Fotograma de 'La habitación del pánico'.

Y a ti, ¿te provoca estrés volver a tu vida de siempre?

No debes sentirte culpable, esto puede tener una razón muy coherente.

por Raquel Zas
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25 Mayo 2020, 12:36pm

Fotograma de 'La habitación del pánico'.

En España parece que, al fin, se ve la luz al final del túnel. En la mayoría de las provincias del país ya se puede salir en menor o mayor medida con libertad, ir a tomar algo a un bar con tus amigos o incluso darse un baño en el mar. En otros lugares, como Madrid o Barcelona, esta semana comienza la Fase 1 donde las medidas de confinamiento se suavizan considerablemente. Todo el mundo está contento, de celebración. El sol y el calor ha llegado para quedarse, y nuestra “nueva libertad” se inaugura con la llegada del verano. Todo parece ir bien, podemos, es más, debemos mantener una actitud positiva ante esta situación de mejoría. Entonces, ¿por qué algunos sienten cierta ansiedad ante la idea de volver a la vida de siempre?

El otro día, disfrutando de mi habitual paseo de las ocho, no pude evitar oír la conversación de dos chicas que caminaban cerca de mí. Una de ellas decía que, pese a estar en situación de ERTE, le daba un poco de “pereza” volver a la normalidad. Su acompañante, confesó que a ella también le ponía nerviosa “tener que hacer todas esas cosas otra vez”. La verdad es que no es un hecho aislado; en las últimas semanas, hablando con familiares y amigos, muchos han expresado sentirse así. Estrés, miedo, ansiedad; en definitiva, parece ser que mucha gente estaba, en el fondo, disfrutando un poco de este parón. No, evidentemente, de las miles de muertes, de la falta de ingresos, de la crisis económica y del sufrimiento de toda una sociedad; pero sí había cierto placer en eso de estar obligados a detenernos, precisamente porque somos incapaces de hacerlo por nosotros mismos.

Probablemente estos últimos días hayas escuchado hablar mucho del “síndrome de la cabaña”, un estado en el que alguien que ha estado confinado en un sitio durante mucho tiempo siente pánico a salir de él por miedo a que le pase algo. Pero esto de lo que hablo no se corresponde del todo con este síndrome, sino que más bien está relacionado con volver a activar un estilo de vida con el que no estamos contentos. Al comienzo de la cuarentena había un grupo de gente que se vio fuertemente sacudida por el encierro a nivel de salud mental, con ansiedad, ataques de pánico y depresiones leves. Ese grupo de gente es, en su mayoría, el que ahora está deseando salir a la calle. Sin embargo, otra parte de la población encontró cierta tranquilidad en el encierro, y ahora se sienten abrumados ante la posibilidad de volver a la normalidad. Estas dos reacciones son consecuencia, en mayor medida, de nuestra propia personalidad. En este segundo grupo, en palabras del psicólogo José de Solá Gutierrez, nos encontramos generalmente a personas más sensibles, introvertidas, inseguras, con miedo al rechazo social y con baja autoestima, que han encontrado una sorprendente comodidad en este período de encierro.

Pero no solo vemos personalidades de ese tipo entre los que han encontrado un refugio —si así me permitís llamarlo— en el confinamiento, sino que más bien nos encontramos con un tipo de persona que muestra un claro descontento por la realidad social actual, y que ante este cambio repentino de rutina abrió los ojos. Lo explica muy bien Carlos Candel en el eldiario.es: “No anhelo volver a las caravanas diarias para ir al trabajo, a pasar menos tiempo con mi familia, ni a ver la "boina" negra amenazando el cielo de Madrid”. Hay mucha otra gente que se ha dado cuenta que su frenético ritmo de vida está guiado más por la convención social que por deseo propio. Es lo que le pasa a Lara, de 25 años: “Soy muy casera, y nunca me ha gustado mucho salir de fiesta, pero ¿qué se supone que tiene que hacer alguien con 25 años? Me han dicho desde siempre que tengo que aprovechar mi juventud al máximo. Tengo mucha suerte de poder tener toda esa vida social pero, ¿esa cantidad de conciertos, festivales y fiestas a las que iba? Es una locura, siento que la mayoría de las veces voy solo por miedo a perderme algo”. Esto es muy cierto, salimos por encima de nuestras posibilidades. Salimos porque queremos estar ahí, no perdernos nada, como si de lo contrario corriésemos el peligro de dejar de existir, porque no olvidemos que disfrutar también es un bien de consumo.

En otros casos, el agobio se debe al estrés que soportamos sobre nuestros hombros en la vida diaria. Hay quien teme regresar a la normalidad porque tendrá que enfrentarse a una rutina y a un entorno que siempre les ha hastiado. “Trabajo en una gran empresa, en uno de esos puestos en los que nunca descansas ni desconectas. Siempre hacía horas extras, así que me tenía que levantar a las seis de la mañana para ir al gimnasio. Después del trabajo iba a clases de inglés, y los fines de semana a hacer surf. He sufrido un ERTE del 50% y, aunque estoy preocupado por el futuro de mi trabajo, hace tiempo que no me sentía tan aliviado. Tengo tantas actividades extralaborales que no me había dado cuenta de lo que era vivir sin una agenda todo el rato, tenía que cuadrar hasta cuando quedaba con mis amigos. No sé, ¿me he equivocado de vida?”, explica Sergio, de 28 años.

Carolina, de 25 años, ha descubierto cuan absurdo puede ser nuestro materialismo. “Trabajo en moda y, nos guste o no, es un mundo donde se juzga mucho por lo que tienes y por lo que vistes. Yo estoy un poco obsesionada con mi imagen, y estas semanas de confinamiento han sido liberadoras. Dejé de maquillarme dos veces al día y no compré absolutamente nada de ropa. Además de ahorrar mucho dinero, me di cuenta de lo condicionada que estoy por el círculo que me rodea, y muchas veces sé que vivo por encima de mis posibilidades económicas”.

No podemos obviar el hecho de que este es un problema de clase y privilegio, pues este tipo de reflexiones y aprendizajes se dan en personas que no están sufriendo las graves consecuencias personales y económicas de la pandemia. Evidentemente, aquellos que han perdido seres queridos o no saben cómo pagarán este mes el piso no se hacen tales cuestiones. Ahí es donde nace el sentimiento de culpa. Si te sientes un poco mal por reconocer que no te apetece volver a la normalidad, es totalmente humano. Cuando estamos ante una situación en la que medio mundo siente dolor y el miedo, experimentar cualquier otra cosa resulta casi antisocial: te preocupa que otros puedan criticarte por romantizar el encierro.

Durante estos dos meses he oído muchas veces frases tipo “la verdad es que lo llevo muy bien” o “me siento muy bien en el aislamiento”, dicho con la voz bajita, incluso con algo de culpa, como si tuviéramos que sentirnos mal por estar bien en una crisis de estas proporciones. Lo que está pasando es que estamos tan acostumbrados a hacer todas esas cosas que se supone que tenemos que hacer para vivir la vida al máximo, que ahora hemos conocido una parte de nosotros que estaba oculta, la del personaje introvertido que disfruta aislándose del mundo. Porque, evidentemente, eso nunca fue algo cool. Con el coronavirus se acabaron las excusas, teníamos la libertad total, o más bien todo lo contrario, la obligación de cesar toda actividad social IRL. Por fin podemos sacar el ermitaño que llevamos dentro sin sentir remordimientos.

Sobre la culpa en estos tiempos extraños, habla muy bien la terapeuta Kathleen Smith en este artículo, “está bien disfrutar tu vida ahora mismo. Está más que bien. Todos estamos buscando puntos positivos; es un regalo encontrar algunos que realmente te traigan alegría. Minimizar tus emociones positivas no te convierte en un ser humano más compasivo o un recurso para un mundo en llamas”.

Muchos expertos y opinadores públicos hablan de la “nueva normalidad” como un escenario en el que el mundo será como antes, pero estará preparado mucho mejor si algo así volviese a suceder. Contagiémonos de este optimismo; quizá aquellos que no quieren volver a la rutina podrían hacerlo pero sacando todo aquello que no les gusta de ella. Porque si sentimos un deseo —muy escondido en el fondo de nuestro subconsciente—, de no salir de esta distopía en la que estamos inmersos, quizás es porque no llevamos la vida que en realidad queremos tener.

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