imágenes que capturan la belleza del 'cruising' de los 70

El artista Miguel Ángel Rojas nos habla de sus 50 años de trayectoria y de la historia de las subculturas 'queer'.

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nov. 16 2016, 11:20am

Miguel Ángel Rojas recibió su primera cámara a los siete años, regalo de su primera comunión. Pero no fue hasta la década de 1960, cuando redescubrió la cámara vintage Kodak 1A de su padre, cuando comenzó a experimentar con el autorretrato. "Sentí un momento de intensa creación, fue muy emotivo", recuerda el artista desde su estudio de Chapinero, al noreste de Bogotá. "No he sido capaz de hacer algo así de nuevo", dice.

Unos años más tarde, los amigos de Rojas le mostraron los sitios de cruising gay de Bogotá. Eran en su mayoría salas de cine decadentes con grandes espacios oscuros y entradas cutres. "Era una subcultura de la vergüenza, no había sentido del orgullo", nos explica el artista de setenta años acerca de aquella época, "Eran los únicos lugares donde, en secreto, podías tener ese tipo de relaciones, incluyendo sexo. Era un auténtico crisol, se veía claramente que algunos de aquellos chicos se habían dejado caer por ahí en un descanso del trabajo".

El teatro Faenza, un cine de estilo art nouveau situado en el centro de Bogotá, era el sitio más popular de cruising gay. Inspirado por su arquitectura y su compleja función social, Rojas empezó a documentar en secreto sus visitas al teatro en 1973. Durante dos años, el artista colombiano produjo cientos de imágenes espectrales, combinando un cierto sentido de antropología urbana con un voyeurismo poético. "Hice una primera serie fotografiando el pene de un tío a través de un glory hole. ¡Él no sabía que yo llevaba una cámara!", dice Miguel Ángel. "Las fotos son muy oscuras y desenfocadas, pero la sensación de misterio las hace más bellas".

Visitar los espacios queer en la conservadora Colombia de principios de los setenta era un juego arriesgado, y fotografiarlos lo era aún más. "Eran lugares peligrosos", recuerda Miguel Ángel, "la gente tenía más miedo de la policía que de cualquier otra cosa, los chantajes eran muy frecuentes". Solía ajustar el foco dentro de un maletín, calculando la distancia de sus objetivos, y después colocaba cuidadosamente la cámara ―envuelta en una tela oscura― en el reposabrazos de un asiento, antes de hacer una foto. "Todo era muy al azar debido a la luz y la distancia, pero finalmente las figuras y los cuerpos empezaron a aparecer en las fotos. Era realmente bonito".

Poco después de la serie de Faenza, Miguel Ángel se interesó por el edificio que estaba frente a su antiguo estudio, en un barrio obrero del centro de Bogotá. "Era una casa abandonada, hogar de trabajadores sexuales y de una comunidad trans, con una tienda en la planta baja", recuerda el artista.

Utilizando un enfoque similar al de sus imágenes de los cines ―aunque esta vez en color y con zoom―, Miguel Ángel fotografió la casa durante un año, retratando la poética narrativa de los diversos protagonistas y sus encuentros. "Había un chico muy guapo que se travestía por la noche. En una foto puede vérsele coqueteando con otro chico mientras las prostitutas situadas al fondo le lanzan una mirada de complicidad", explica el artista, mientras va pasando las fotos en su móvil. "En otra vemos a estos dos chicos, de piel más oscura, que parece que acaben de llegar del campo. Están mirando a un hombre blanco que va de traje y ahí se puede sentir la tensión social hacia 'el otro'".

La serie, titulada La Esquina Rosada, pudo verse por primera vez en una exposición inaugurada este mes en ARTBO, la feria más importante de arte contemporáneo de Colombia. Fue uno de los puntos centrales de la sección Referentes, comisionada por Pablo León de la Barra y Erika Flórez y centrada en prácticas ignoradas e históricas. 

Pero las fotografías de Miguel Ángel no siempre recibieron atención por parte de las galerías: "¡Solía regalárselas a mis amigos en sus cumpleaños, porque no tenía para comprarles regalos!", se ríe el artista, que ahora tiene una multitud de ayudantes trabajando para él. "Fue hace solo unos años que un coleccionista de fotografía vintage se interesó por estas series y me compró algunas por un precio que no podía creer". Desde entonces, han estado en importantes eventos artísticos como la Bienal de Arte de São Paulo, donde fueron expuestas junto a obras de Nan Goldin y Miguel Rio Branco.

Miguel Ángel -que también trabaja con esculturas, vídeo e instalaciones- tuvo éxitos anteriores con otras obras. Su imagen David, fotografiada en 2007, retrata a un hombre joven posando desnudo, como la obra maestra renacentista del mismo nombre. "Cuando le pedí que posara como el David me preguntó '¿qué David?'", recuerda el artista, "¡No tenía ni idea de qué le estaba hablando!". La mirada del espectador se ve directamente atraída hacia la pierna mutilada del atractivo modelo ―mutilada a causa de una mina―, creando así una compleja visión sobre la guerra y la cultura de la desigualdad en Colombia.

Tras encontrarse con un monumento de estilo griego mal diseñado y casi caricaturesco al norte de Bogotá, el artista empezó a pensar en la falta de educación que hay en su país y en cómo esta afecta nuestra concepción de patrimonio cultural. Fue entonces cuando decidió contratar a un ex soldado ―que había conocido en un hospital militar― para que colaborara con él en un proyecto fotográfico que explorara la relación entre la transmisión de conocimientos y el clima político del país. "El problema de Colombia es la educación", afirma Miguel Ángel. "Él se convirtió en soldado porque no tenía educación, a pesar de ser blanco y de herencia europea, mientras que yo soy de origen indígena. Las diferencias aquí son culturales, por eso las clases bajas no pueden ascender, por la falta de educación".

En cuanto la fuerte lluvia se detiene de forma repentina en el exterior y el brillo del sol entra por las ventanas del estudio, el artista pide alegremente a uno de sus asistentes que le traiga un sombrero. "Tenemos que llevar a cabo las negociaciones", me dice con una sonrisa, refiriéndose al reciente fracaso del acuerdo de paz de Colombia con las FARC. "Debemos proporcionar un espacio democrático para los partidos de izquierda y permitir que haya tolerancia mutua; pero las cosas en este país no cambiarán hasta que no cambiemos nuestra política con respecto a las drogas", continúa el artista, cuyo trabajo con frecuencia aborda el tema del tráfico ilegal de drogas. "Es un problema mundial, en el que Colombia está atrapada como una víctima con respecto a la posición de los países consumidores. Es preciso que Estados Unidos legalice las drogas y así otras naciones le seguirán. Solo con la legalización podemos controlar, prevenir y educar".

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Texto Benoit Loiseau
Fotos cortesía de Miguel Ángel Rojas