sí, soy de pueblo: ¿tienes algún problema?

Google Maps se ha convertido en mi mejor amigo ahora que me he mudado a la ciudad.

por Raquel Zas
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04 Febrero 2016, 10:55am

​Fotograma de 'Me, and earl and the dying girl'

Hace poco más de un año que llegué a Barcelona dejando la comodidad del calor paternal -en el que la factura de la luz no era un concepto real-, en busca de, no sé, que alguien descubriese mi enorme talento y me pagase lo suficiente como para poder vivir en un bonito apartamento en una buhardilla del barrio Gótico.

Después de trabajar en una tienda de cosméticos de señoras ricas que creen en milagros y batir mi récord personal de menor duración en un trabajo -tres días-, mis expectativas empezaron a ir a pique para acabar cayendo en el duro e injusto suelo de la realidad. Y es un suelo muy sucio.

Cuando naces en un pueblo te venden la idea desde muy pequeño de que las urbes son así como una fuente inagotable de diversión donde cualquier cosa puede pasar. Famosos por la calle, Starbucks en cada esquina, cines porno o el Urban Outfitters. Cuando éramos adolescentes solíamos soñar con escapar a un lugar donde la gente no se riese de nuestro pelo teñido de rosa ni nadie cuestionase nuestras preferencias sexuales ni lúdicas.

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Fotograma de 'Skins'.

Pues bien, vivir en una gran ciudad puede ser también una experiencia cruel. Cuando presumes de ser de pueblo, la gente automáticamente cree que nunca has subido en el metro y, si como en mi caso ese pueblo está en Galicia, literalmente imaginan tu infancia ordeñando vacas -por no hablar de todos los adjetivos acabados en -iño-.

Como mi sueldo no me llega ni para la entrada del Apolo, vivo en un piso 'bohemio' -que en Barcelona es una forma bonita de decir viejo- compartido con otras cuatro personas, un gato, y unos vecinos que no he visto en un año (en mi pueblo sabes hasta el grupo sanguíneo de todos los seres humanos y animales que viven en tu edificio).

En cuanto llegué a la ciudad para quedarme me convertí un poco en Shoshanna de Girls; ya sabéis: crisis de los veintitantos, incertidumbre amorosa y la sensación de que no te enteras de nada de lo que pasa en el mundo. Por fin tenía todo lo que quería: museos, exposiciones de arte con barra libre de buen vino blanco y cafeterías donde poder tomarme un brunch mientras escuchaba a un grupo marroquí de música balcánica. Mis seguidores de Instagram estaban encantados.

Fotograma de 'Girls'.

Es genial ver caras nuevas cada vez que sales a la calle; los estilos confluyen, nadie se alarma porque vayas semidesnuda y la gente habla sin prejuicios de sus gazapos sexuales -pienso en la dificultad para tener un orgasmo vaginal, o la dificultad que algunos tíos tienen para que se le levante (por no hablar de que puedes poner a caldo a todos tus ex porque nadie les conoce).

La fluidez sexual está en todas partes y de repente todo el mundo a tu alrededor es bisexual, demisexual, heteroflexibles gracias al alcohol o, simplemente, entienden que la sexualidad no tiene por qué ser binaria. De hecho, la ciudad es algo así como el sitio perfecto para ser quién quieres ser, y si te encuentras alguna vez con alguien de tu pueblo, probablemente sea alguien que ha salido del armario o aquella chica que no hablaba con nadie en clase. Aquí parece que todo el mundo encuentra su sitio.

Fotograma de 'The Summer of Sangailé'.

Pero ese rollo de 'soy una chica moderna e intelectual' dura un par de meses. La 'Gran Ciudad' se convierte en 'ese sitio donde te roban la cartera cuando te descuidas', y te das cuenta de que tu barrio no es Brooklyn, sino un antiguo polígono que tiene montacargas en lugar de ascensores.

De pronto Google Maps se convierte en tu mejor amigo y piensas que en tu pueblo podías ir al trabajo andando y no corrías el riesgo de morir si cruzabas un semáforo en rojo. La gente siempre anda estresada, con prisas, con ese chip de ir a todos lados corriendo porque llegas tarde a cualquier sitio (aunque ese sitio sea a tirar la basura).

Además, cuando vives en una ciudad te sientes más que nunca como un borrego: todo el mundo anda al mismo paso, sin mirarse unos a otros, con esa cara de zombie que dice a gritos 'odio mi vida'. Por no hablar de los monumentos, donde todos nos hacemos exactamente la misma foto en la misma esquina.

Fotograma de 'Diario de una chica adolescente'.

En un pueblo puedes salir de fiesta solo porque siempre te encontrarás a alguien conocido, y además las cañas te cuestan un euro. Por lo que pagas por una habitación en Barcelona, te puedes costear un dúplex reformado con una terraza de 30 metros cuadrados para ti solo.

Además, irte de allí hace que te separes de tus amigos de toda la vida: cada vez que vuelves de visita te sientes un bicho raro porque se ríen de ti cuando dices cosas como 'El cine de Wes Anderson es demasiado mainstream' o 'ir sin sujetador es la nueva moda'. Por no mencionar lo que fliparon mis amigos cuando les dije que nunca había escuchado La Gozadera.

Pero hay algo que solo vivir en una ciudad te puede dar: el anonimato. Si has crecido en un pueblo probablemente te hayan inventado dos o tres parejas y algún que otro embarazo. Pero en el momento en el que te mudas a una ciudad pasas a ser una hormiguita más y te deja de importar lo que la gente diga o piense de ti. Y eso es impagable.

Supongo que una gran urbe te da todas las opciones posibles para conseguir lo que quieres, y ya no hay sitio para las excusas. Y, bueno, ahí es cuando empiezas a aprender las cosas buenas de crecer en el pueblo de donde siempre deseaste escapar.

Fotograma de 'Rich Hill'.

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Texto Raquel Zas
Fotograma de Me, and earl and the dying girl

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