madrid, te odio (pero no puedo vivir sin ti)

Para bien o para mal, en Madrid siempre está cambiando algo.

por Alberto Sisí
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05 Octubre 2015, 11:00am

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Bajo ninguna circunstancia este texto pretende enfrentar a las dos ciudades más importantes de España. Esto no es un "Madrid es mejor que Barcelona" o "a Barcelona le falta esto para ser Madrid". Si hablo de Madrid es porque es el lugar en el que he vivido la mayor parte de mi vida bajo libre elección, aunque a ratos lo único que me salgan sean improperios a la hora de hablar de la ciudad.

Y es que muy poca gente te dirá que todo es perfecto en Madrid. No te lo dirán, sobre todo, si tienen entre 20 y 30 años y andan dependiendo de ayudas externas para llegar al final de mes y se dedican a profesiones liberales. Por liberales no entendemos aquellas que se recompensan con una jugosa nómina a final de mes: hablamos de aquellas que son vocacionales y que todos sabíamos que no nos harían demasiado fácil el camino a la edad adulta, pero de las que andamos perdidamente enamorados.

Imagen vía @denyspivtorak

En Madrid hay miles de periodistas, fotógrafos, diseñadores gráficos, agitadores nocturnos, comisarios artísticos y muchos otros que desean convertirse, precisamente, en cualquiera de esas cosas. El mayor problema de la capital es que es cara. Encontrar un piso es complicado, aunque sin llegar al nivel de ciudades como Londres, Nueva York o París, en las que la búsqueda de una vivienda es un auténtico drama.

En Madrid hay barrios y distritos en los que el alquiler es más que asequible, pero no están cerca del centro. Si quieres enterarte de todo lo que pasa y no estar pendiente del último metro o no dejarte un dineral en tarjetas de transporte o en taxis entre semana, tendrás que conformarte con los barrios que quedan dentro de la M-30.

Yo no tengo familia ni deseos de formarla y, por lo tanto, entiendo que la solución habitacional será diferente a la de una formada por una pareja y tres críos. Tampoco creo que a ellos les apetezca levantarse un sábado en los alrededores de Antón Martín para bajar al Retiro a jugar rodeados de inmundicia, porque ese es otro de los problemas.

Imagen vía @hach.e

Madrid está muy sucia. Años y más años de nefasta gestión municipal han hecho que los contratos con las empresas encargadas de la limpieza se conviertan en auténticos rompecabezas con una solución todavía lejana. Mientras tanto, la ciudad sigue creciendo, y los servicios básicos mermados hacen que sea complicadísimo mantener unos estándares de limpieza propios de una capital europea.

Puede que eso sea también parte del atractivo de Madrid. Frente al orden de otras ciudades españolas, el centro de Madrid es una herencia medieval de callejuelas y recovecos que resultan muy difíciiles de mantener. En Madrid, en el centro, se sale a fumar de los bares a una acera de apenas medio metro.

Frente a los cascos históricos faltos de coches, tienes que tener cuidado con no morir atropellado por una moto, un coche o incluso por esas bicicletas eléctricas que están tan de moda. Además, tendrás que bregar con los vecinos que quieren pasar con su carrito y su bebé o con esa señora que se niega a dejar su casa de toda la vida aunque viva en un quinto sin ascensor. Siempre estarás en medio.

Imagen vía @lauraput

El área metropolitana de la ciudad (sin contar las afueras) se acerca peligrosamente a los cuatro millones de habitantes. Eso, en una ciudad no demasiado extensa, es demasiada gente. Por tanto, las imágenes de informativos en los que la calle Preciados se convierte en un hormiguero en las vísperas de la Navidad son ya una realidad que se ha extendido a todos los fines de semana. Madrid siempre estará llena de gentes y, además, contra todo pronóstico, también es foco de turistas (evitables, eso sí) por lo que la marabunta es algo a lo que nos enfrentamos todos los días.

Madrid es horrible, una ciudad que nos quita años de vida, contaminada, sucia, cara, complicada y completamente desbordada, pero es una ciudad maravillosa. Sí, lo más sencillo de esta ciudad es hacer amigos. Aunque yo sea oriundo de la capital el dicho que cuenta que en Madrid no hay nadie que sea de Madrid es totalmente cierto. Cierto y de lo más enriquecedor.

En mi grupos de amigo no llegan a un diez por ciento las personas nacidas en el mismo sitio que yo, pero eso no es óbice para que las alianzas entre andaluces y vascos emigrados al centro de la Península no sean fuertes y eternas. Personas que jamás hubieras pensado que se podrían relacionar entre ellas tienen que llegar a Madrid para encontrarse y volverse inseparables.

Culpa de esto es que, a pesar de prácticas que han terminado con todas las plazas y lugares de encuentro público a lo largo de los años, la ciudad es perfecta para socializar. Antes de que todo el mundo caminara mirando la pantalla de sus móviles buscando al amor de su vida en Tinder la gente se enamoraba en los bares. Ahora la gente continúa llenando esos lugares de esparcimiento aunque la esperanza de encontrar el amor, aunque sea el de una noche, cada vez es menor.

En Madrid hay un bar cada pocos metros y es perfecto para cada tipo de persona. Eso sí: si hay algo que desaparece a pasos agigantados y antes era de lo más concurrido son los bares de toda la vida. Los dueños, ancianos en su mayoría, se despiden de los habituales y se van a un retiro dorado construido a base de precios imbatibles y jóvenes que no podían pagar mucho más.

Abren nuevos sitios aunque cada vez más parecidos los unos a los otros. Los que siempre apostaron por la vida de Madrid siguen intentando levantar negocios para reunir a la gente que siempre ha estado junta, pero la amenaza de la franquicia de textura correosa y precios falsamente baratos se cierne sobre ellos. Al cierre de estos bares se suma también el de las salas de conciertos, tras abusivas prácticas de aforo y otros problemas de índole legal. 

Ahora, parece que Madrid tiene una escena musical que ya no tiene nada que envidiar al resto de ciudades europeas. Durante diez años me perdí a grupos que sí paraban en Barcelona pero ni locas lo hacían en Madrid. Ahora, por arte de birlibirloque y una triada de promotores que se dejan el dinero y las ganas, son prácticamente todos los grupos de música que interesan los que pasan por Madrid (hasta en formato festival).

Imagen vía @dcodefest

Quizá a las nuevas generaciones les parezca que en Madrid no pasan cosas, pero siempre está cambiando algo. Y esto lo dice alguien que se inició en la movida nocturna y los conciertos cuando, de verdad, poquísimas bandas se atrevían a pisar la capital. Ahora hay fiestas que apuestan por sonidos diferentes, todos los tipos de electrónica encuentran lugar para su público, la temática gay se ha escindido en cinco o seis sub escenas diferentes y las posibilidades de pasar una noche para recordar se han multiplicado hasta haberse convertido en algo real y tangible.

Formar parte de una escena, algo que mucha gente de fuera viene buscando, es más sencillo de lo que parece. La segunda vez que te encuentres a alguien con quien hayas tenido una conversación banal en un aseo, se acordará de ti; a la tercera te estará invitando a su nueva fiesta en un garito pintón. O lo podrás ver en alguna de las propuestas diurnas y al aire libre que se multiplican por semanas. Desde la incursión del Matadero como hub cultural y lúdico de la ciudad los de Madrid hemos aprendido que también se puede alternar a la luz del día y otros muchos enclaves han seguido el ejemplo.

Madrid quema, enerva y es capaz de volverte loco en muy poco tiempo (mucha gente se ha marchado para no volver), pero también es una ciudad que te atrapa. De muy en poco en muy poco aparece esa urgencia de salir corriendo y pasar unos días en una megápolis de verdad, y no en este proyecto de, o retirarse en la montaña. Pero después vuelves a poner un pie en el aeropuerto, ese mastodonte destartalado, y vuelves a sentir que todo está en su sitio. Muchos se fueron para no volver, sí, pero parece que muchos otros nos quedaremos para no marcharnos. A pesar de todo.

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Texto Alberto Sisí Sánchez
Imagen de 'Asfalto'

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