'santa clarita diet' o por qué nos obsesionamos con lo "raro"

Con motivo del estreno de la última propuesta de Netflix, analizamos el rumbo que está tomando la nueva ficción y que está creando adicción entre toda una generación de fans incondicionales de las series.

por Alberto Sisí
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22 Febrero 2017, 9:28am

La noticia saltaba no hace mucho: Drew Barrymore se pasaba a la televisión. Bueno, más concretamente, se pasaba a protagonizar una serie en Netflix —si es que a estas alturas podemos seguir llamando 'televisión' a un servicio de streaming que va más allá del sistema convencional— y el revuelo se hizo patente. ¿Superestrellas de Hollywood protagonizando series? Sí, gracias.

Lejos de considerarse como el arte menor que un día fueron, las series ya están en camino —si es que no lo han hecho ya— de desbancar al cine en calidad de producción y de guiones. Si a eso, además, le sumamos la falta de papeles para mujeres de determinadas edades en la industria cinematográfica (es decir, por encima de los cuarenta años), entendemos por qué se está produciendo un auge en este tipo de formato. A raíz de todo esto, Barrymore ha decidido ponerse en la piel de Sheila y Timothy Oliphant en la de su marido, Joel.

Ellos son los protagonistas de Santa Clarita Diet, una idea del guionista Victor Fresco que vuelve a hacer hincapié en esa tesis de que los suburbios californianos, tan luminosos y perfectos, siempre esconden algo malo. Tan malo como que tu vecina sea una zombie y tan bueno como que esa misma condición la ayude a convertir una vida anodina en algo emocionante.

Y así es como Sheila consigue hacerse con el corazón de todos los espectadores. Una mujer camino de los 50 con una hija a punto de terminar el instituto, un trabajo de agente inmobiliario y el mismo novio desde el colegio que... ¿Tiene que matar para "sobrevivir"?. De este modo, el ama de casa de manual consigue hacerse con el control y empieza a ver la vida de otra manera.

Siempre desde la óptica del humor negro, los cambios drásticos que sufre esta Sheila son los que consigue que pase de ser una más en la comunidad homogénea que tan bien retrata la serie a convertirse en la abeja reina. Parece que los 'smoothies' de carne humana la dotan de una energía y unas ganas de comerse el mundo que la antigua ya no encontraba.

De esta forma, la última adición al catálogo de Netflix no hace más que demostrar que lo raro, lo diferente e incluso lo sobrenatural, engancha. Sin embargo, no es la única que evidencia este hecho: ¿Un caballo que habla y sale con una gata? El ejemplo es Bojack Horseman; ¿Un monstruo formato Demogorgon? Para eso ya está Stranger Things; ¿Una ciega que vuelve a tener visión? Aunque no la hayamos entendido, sí, es The OA.

El motivo de esta necesidad de evasión y predilección por lo extraordinario puede estar influenciada por el hecho de que, en estos momentos, vivimos en un contexto mundial extraño en sí mismo. Cuando las cosas "iban bien", las series podían tratar relaciones amorosas, entornos de trabajo o grupos de amigos con puntos de comedia, pero ahora ese deseo de escapar de la realidad es mayor y, por ello, la ciencia ficción y lo sobrenatural están ganando enteros.

Porque todos los que no están con ellos, no lo pasan del todo bien. Y por ellos nos referimos a "los que mandan", que pocas veces cuentan con el favor de la juventud más libre y creativa y que, además, se encargan de dejar fuera —literal y figuradamente— a las minorías. Es por ello que la figura del raro, del outsider y de aquel que no se rinde a de lo establecido es la que se ha convertido en un modelo a seguir.

Ya sea de la mano de Sheila; de Once (o Eleven) en Stranger Things o Diane en Bojack Horseman, desafiar las normas y nadar a contracorriente en un mundo de manatís —al menos en el caso de Diane— es algo que hace al espectador engancharse sin remisión a las series y no poder parar de pulsar la tecla de 'siguiente' que da paso a otro capítulo.

Llama la atención también la vuelta de Neil Patrick Harris a las series en la nueva adaptación de Una serie de catastróficas desdichas. En ella, de nuevo, son los huérfanos —los que nunca son bien aceptados por la sociedad— los que tienen un papel primordial y vuelven a aseverar que vivimos una era donde los "raritos" están tomando las riendas.

Y es que todos en algún momento hemos sentido el peso de la rareza en nuestras propias carnes o, como mínimo, todos se pueden sentir identificados con lo que pasa en Santa Clarita o en Hollywoo. Niños con granos, con pluma, gordos, flacos, niños con un desarrollo superior a sus compañeros, con un desarrollo inferior a sus compañeros... Quien ha estado ahí lo sabe y, por un motivo o por otro, todos hemos estado ahí. En un momento tan sensibilizado con el preocupante tema que supone el acoso escolar, que se ensalce la figura del antihéroe, los raros, los diferentes y los que no se rinden a lo preestablecido es algo muy a tener en cuenta.

Cuando Stranger Things llegó a la multipantalla, el comentario generalizado fue que el casting resultaba perfecto pues los cuatro protagonistas huían de los estereotipos apolíneos, rubios y bellísimos de las series televisivas infantiles o juveniles. En el caso de Santa Clarita Diet, cuando la crítica habla sobre Sheila también remarcan el poco miedo de la actriz a aparecer de una forma "poco producida" y con el rostro propio y sin alterar de una persona de su edad (algo a lo que, lamentablemente, no estamos tan acostumbrados a ver en pantalla).

Físicos que abogan la diversidad, actores que —en cualquier otro momento de la historia del audiovisual— habrían estado condenados a protagonizar anuncios en horario de madrugada. Estos factores también son imprescindibles a la hora de conseguir afianzar la idea del "rarito" como nuevo héroe, ya sea por su complexión o por cualquier peculiaridad que tenga en la cara.

Al final, lo verdaderamente increíble es que, los que nunca encajamos en lo que se esperaba, lleguemos a sentir empatía e incluso identificación con Sheila o, en menor medida, con su marido. Que el espectador se identifique con una asesina, aunque sea por una necesidad 'vital', es algo que no se veía desde las comedias clásicas más descarnadas y que Santa Clarita Diet consigue con creces.

Luego está, por supuesto, la idea de que el amor todo lo puede y, de ahí, la posible (aunque menos probable) identificación con Joel. Sin embargo, Joel no desafía al sistema. Él no pica partes inidentificables del cuerpo humano entre horas y tampoco lucha por mantenerse a flote en una normalidad de cara a los vecinos y a la realidad que rodean a la protagonista de esta comedia.

En un momento en el que las minorías son atacadas sin compasión incluso directamente por parte de las administraciones públicas, necesitamos más que nunca ver a los misfits representados en la pantalla. Así que, por todo y por ello: gracias Sheila. Hasta por hacer casi deseable encontrarse entre la vida y la muerte para poder huir de una realidad enrarecida que promete con ir a más.

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Texto Alberto Sisí
Imágenes cortesía de Netflix

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