¿podría realizarse 'mujeres al borde de un ataque de nervios' en 2018?

Con motivo de su 30 aniversario, analizamos la obra maestra de Almodóvar y la problemática que plantearía lanzar una historia así en la actualidad.

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mar. 23 2018, 9:34am

"¡Pepa, no me digas 'pesá' que estoy muy sensible!", "esto no es una casa, casa". "Yo no podía ir a Málaga con esta papeleta, bastante es que soy modelo", "soy testigo de Jehová y mi religión me prohibe mentir" o "es horroroso, horroroso" son solo algunas de las frases que más han trascendido de una de las películas que ha marcado la historia del cine español, el de Pedro Almodóvar y que ahora cumple 30 años. Mujeres al borde de un ataque de nervios se estrenaba el 25 de marzo de 1988 y conseguía situar a su director dentro del panorama internacional a pesar de ser intrínsecamente española y, si se apura, madrileña.

Pepa (Carmen Maura), Candela (María Barranco), Marisa (Rossy de Palma), Lucía (Julieta Serrano) y Paulina Morales (Kiti Mánver) son las protagonistas absolutas de una película en la que el único nombre masculino que se repite es el de Iván (Fernando Guillén), quien se convierte en la obsesión de Pepa y vive un ¿cuarteto? amoroso junto a su propia esposa y la malvada Paulina —que además es abogada, y feminista—.

Porque la película va de eso, de un despecho, y de una mujer en la treintena que se vuelve loca de remate cuando su amante la abandona para irse con otra, pero no tanto como su esposa a ojos de la ley, a la que da vida Julieta Serrano como Lucía y que tampoco está del todo bien.

Mujeres al borde de un ataque de nervios marcaría el comienzo de una época de Pedro Almodóvar en la que todo sería reconocible —desde el vestuario hasta el cielo de Madrid— y consagraría a esa troupe de mujeres que han trabajado con y para él, que se agrupan bajo el nombre de 'chicas Almodóvar'. Incluso un personaje como el conductor del 'mambotaxi', interpretado por Guillermo Montesinos, abrirían la veda para posteriores papeles muy pequeños pero emblemáticos en sus películas.

Con este largometraje, Almodóvar llegó a Hollywood pues la película estuvo nominada al premio a Mejor largometraje de habla no inglesa en los Oscar de 1989. No se lo llevó, pero fue la plataforma para que su cine, ejemplo de lo que entonces se hacía en España, se quedara en la retina de académicos y entendidos, para que los grandes diseñadores empezaran a vestir a los personajes de sus películas o para que la propia Mujeres se convirtiera en un musical de Broadway más de veinte años después de su estreno.

Una versión edulcorada y adecuada a la moral estadounidense, eso sí, pues si algo hay que reconocerle a la película es que era algo que ha perdido su significado de tanto usarlo: era (muy) políticamente incorrecta, como casi todo lo que su director había hecho en su carrera. No era tan irreverente como Entre Tinieblas, pero tocaba temas que, hoy en día, estarían prácticamente vetados en cualquier productora de cine si hubiera que buscar financiación.

Pero, ah, los 80 y su libertad —o la que han contado que hubo— permitieron que Pedro Almodóvar escribiera una trama, por poner un ejemplo, en la que se incluían tres terroristas chiitas que se presentaban en casa de Candela después de que uno de ellos la hubiera seducido. España (y el mundo en general) no estaba familiarizado con lo que después sería conocido como terrorismo yihadista. Tras el 11 de septiembre de 2001, las bromas acerca según que cosas (e incluso lanzar un 'tuit' desafortunado) puede suponer que te denieguen la entrada en algún país o una condena a prisión.

Candela llama a Pepa tras deshacerse de las pruebas que la inculpan de colaborar con los terroristas

Eso no es todo, pues el film frivoliza a lo largo del metraje con un problema de lo más extendido en la época de su estreno —e incluso ahora— y eso es, nada menos, que las mujeres adictas a ansiolíticos, antidepresivos o somníferos. Una problemática real con la que todos los que han visto la película se han reído o han llegado a sentirse identificados, pero que en estos tiempos de campañas que buscan visibilizar, tratar y normalizar las enfermedades mentales podrían verse como una chanza hacia aquellos que están afectados.

Todo ello desde el punto de vista de 2018, en el que mencionar la López Ibor (la famosa clínica privada especializada en psiquiatría), como hace Lucía, sigue siendo un tabú. Por lo tanto, la visión de Almodóvar sobre estas realidades podría verse como, simplemente, transgresora y adelantada a su tiempo, pues no hay que perder de vista que el consumo de pastillas a las que las protagonistas son tan aficionadas está hoy más extendido que nunca.

Y si se hila todavía más fino, hasta la dependencia casi enfermiza de las cuatro mujeres podría llegar a cuestionarse en un momento de la historia en el que las mujeres abogan por su independencia y su fortaleza. Sin embargo, claro, eso dejaría sin trama a la película que cuenta con quizá el guion más redondo de toda la filmografía del director.

Una dependencia, una masculinidad casi tóxica y una perpetuación de los clichés asociados a la feminidad que ya, desde el principio de la cinta con la voz en off de Iván, vemos reflejado en esa enumeración de los distintos tipos de mujeres. Puestos a contar, en el siglo XXI faltarían miles de ejemplos y se espera que nadie mire a cámara con ojos de cordero degollado.

Ojos como los de Marisa, por otro lado, la novia frígida y mal encarada de Carlos (sí, Antonio Banderas) que solo sonríe cuando, hasta las cejas de somníferos, pierde su 'virgo' entre sueños acostada en la terraza de la casa de Pepa. Esta simplificación de la sexualidad de la mujer, mucho más compleja y muy alejada del concepto de "malfollada" que representa el personaje que interpreta Rossy de Palma, casi rivaliza con la frivolidad con la que se trata en un anuncio publicitario dentro de la película el lavado de la camisa llena de sangre del asesino de Cuatro Caminos, algo impensable a día de hoy cuando en España se debaten conceptos tan antiguos y que se consideraban enterrados como la cadena perpetua o la pena de muerte.

Mujeres al borde de un ataque de nervios es una película que ha resistido los envites bienpensantes a lo largo de tres décadas y que sigue resultando moderna a día de hoy. ¿Quién no ha querido unos pendientes de cafeteras como los que luce Candela? ¿Quién no querría poder tener sus propias gallinas en un ático en la calle Montalbán de Madrid ahora que los huertos urbanos y el autoabastecimiento están en auge? ¿Quién no se pondría todo el vestuario de la película a día de hoy? Y, sobre todo, ¿quién no ha utilizado alguna vez alguna de las cientos de frases esparcidas a lo largo del metraje que se recuerdan todavía? Efectivamente, nadie.