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todas somos jennifer lawrence

La directora de moda ejecutiva de i-D Ger Tierney reflexiona sobre cómo todavía hoy la inteligencia, ingenio y méritos de muchas mujeres quedan ensombrecidos por el hecho de que tienen tetas.

por Ger Tierney
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06 Noviembre 2014, 4:20pm

Marco Manna

El lunes por la mañana me llegó un mail con las fotos privadas que se han filtrado de Jennifer Lawrence. En este punto no tenía ni idea de que un hacker había hecho esto. "¿Son imágenes de una nueva película?", pregunté con inocencia. Resultó que no: pertenecían a los momentos más íntimos de una joven guardados en su móvil. Mientras que mis amigas hablaban de las imágenes de la forma más agradable que se pueda imaginar -refiriéndose principalmente a lo guapa que está-, no pude evitar cuestionarme hasta qué punto tenemos derecho de estar hablando sobre algo así (¡?). Cotillear sobre los famosos entre amigas puede ser divertido, pero somos seres humanos, y este caso ha sobrepasado todo lo que habíamos visto hasta ahora.

Una mujer que elige mostrar su cuerpo en un contexto artístico, en una película o como declaración política está incurriendo en un acto de empoderamiento. Una mujer en la intimidad con su amante y la persona en la que confía mientras disfruta de su sexualidad es un acto de empoderamiento. Arrebatarle a una mujer el derecho a elegir cómo prefiere mostrarse al mundo es un acto despreciable. La convierte en alguien vulnerable, avergonzada e inferior. Estoy totalmente de acuerdo en que las mujeres muestren su cuerpo desnudo y se expresen a través de él, pero sólo cuando ellas mismas han tomado tal decisión. Tan pronto como esta capacidad de decisión se les arrebata la exposición pública se convierte en algo sórdido, oscuro y ofensivo.

¿Por qué no hay imágenes de los análogos masculinos de Jennifer, Kirsten Dunst y Selena Gómez? ¿Es porque nadie quiere ver a un hombre en una situación tan extrema de vulnerabilidad? Si es una mujer, todo está bien: es entretenido y un buen tema de conversación. La realidad es que lo que sucedió el domingo por la mañana y la manera en la que la gente lo subió a Internet y lo compartió es todavía una prueba de que estamos en un mundo de hombres y de que estamos muy lejos de donde deberíamos en términos de igualdad de géneros. El mundo está de acuerdo en glorificar un acto criminal que consiste en revelar la privacidad y dignidad de un grupo de mujeres. No es correcto. Situaciones como éstas nos hacen pensar en que todavía hoy muchas mujeres son percibidas como ciudadanas de segunda clase, y que nuestro intelecto, ingenio y méritos quedan ensombrecidos por el hecho de que tenemos tetas.

En el mundo occidental, vivimos en una sociedad privilegiada con innumerables oportunidades abiertas para todos. Sin embargo, con todo lo moderna y atractiva que es esta sociedad, todavía es un lugar muy sexista. Por desgracia, tanto hombres como mujeres nos hemos acostumbrado a un sexismo implícito en la sociedad que ni siquiera percibimos. En el trabajo no indagamos sobre por qué las preguntas durante las reuniones van dirigidas a los hombres y no a las mujeres, ni tampoco por qué una mujer puede ir a correr con sus compañeros vestida con shorts sin levantar comentarios sobre su aspecto físico; tampoco por qué hablamos de la forma en la que se visten las directivas antes de hablar de sus méritos intelectuales y profesionales. Todos somos culpables de aceptar estas prácticas como norma común.

No estoy sugiriendo un alegato en contra de los hombres y de la sociedad moderna; lo que propongo que es todos aprendamos del resultado de este escándalo y que defendamos a celebridades como Jennifer a las que se les ha atacado personalmente. Es hora de preguntarnos por qué estamos condicionados a aceptar que las mujeres deben ser observadas y cosificadas a diario. Podemos realizar pequeños cambios si empezamos a hacer las preguntas adecuadas y si así podemos influir en nuestros amigos, compañeros de trabajo y familia. Estos cambios parecen pequeños, pero suponen una gran diferencia. Y,  quién sabe, con el tiempo quizá podamos vivir en un mundo en el que nunca más tengamos que hablar de estas cosas.

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Texto Ger Tierney
Imagen cortesía de Marco Manna
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