hablemos de sexo

La escena sexual 'underground' japonesa está repleta de prácticas fetichistas y en i-D nos adentramos en el arte del 'bondage' con la obra erótica de la fotógrafa Millicent Hailes y la modelo Tessa Kuragi.

por Lily Bonesso
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08 Abril 2015, 12:55pm

La práctica sexual más conocida de la escena fetichista japonesa es el Kinbaku (una vertiente del sadomasoquismo), que también es conocido como Shibari y significa "atar". Lo más probable es que parte de su fama se deba a la obra del fotógrafo Nobuyoshi Araki. El japonés lleva años atando a sus modelos en las sesiones de fotos: hasta Lady Gaga se rindió a sus órdenes en una editorial para la edición japonesa de Vogue Hommes en 2009. Estas imágenes cargadas de la belleza nos muestran sus composiciones realizadas a base de cuerdas y han dotado a este fetiche de un estatus visual más que respetable tanto en el país nipón como en el resto del mundo.

Inspirada por un las famosas polaroids de Araki, la directora y fotógrafa Millicent Hailes decidió probar suerte con el bondage con tan solo un libro, una maquilladora y una modelo. Para la sesión de fotos, Hailes escogió a Tessa Kuragi: una belleza clásica y surrealista considerada "modelo fetichista" por su naturaleza erótica y oscura. Aunque estas categorías no engloban toda la obra de Kuragi, es obvio que el fetiche forma parte de su vida y que ha experimentado el bondage japonés en más ocasiones.

Marc Blackie -fotógrafo y ex-novio de Tessa- la introdujo en el mundo del Shibari y las pink films (una versión sutil del porno) y ahora la modelo hasta tiene un armario exclusivamente para guardar uniformes escolares japoneses (el seifuku), todo tipo de máscaras y una variada colección de kimonos. Kuragi asegura que la primera vez que un fotógrafo japonés la retrató con un vestido tradicional tuvo que trabajar mucho más duro que las otras para demostrar que entendía y me preocupaba por la cultura autóctona. Lo cierto es que su verdadero respeto por las tradiciones es lo que le ha permitido el acceso a la industria del sexo underground japonés -algo impensable para un extranjero-.

Kuragi ha descubierto un país completamente distinto a la nación sexualmente reprimida que tratan de reflejar los medios de comunicación. Un Japón repleto de bares fetichistas, fiestas y dominatrix.

En su ensayo Falo - Imagen - Otros, la artista Vivian Herman dice así: "El deseo significa la falta en sí… El deseo es aquello que no tenemos". Por tanto, tiene sentido que en un país donde la población es famosa por tener muy poco sexo, también sea posible encontrar la mejor oferta sexual. ¿Quién puede entender mejor los límites del deseo que una sociedad que no conoce la intimidad?

Otro factor que ha determinado el éxito de Japón en el ámbito sexual es su característica pulcritud. No es difícil encontrar ejemplos que reflejen dicha cultura del perfeccionismo: lo vemos tanto en la técnica del corte del sushi de Jiro Ono como en el anime de Hayao Miyazaki. Los japoneses llevan desde hace siglos buscando la excelencia y ha desarrollado una serie de habilidades que superan con creces lo que la "lógica occidental" considera más que suficiente. El sexo ha evolucionado de una forma igual de compleja a lo que Kuragi asegura: "El sadomaso y la dominación son conceptos sublimes y muy trascendentales en este tipo de cultura. Este tipo de prácticas son como pasar por un trance, una catarsis. Es algo que va mucho más allá de la excitación sexual… Aquellos que han entrenado con un maestro del Shibari no solo desarrollan una buena técnica para moldear un puñado de cuerdas: en parte, también aprenden a moldear a las personas y eso conlleva mucha práctica.

Además de una buena habilidad, este tipo de practicas también requieren mucha creatividad. El cine y el anime japonés se caracterizan principalmente por su fantasía: una visión del mundo que forma parte de la cultura nipona y que también se refleja en la industria del sexo. En su entrevista para i-D, Su Zume -autora de Pinky Kinky: Japan's Sex Underground- afirma que es la obsesión por los detalles de los japoneses lo que ha convertido el fetichismo en una forma de arte. Algo con lo que coincide Kuragi, que una vez tuvo una experiencia muy curiosa en una tienda porno de siete plantas: "Era como presenciar explosión creativa -y no hay nada que me guste más-. Cada vez que ibas subiendo de piso, la sensación era más y más intensa: de vídeos con colegialas a porno con chicas en traje de buzo y fetichismo por los globos (un tipo de excitación sexual que se produce cuando los explotas). Puedes encontrar de todo".

La imaginación y la estética son valores esenciales en la cultura japonesa. Un ejemplo es la forma en la que el escritor Yasutaka Sai describe la acción de pelar una mandarina: "Cuando un japonés se come una mandarina, lo que hace es retirar la cáscara de una sola vez para formar una pieza donde depositar todos los restos de la fruta. Así todo queda empaquetado perfectamente".

Esta es la forma en la que concebimos su universo en Occidente y el hecho de que mujeres como Hailes y Kuragi -que no son japonesas- se esfuercen tanto por adaptarse a su entorno demuestra algo: a todo el mundo le fascinan Japón y sus peculiaridades. En las fotos que Hailes le hace a Tessa Kuragi, vemos pequeños fragmentos de su cuerpo: las muñecas, los pechos, los ojos… pero nunca en su totalidad. De la misma forma, conquistar la tierra de la eterna fantasía está fuera de nuestro alcance y, por eso, hemos convertido Japón en un fetiche en sí.

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Texto Lily Bonesso

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