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el eterno affaire entre el rock y la moda

Sexo, drogas, rock’n’roll… ¿y moda? Parece que la fórmula de uno de los clichés más antiguos en la vida bohemia y algo desordenada que siempre ha acompañado a los músicos ha incluido un nuevo elemento en los últimos años. La ​moda vive el affaire de...

por i-D Team
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19 Enero 2015, 8:42am

El ejemplo más evidente de este cambio de roles llegó en el momento en que algunas casas de moda, como la siempre presente Chanel, contrataba a las bandas más punteras de rock por obra y gracia de Karl Lagerfeld y los convertía en maniquíes a las órdenes de la firma. Ahí queda Vive la Fête, dúo de electropop belga que fue de los primeros en atreverse a subirse al escenario de la marca de las dos ces. Els Pynoo, su vocalista, se convertía instantáneamente en la chica que Chanel quería proponer a principios de los 2000. Algo parecido sucedía tras la revolución masculina llevada a cabo por Hedi Slimane en Dior. El relanzamiento de Dior Homme como una firma que iba más allá de un par de perfumes fue acompañada por la adopción de bandas punteras, tanto en warehouses londinenses o como en los propios desfiles, como ocurrió con These New Puritans.

No, no llegaron los cortes de pelo sesentero, los pantalones skinny, las chaquetas ceñidas y las corbatas finas por casualidad a comienzos de la década de 2000. Todo estuvo bien orquestado por las grandes marcas que exploraban los tugurios de las capitales europeas, escogían a la siguiente banda que rompería las listas del New Musical Express, los vestían acorde a lo que se esperaba de ellos y los metían en el cartel de alguna fiesta lo suficientemente apetecible como para que una marca de alta moda colara su logo en una esquina inferior. De ahí el siguiente paso consiste en asistir a festivales de música -otro de los fenómenos a estudiar por su multiplicidad en tiempo récord- y, a lo que parece ya inevitable: las páginas de estilo callejero de revistas y sites en los que reconocer qué llevan puesto los artistas y, por supuesto, sus más fervientes groupies.

Groupies como Edie Sedgwick o su heredera Kate Moss. Kate siempre demostró -desde su aparición a comienzos de los 90- una querencia inusual por el lado salvaje del rock, pero no fue hasta la década en la que cumplió los 30 cuando llegó el momento de máximo apogeo en la relación de Kate con la música. Su noviazgo con el líder de The Libertines, Pete Doherty, dejó las portadas de tabloide más estilosas que se hayan podido disfrutar en el Reino Unido.

Por un lado estaba una modelo en la cumbre de su carrera con contratos con las empresas más importantes de hace una década; por el otro estaba Doherty, chico malo del rock con problemas de adicciones y un gusto exquisito por los guardapolvos y los pork pies. Sus fiestas y apariciones en público coincidieron con la proliferación del street style y no había pareja que no quisiera ser (y vestir) como ellos. Con la llegada del Cokate, aquel incidente en el que Kate Moss se lo pasaba demasiado bien en una fiesta para los estándares de moralidad inglesa, la relación y una de las parejas más estilosas del binomio rock y moda llegó a su fin.

Pero Kate Moss siguió vinculada con la música: lo mismo se subía a cantar con Primal Scream que hacía un lap dance en un videoclip de The White Stripes. Incluso terminó por casarse con Jamie Hince, guitarrista y cabeza pensante de The Kills. Por supuesto, la elección de estas bandas no era algo baladí y la asociación sólo se producía con las formaciones más cool según las publicaciones de tendencias, otro de los fenómenos que podríamos asociar a toda esta fiebre por la música y el estilo que también acompañó a los festivales de música estivales.

La supermodelo holandesa Lara Stone tampoco escogía a las grupos con los que colaboraba al azar. Ahora madre, la modelo que revolucionó el panorama mientras corrían los años de excesos allá por 2006 también se ennoviaba con una de las presencias más underground del Londres de aquella época, David Walliams. Gracias a él, sus curvas espectaculares, un diastema nada desdeñable y sus cejas casi inexistentes convertían a Stone en el icono que necesitaba el boom de la indietrónica y el electrorock. Las bandas que empezaban a trastear con sintetizadores la querían y en 2012 protagonizaría uno de los clips más comentados de aquel año, el de Day and Night de Hot Chip.

Y como siempre suele ocurrir con las corrientes culturales habituales, ya sea el cine, la música o la literatura, el noviazgo entre la moda y las canciones se hizo mayor y mucho más vicioso, alcanzando a las grandes estrellas del pop más comercial y consiguiendo así una repercusión inaudita para algunas casas de moda. 

Lady Gaga firmaba con Versace y le dedicaba una canción a su directora creativa, Kanye West desfilaba en la Semana de la Moda de París, Madonna se atrevía con un top less a apenas unos segundos de anunciar que también era imagen de la firma de la medusa, Beyoncé anunciaba lanzamientos con Topshop, Christina Aguilera se animaba a diseñar para una cadena de supermercados estadounidenses, Gisele Bündchen cantaba a Blondie para H&M, Rihanna era anunciada como directora creativa de Puma, Riccardo Tiscci aparecía de la mano de Ciara en cualquier fiesta en su honor y así hasta el infinito en toda suerte de combinaciones entre músicos, cantantes, diseñadores o maniquíes.

Si la revolución musical de la moda se fraguó en un sótano de Williamsburg o Dalston, ahora parece que ya es algo imparable que no se va a frenar y que tiene vistos de llegar hasta el Madison Square Garden si hace falta. Un matrimonio de lo más sólido que alcanza estos días su etapa de madurez.

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Texto Alberto Sisí Sánchez

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