¿dónde han ido todos los salvajes excéntricos de la moda?

En un mundo anterior a la recesión, al Brexit y a Trump, el exceso provocativo y escandalizador estaba a la orden del día. Ahora, en un mundo donde 'El cuento de la criada' da la sensación de ser demasiado realista, ¿ha terminado el momento de los...

por Philippa Snow
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17 Julio 2017, 7:49am

Still from 'ready to wear' (1994)

Este artículo fue publicado originalmente por i-D UK.

Tener un look de locos es, según mi experiencia, bastante barato. Por el contrario, al parecer ser excéntrico consume mucho tiempo y es bastante caro. Leyendo hace poco un artículo en LitHub sobre las colecciones de libros de los ricos y famosos, como Chanel o Karl Lagerfeld, que posee 300.000 libros y tiene 200 millones de dólares en el banco, recordé la noticia que publicaron recientemente sobre el hombre que murió aplastado por su colección de porno, que pesaba seis toneladas. El primero es un brillante excéntrico y el otro simplemente está loco.

Si cayeran seis toneladas de porno en el entorno privado de alguien con título, ¿tendría la misma repercusión? Si un coleccionista de arte muriera bajo una estatua de Jeff Koons del artista follando con Cicciolina, ¿parecería menos una trágica casualidad y más un poético giro del destino? Excéntrico significa suficientemente rico para estar loco y salir airoso. También puede significar no comprender en realidad cómo vivimos los demás y por qué.

Lagerfeld lleva mucho tiempo ―gracias a su talento, su buen juicio y su superioridad― creando un auténtico tipo de arte no menos refinado y culto que la ropa femenina que diseña o las ilustraciones de moda que crea. Llevo tanto tiempo adorando su look como de súper villano de dibujos animados que poseo ―en alguna estantería muy alta y llena de polvo― una desgastada copia de su libro sobre alimentación. Es difícil no amar a un hombre que roba el gato de su novio (un modelo más joven que él) y lo convierte en una superestrella con su cuenta de Instagram y todo.

Imagen vía @choupettesdiary

Aun así, con frases como "algunas personas feas son geniales. Lo que odio son las personas feas en el mal sentido... lo peor son los hombres feos y bajitos. Las mujeres pueden ser bajas, pero en el caso de los hombres es imposible. Es algo que no perdonarán en la vida... son malvados y quieren matarte". Debemos admitir que puede que Karl está alejado de algunos aspectos de la vida moderna. Pero, ¿cómo podemos no adorar, aunque sea en privado, a todos aquellos que construyen su propio mundo? Hay crímenes peores que vivir dentro de la propia cabeza. Convertir tus deseos personales en algo concreto que lo abarca todo, hasta el punto de que todo lo demás desaparece de la vista, es el sueño de todo pensador creativo.

Una gran parte de la grandeza de la moda es su naturaleza irreal, su inflexible forma de hacer que la vida parezca 'menos que' en comparación.

Todos los artistas son un poco infantiles en sus pataletas y su monomanía. Pero vivimos, gracias a Dios, en una época en que la desigualdad y la incorrección política son por lo menos percibidas ―si no están, admitámoslo, extinguidas―, lo que hace que el clásico, elitista y extremadamente cruel mundo de la moda sea decano de algo perteneciente a una raza en extinción. Es como nuestro lince ibérico, solo que más estilizado y con un pelaje más lustroso. Decir que las mujeres que se quejan de que las modelos están demasiado delgadas son todas "gordas momias sentadas con su bolsa de patatas delante de la televisión, diciendo que las modelos son feas", también es un poco feo. Y también suena anticuado. Dos cosas que recuerdo que The Lagerfeld Diet (La dieta de Lagerfeld) recomendaba comer son carne de caballo y sopa de cactus. Una gran parte de la grandeza de la moda es su naturaleza irreal, su inflexible forma de hacer que la vida parezca "menos que" en comparación. Como toda buena forma de arte, es escapista. Está diseñada para no ser práctica y para ser abstracta. No debería, por nada del mundo, considerarse como recomendable o aplicable a la dura vida de los civiles. Esto se hace patente cuando los dioses de la moda hacen declaraciones en la prensa.

"¿Me hicieron una foto? Ya no puedo volver a ponérmelo. Y así es como necesitas ropa nueva", dijo una vez Anna Dello Russo, editora jefe de Vogue Japón, en una entrevista concedida a la revista New York cuando intentaba explicar la jungla que es su vestidor. ("Si tienes que viajar", dijo en otro sitio ―como si fuera una declaración práctica y obvia― "guarda todos tus accesorios en un trolley de color turquesa decorado con un marco barroco dorado". Un consejo fantástico, aunque sea un poquito específico). En 2010, cuando fue entrevistada, estas declaraciones podrían haber parecido un poco más adorables de lo que parecen ahora después de Trump, en medio del Brexit y consumidos por problemas de desigualdad y guerra de clases. 

Imagen vía @anna_dello_russo

De forma similar, las interpretaciones de los iconos de la moda con respecto a la guerra real no han envejecido demasiado bien y tienen todas las papeletas para desatar la ira en Twitter. La editora de Cosmopolitan Joanna Coles reveló el año pasado que, cuando se dirigía a hablar con Valentino Garavani en 2007, le pidieron que ayudara a mantener la especie de burbuja en que vive. "Me dijeron, 'Joanna, por favor, no menciones la guerra de Irak'", dijo al New York Times. Cuando les preguntó por qué, su gente le dijo: "No sabe nada de ella. El Sr. Valentino no lee los periódicos, solo buenas noticias. El Sr. Valentino es un hombre dedicado a la belleza y debe permanecer en un mundo de belleza'". Por mucho que a mí me gustaría poder hacer lo mismo, no puedo evitar darme cuenta de que la fealdad sigue siendo una epidemia. No puedes negar la violencia, el terrorismo, la pobreza y todas las desigualdades de la vida simplemente no mirándolas, aunque sería genial poder hacerlo. La responsabilidad no casa bien con la fantasía o la autocomplacencia, lo que quizá sea el motivo por el que es mejor que se prohíba hablar en público en los tiempos que corren a todos los que viven, trabajan y se ganan la vida dentro y fuera de la fantasía.

Por supuesto, esta prohibición podría contemplarse más fácilmente si la gente así no fuera tan puñeteramente seductora. Personalmente, siempre me ha encantado leer sobre la Marquesa Di Casati, adorada por la industria de la moda por ser ―como diría más fácilmente si no estuviera al final de la veintena― "extra" y por poseer, según la revista AnOther, "un don para la malicia y una debilidad por el exhibicionismo".

La responsabilidad no casa bien con la fantasía o la autocomplacencia, lo que quizá sea el motivo por el que es mejor que se prohíba hablar en público en los tiempos que corren a todos los que viven, trabajan y se ganan la vida dentro y fuera de la fantasía.

"En sus días de gloria", dice el mismo artículo, "paseaba por Venecia llevando únicamente un abrigo de pieles, acompañada por sus panteras a las que llevaba atadas con correas de diamantes… Cuando no encontraba nada en su joyero que le pareciera adecuado, llevaba su boa constrictor alrededor del cuello o hacía que varios pavos reales blancos se convirtieran en accesorios de su elaborada vestimenta... Su piel era blanca como la nieve y tenía un aspecto todavía más pálido gracias a sus dosis de belladona, un suplemento herbal demostradamente venenoso que tomaba para mantener sus pupilas oscuras y dilatadas".

La enterraron con un Pekinés disecado y con sus pestañas postizas puestas. Tom Ford la describió como "la primera dandy europea de principios del siglo XX", lo cual parece razón suficiente para que nos guste. De lo que se habla mucho menos es del hecho de que dejó a deber 25 millones de dólares cuando se produjo la Gran Depresión y que su estilo de vida entonces empezó a considerarse excesivo, carente de gusto y desfasado. Siendo como era otra estilosa y singular excéntrica en tiempos de recesión económica, no consiguió vivir únicamente en un mundo de belleza. La realidad tuvo y sigue teniendo una manera de colarse en nuestra vida. Buscando información sobre ella, descubrí un artículo en un número de archivo de 2003 de The New Yorker. Como mi suscripción había caducado, solo pude leer el resumen del ensayo, pero no puedo decir que no me fuera de ayuda.

Concisamente, resumía una vida exprimida con locura, con sensualidad y después con bastante desatino. Es un cuento con moraleja para los excéntricos de la moda y ayuda a ilustrar por qué el mundo de la belleza y el de la economía real no casan bien y no pueden mantenerse al mismo tiempo. Al final de la vida de la Marquesa, según el artículo: "Intentó con tanta fuerza ser única que inevitablemente se convirtió en un personaje... Era un espectáculo efímero, que no se preocupaba por el pensamiento ni por los sentimientos... Nunca dejó de vestirse para causar sensación". Las ilustraciones del artículo son, por supuesto, de Karl Lagerfeld: como si existiera un linaje especial para los excéntricos chic y como si él fuera el último descendiente de ese linaje. Siendo tan culto, estoy segura de que no se le escapó la ironía, la broma cósmica. "Soy una persona con los pies en la tierra", indica Vogue que dijo una vez, divertido y consciente aunque ligeramente chiflado, "Solo que no en esta tierra".

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Texto Philippa Snow
Fotograma de Prêt-à-Porter (1994)
Traducción Eva Cañada 

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