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¿por qué hemos vuelto a alucinar con 'twin peaks' 25 años después?

Despedimos la tercera temporada de la serie con varias conclusiones acerca de la extraordinaria visión del realizador.

por Marc Muñoz
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06 Septiembre 2017, 9:26am

Fotograma de Twin Peaks

Tulpas, Doppelgangers, logias, entidades malignas, asesinatos, dualidades, dimensiones paralelas, abetos Douglas, café, tarta de cereza, Judy, Cooper bueno, Cooper malo, Roadhouse, Laura Palmer, Chromatics, Diane, chillidos escalofriantes, garmonbozia, sueños, ensoñaciones y pesadillas. Twin Peaks, 27 años después del primer seísmo, ha vuelto a volar los puentes de la televisión convencional.

Resulta difícil valorar la trascendencia que la última temporada de Twin Peaks tendrá en la vida cultural de los años venideros. Requiere una perspectiva, una distancia, que solo el tiempo otorga. De entrada, parecería osado equiparar su marca en la cultura popular con la de la original, la que dinamitó la televisión convencional para permitir, años más tarde, la eclosión de la tercera edad de oro de la televisión.

Aunque como aquella, puede ser que la última temporada vaya creciendo en el imaginario colectivo, adquiriendo mayor relevancia con el paso de los años y sumando nuevos adeptos hasta convertirse en una réplica, a menor escala, del fenómeno de la original.

En este escenario televisivo tan cambiado y maduro, saturado de oferta (la Peak TV), y pese al altavoz amplificador que ofrecen las redes sociales, el impacto del retorno ha sido más reducido. No para los 'peak freaks' que nos hemos perdido en sus bosques de abetos Douglas a lo largo de todo el verano.

Si hay algo que admite menos discusión es la disparidad de opiniones que ha generado. Una polarización más lacerante que la de escenarios políticos cercanos como respuesta automática a la obra de un genio inigualable, inclasificable, tan hermético y enigmático como las entrañas de sus creaciones artísticas.

Porque si la primera temporada ya puso a prueba la paciencia del espectador ávido en respuestas y finales cerrados, la nueva temporada ha triplicado los enigmas, ha desatado cualquier cuerda de contención anterior —recordemos que Lynch gozó del control creativo total para afrontar los nuevos episodios con Showtime— y ha vuelto a volar cabezas con su doble capítulo final, especialmente, con una secuencia final de impacto perecedero.

Lo que consigue Lynch con sus obras, y Twin Peaks siempre fue manifestación acorde de ello, es una reverberación de un universo que no permanece encerrado en la pantalla.

Si la original indagó en el misterio de Laura Palmer para recrear una realidad oscura, retorcida y subterránea de cualquier pueblo de la América rural a través de una iconografía reconocible (asimilada en la cultura popular), en la nueva temporada, evitando el refugio de una mirada nostálgica que muchos esperaban —ni el revival ni el reboot encajan con la esencia de El retorno—, decide crear una nueva criatura, un nuevo estadio de la misma materia.

Todo ello ante la imposibilidad de volver a recrear el espíritu de la original, ante la dificultad de recuperar o rehacer ese relato. Al fin y al cabo, han pasado 25 años para todos, incluyendo su principal creador, más desatado, vanguardista, radical, abstracto y anti-narrativo en el uso del lenguaje audiovisual.

Con lo que decide crear un universo paralelo en que los personajes permanece alterados, desviados, alejados de esa imagen icónica alojada en el subconsciente de todos los que nos dejamos golpear por la original. De hecho, Lynch ha volcado cantidad de metalenguaje y material autorreferencial alrededor del universo 'Twin Peaks', pero también de su obra y vida.

El retorno de Twin Peaks puede entenderse como la aglutinación de todo el universo Lynch en un sueño tan indescifrable como desconcertante y magnético. No solo por la presencia de actores fetiche como Kyle Maclachlan, Laura Dern, Naomi Watts, ecos de Carretera perdida, Mulholland Drive, Cabeza Borradora, Blue Velvet e Inland Empire, sino por la aparición de grupos y solistas que de algún modo beben de la obra lynchiana y que ha utilizado para cerrar el telón de cada episodio en el Roadhouse.

Porque, de nuevo, el apartado onírico, lo inexplicable, y especialmente lo inesperado —llevado hasta las últimas consecuencias con el final—, ha sido la tónica de una narrativa desafiante, siempre en constante quiebro a la senda transitada, a lo previsible.

El símil para definir la nueva temporada, y parte esencial de la obra de Lynch, es un laberinto circular, donde el turista, el recién llegado a su obra, circula desorientado, exasperado, irritado, pero el familiarizado va recabando pistas; llaves que abren nuevos senderos que confirman la solidez y detallismo de un universo conectado y coherente como esta temporada ha demostrado no solo con la serie original, sino con Twin Peaks: Fuego camina conmigo, uno de los deberes obligados para no andar a ciegas en la nueva temporada.

Una tercera entrega que ha rehuido cualquier expectativa previa, que ha declinado la oferta de seguir la pista final de la segunda temporada más que como una excusa narrativa para ofrecer un choque abstracto, a veces ridículo, paródico, aunque especialmente surrealista, aterrador, emocional y hasta sublime (el 3x08 y varios momentos del doble capítulo final).

El whodunnit marciano del embrión se ha transformado en un screwball enrarecido, en una entrada atónita a La dimensión desconocida, en un acercamiento a Expediente X, e incluso, en las últimas dos horas de impacto continuo, a Interstellar, Atrapado en el tiempo o un Regreso al futuro con un glitch irreparable que no permitiera a su héroe cumplir sus misiones.

Aunque si algo caracteriza y engrandece la obra del de Montana, es su apuesta por la obra abierta. Las páginas del relato están en blanco, y hay tantas explicaciones como observadores y visitantes —ese diálogo que complementa la obra y al que el propio Lynch hace referencia al final de este vídeo—.

El (tele)espectador es co-creador. Lo que descubre que la clave no es desentrañar todo el significado –—algo imposible a no ser que habites en su cerebro— sino dejarse llevar por la experiencia construida, la intensidad desarrollada, las pistas, e incluso, disfrutar de la extrañeza del desconocimiento. La experiencia de apreciar y disfrutar el desconcierto.

Y depende de la concentración, la paciencia y lo avispado que sea uno, construir ese significado a través de la multitud de pistas, elementos y referencias volcadas por su artífice en un mundo donde hay coherencia y orden dentro del caos narrativo; sus universos no obedecen a lo aleatorio sino a lo minucioso, aunque por momentos no lo parezca.

Lynch ha señalado en varias entrevistas que él no se expresa ni aclara con las palabras; es un artista visual y se expresa mediante la conjunción entre imagen y sonido, así que mejor no perder tiempo intentando buscar todas las respuestas.

Como decía Monica Bellucci en su aparición testimonial, pero clave, en uno de los episodios de Twin Peaks: el Retorno: "Somos como el soñador que sueña y vive dentro el sueño, ¿pero quién es el soñador? El soñador, probablemente, sea el espectador, o seamos todos.

Porque si con Lynch se puede sacar una lección clara es que el misterio, el enigma, es más estimulante que su resolución. La vida y sus misterios alimentan el alma, y así ocurre en la trayectoria de este artista como señala la apertura de la serie y su impactante final. De nuevo, el círculo lynchiano se completa sin resolverse ni concluir, como un bucle eterno hipnótico. Sueño y pesadilla, de la que uno no quiere despertar.

'Twin Peaks: El retorno' se puede ver completa en Movistar +. También están disponibles las dos primeras temporadas y la película 'Fuego camina conmigo'.