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¿cómo es ser lesbiana en madrid?

Todavía queda mucho que hacer en la capital para acabar con los prejuicios, pero las chicas en el movimiento LGTBI han aunado fuerzas para ocupar el lugar que les pertenece

por Lucía Morales
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10 Mayo 2016, 7:55am

Fotograma de 'Habitación en Roma'

Amanece en Madrid. Una parte de la población despierta y recibe contantes estímulos: generosos destellos de luz de neón fundiéndose con el ruido de los coches y las sirenas de emergencia. Dos chicas caminan por Corredera Baja de San Pablo y atraviesan la Plaza de la Luna, para desembocar en una de las principales arterias de la ciudad. Al llegar a la Puerta del Sol son abordadas por una panda de tíos, que les invitan a seguir la "fiesta" con ellos: "Vamos a daros lo que necesitáis, bolleras de mierda". Las chicas responden a tal situación de acoso con gestos amenazantes; deciden ignorarles y prosiguen su marcha hacia el metro.

Amanece en Madrid; generosos destellos de luz de neón se funden con la aurora constituyendo el paisaje urbano. Un paisaje dominado por blancos hetero-acaudalados que someten a todo exponente de lo diferente. Hace horas que ha parado de llover. El asfalto es caprichoso e irregular; se conforman embalses de agua sucia en los que la pareja puede ver reflejadas sus propias siluetas; y detectan las de los edificios que pueblan el centro de una ciudad que no les pertenece.

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Fotograma de 'Criaturas celestiales'

Las lesbianas hemos sido vistas a lo largo de la historia como sujetos malditos. Desde la figura de la bruja en la Edad Media, pasando por seres inservibles y asexuados durante el Holocausto nazi, o desviadas tortilleras y "representaciones del mal de moralidad dudosa" en tiempos del Franquismo. 

En la actualidad -una era globalizada en un mundo regido por la hiperrealidad de la imagen- se nos relega o bien al compartimento estanco de la invisibilidad o al del fetichismo. En escenarios lejanos -y no tan lejanos- somos lapidadas y perseguidas por autoridades patriarcales como el Estado o la familia.

La heteronorma considera una provocación que, por ejemplo, dos butch se den la mano, caminen por la calle o se morreen en un bar; pero esto no ha impedido que saquemos nuestras plumas a relucir en el espacio público a lo largo de la historia. La pluma azul, término que comenzaron a acuñar las activistas lesbianas del Movimiento de Liberación Homosexual que se articuló en contra de la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social de 1970, ofende mucho al sistema heteropatriarcal, mantenido por pilares como el capitalismo y el binarismo, que a su vez maman de la misoginia.

Fotograma de 'Carol'

El otro día un amigo y yo comentábamos que en realidad existen diferentes tonalidades de azul en nuestras plumas; como un alfabeto con variedad de letras en las que vernos representadas y leernos las unas a las otras. Como Gloria Fuertes expresó en sus versos, en ocasiones nos sentimos como islas ignoradas. 

De nosotras depende salir de la sombra del armario; relacionarnos las unas con las otras creando redes y compartiendo afectos. Siendo disidentes viviendo nuestras vidas como queremos que sean vividas; continuar creando una geopolítica propia en las ciudades que habitamos partiendo de rutinas y alianzas.

Cada vez gozamos de más espacios para nuestro deleite en muchos barrios de la capital. De hecho podemos afirmar que la comunidad LGTBI ha tomado Lavapiés, Malasaña o Conde Duque.

Fotograma de 'Concussion'

En Lavapiés, bares como La 80, la Berenjena, el Parsimonia, La Oveja Negra o La Antigua Taquería se han convertido en bares de referencia para las lesbianas. Desde el año pasado, el barrio cuenta con espacios como La Mala Mujer, un espacio feminista en el que, además de tomar algo, puedes asistir a las diferentes actividades de su programación dirigidas a mujeres hetero, homosexuales y trans. También nos dejamos ver en sitios de tapeo como el Benteveo o la Taberna Errante (trasladada desde hace algunos años a La Latina ); y nos vamos de terraceo por Argumosa y Santa Isabel.

En el barrio de Chueca - hipergentrificado y dominado por la figura del gay capitalista- resisten pubs como el Fulanita, el Escape o el Truco. Muchas lesbianas han descartado pisar estos típicos locales de ambiente por meros gustos musicales, pero otras muchas -entre las que puedes encontrarte madrileñas, provincianas y guiris- son prácticamente parroquianas de estos emblemáticos referentes de visibilidad lésbica.

Las fiestas puntuales de bolleras están ganando mucho peso en Madrid. Algunas de ellas son de carácter mensual y se erigen como una flamante opción para las amantes de la música alternativa. En Sala Maravillas programan Pink & Proud -donde son habituales las pinchadas de las C'mon Pili y Clara Guitar-, una cita imprescindible para las que siempre hemos echado de menos escuchar temazos noventeros, indies y pop en las fiestas de ambiente. Las amantes de la electrónica suelen dejarse ver en Diamante Club, cuyas organizadoras reivindican la presencia de la mujer tanto a los platos como en la industria musical en general.

El año pasado aterrizó en la capital la Fiesta Furiosa -de las creadoras del Hija Qué Seca Fest, un festival que se organiza en la mítica sala Siroco- donde puedes encontrarte a lesbianas ligadas al mundo creativo en confluencia con amigos gays: todas bailando y disfrutando en la que quizás sea una de las propuestas musicales y performáticas más originales de la noche madrileña.

Hablando de confluencias, hay festivales transfeministas que pasan en Madrid cada cierto tiempo -o que, en realidad, están pasando todo el rato- como Ladyfest, que viene celebrándose en la ciudad desde 2005 y el recién estrenado Mad Grrrl Fest, que tuvo una gran acogida entre trans, cuirs, lesbianas y demás sujetos disidentes. Y como la calle también es nuestra, podemos ver a multitud de veinteañeras en las raves que se organizan por Ciudad Universitaria, en cualquier verbena o simplemente bebiendo birras en Plaza del Rey (Chueca) o en Cabestreros (Lavapiés) en cualquier estación del año.

Como diría Itziar Ziga, vamos en manada insistiendo en nuestro lesbianismo. Con independencia de la tonalidad de azul que tiña nuestra pluma, en la capital nos entremezclamos y nos empoderamos desde los márgenes. Entre todas construimos nuestro Madriz: una concentración cálida y rebelde de islas ignoradas. Todavía queda mucho por hacer contra la lesbofobia, por ello no cesaremos de visibilizar y defender nuestra etiqueta de noche y de día; en el centro y en las periferias.

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Texto Lucía Morales

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