, en un intento desesperado por evitar la carne que esos nutrientes aportarían a mi cuerpo. El hambre que sentía en aquella época nunca me tentó a comer, un miedo profundo y arrollador me alejaba de esa tentación. Olvidé lo que era la satisfacción, mis amigos se esfumaron, mi familia se enfadaba conmigo y la amenaza de la muerte se veía cada vez más cerca.

Mientras estoy aquí sentada escribiendo esto, siento cómo me tiemblan las manos. Esta historia es un secreto que he guardado muy bien durante años. Los trastornos alimenticios son algo que escondemos a causa de la vergüenza y el sentimiento de culpabilidad. El oscuro infierno de la anorexia nerviosa llegó a mi vida y destruyó mi adolescencia. 

Por aquel entonces, el deseo de ser aceptada, de entender mi propia belleza y huir del asco a mí misma era más fuerte que la necesidad de respirar. El disgusto cada vez más grande por mi propio aspecto, mis notas, mi popularidad y el rechazo por parte de mi madre me asfixiaba.

Imagen vía BSIP / Getty Images

A medida que aumentaba mi pena, silenciaba mi desesperación con el hambre, la anorexia me ofrecía respuestas a preguntas que no podía preguntar a nadie. A lo largo de mi enfermedad varias personas intentaron liberarme de mí misma. Cuando las bolsas de comida putrefacta salían a la luz, algunos me castigaban, otros me compadecían, y solo unos pocos me comprendían. 

Sabía que esas carreras de 20 kilómetros a mitad de la noche eran una locura, y conocía el peligro de tomar cajas de laxantes que hacían arder mi intestino como si fueran lejía. Los cortes que me hacía sobre la piel después de comer todavía siguen allí, humillándome e invitando a las miradas y las críticas. Mi enfermedad fue libre de seguir evolucionando porque nunca creí que era lo realmente buena.

Antes de que se presentara la anorexia, mis compañeros pensaban que era regordeta, a mi madre le avergonzaba mi torpeza y los chicos se burlaban de mí. Admiraba los bailes sexy de Britney Spears, moviendo sus caderas y su estómago cóncavo y luego tiraba con rabia de mi piel sudorosa y fea. Me obligaba a ponerme de rodillas y a sacar cubos enteros de vómito de mi cuerpo, con las lágrimas cayéndome por las mejillas, los vasos sanguíneos saltándome de los ojos y un dolor hirviéndome en el estómago. 

Mirando a través de la ventana desde mi mundo de baja autoestima, tras levantarme mareada y desorientada, me llamaron la atención los niños que jugaban en el jardín. Los observé mientras reían, libres y alegres, y los sentí muy distantes. Sintiendo asco por mí misma y desesperada por salir de mi propia burbuja, el único placer que sabía que tenía era el sueño que esperaba encontrar al final. Pero nunca llegué a ese punto. 

Lo intenté durante dos décadas, tratando de escapar de mi dolor con otras distracciones perjudiciales. Mis relaciones amorosas llegaban pronto a su fin. La idea de que mi cuerpo fuera cualquier otra cosa diferente a un intento fallido de la feminidad me acechaba durante los momentos íntimos y me alejaba del deseo carnal.

Uno de los momentos más felices que pasé con un novio también está teñido de tristeza. Sufría linfoma de Hodgekins y en ese momento yo estaba ingresada en un programa de nutrición para forzarme a ganar peso. Él estaba recibiendo quimioterapia en el hospital infantil de Birmingham y desde el límite de la vida mirábamos hacia el frágil abismo del otro, preguntándonos quién tenía más posibilidades de morir o seguir con vida. 

Sus enfermeras cuidaban con cariño de sus necesidades y le administraban la medicación, mientras que las mías me vigilaban con hostilidad, empujando con agresividad mi silla de ruedas entre las comidas y pruebas clínicas. Sentía su resentimiento ante mi imposibilidad de comer.

Los doctores le dijeron a mi padre que tenía anorexia nerviosa y se puso a llorar. Nunca antes le había visto llorar delante de mí y de repente, por primera vez en meses, sentí un rayo de luz sobre mi piel. Amor. El alivio fue increíble. A partir de ese momento me puse a luchar y a intentar salir adelante, y sobreviví. 

Cuando volví a recaer a los 17 años, perdí la fe en mi capacidad para participar en la vida. Entonces me ingresaron en el departamento de adición de un psiquiátrico, donde tuve que hacer vida junto con drogadictos, alcohólicos y otros anoréxicos más mayores; nos reuníamos seis veces al día para comer en un pequeño comedor. 

La mesa de adictos que se encontraba a nuestro lado nos observaba con total confusión mientras engullían los festines de calorías antes de intentar huir de las instalaciones para correr a la tienda de la esquina y robar esa última botella de vodka. Todos queríamos encontrar ese botón de escape inexistente para hacer callar la voz violenta que nos pedía desde nuestro interior que nos autodestruyéramos.

La anorexia nerviosa es una enfermedad horrorosa que sufrí a causa de varios traumas en mi juventud y una madre ausente. Todavía me sigue aterrando pensar en el largo viaje de mi vida para intentar encontrar el sentido de lo que me estaba pasando, cómo perdí el norte y me hice tanto daño voluntariamente. A los 14 años me diagnosticaron osteopenia, hipoglucemia, depresión y una desnutrición severa, todo ello como resultado de la anorexia nerviosa. Ahora mismo hay gente por todo el mundo que lucha por sobrevivir, acosada por la misma voz pútrida que me poseyó a mí.

La anorexia nerviosa es una dolencia increíblemente triste que se merece empatía y bondad. En mi época más oscura, cuando estaba sola y únicamente podía contar con mi fiel padre, literalmente me moría por un poco de comprensión. El mundo me aterraba y solo deseaba seguridad y aceptación. Este era un sentimiento que veía reflejado en otras de las mujeres que se sentaban a mi lado durante las sesiones de terapia, gimiendo y balanceándose, sin poder encontrar la confianza y el cariño de su familia y amigos.

La opinión anticuada y limitada de que los trastornos alimenticios son un síntoma moderno de estar demasiado consentidos, no solo es retrógrada sino también increíblemente peligrosa. La historia nos informa de la muerte de mucha gente brillante que se dio por vencida y se rindió a los castigos destructivos que dicta la anorexia. 

Forzar a una persona famélica a comer podría retrasar los problemas de salud más inmediatos que amenazan con la muerte, pero el enfoque más holístico de simplemente ofrecer cariño, tiempo y compasión, podría ser una cura revolucionaria para la persona afectada. Esos pocos enfermos y asustados que caminan entre nosotros requieren un acceso a las ayudas cuando son capaces de aceptarlas. 

Sus voces oscuras e impotentes se callan solo en pocas ocasiones para dejar emerger a la verdadera persona hambrienta. Mi padre fue mi roca y mi salvador. Sin su paciencia y estabilidad, no habría sido capaz de superar la anorexia. Todos estamos en un viaje y todos veremos las nubes negras y sentiremos la luz del sol.

Los problemas de salud mental son algo natural y muy normal en la vida de todos. Igual como el invierno trae los resfriados, la tristeza puede traer disfunciones y la inseguridad puede alimentar los trastornos alimentarios. Intentemos hacer que las personas que nos rodean se sientan seguras, entendiendo que nuestra capa exterior, el cuerpo, es el vehículo de la vida y no de la muerte.

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Texto Milly Mcmahon
Imagne vía Kathryn Swayze / Stocksy

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