Maison Margiela Haute Couture automne/hiver 2017,
Marques'Almeida automne/hiver 2016, Balenciaga automne/hiver 2017

la vuelta de la moda 'dosmilera' nos salvará a todos

Desempolva tus zapatillas brillantes y tus gafas de sol futuristas. Estos inhóspitos tiempos políticos necesitan un poco de optimismo retro-futurista.

por Aleks Eror; traducido por Eva Cañada
|
06 Septiembre 2017, 7:50am

Maison Margiela Haute Couture automne/hiver 2017,
Marques'Almeida automne/hiver 2016, Balenciaga automne/hiver 2017

Este artículo apareció originalmente en i-D UK.

2016 fue el año en que todos nos volvimos completamente conscientes del inherente caos del universo. Pese a estar armados con educaciones de prestigio, profundos conocimientos y toda la experiencia profesional del mundo, quienes se suponía que tenían todas las respuestas se equivocaron de pleno.

Predecir el futuro en tiempos tan inciertos es en el mejor de los casos una estupidez y en el peor un acto de arrogancia, pero afortunadamente existen unas cuantas obviedades reconfortantes en las que podemos confiar: del mismo modo que el amanecer llega tras la noche y el verano se convierte en otoño, el ciclo de la moda siempre regresa al pasado. Y ahora que la industria de la moda ha apurado la nostalgia por los 90 hasta la última gota, el año 2000 está listo para un revival.

Los signos llevan casi un año ahí. El invierno pasado estuvo dominado por las chaquetas acolchadas, una tendencia que parece que va a continuar conforme la escarcha empieza a morder los tobillos de 2017, a juzgar por la revelada chaqueta acolchada plateada de Supreme, que parece como recién arrancada de los hombros de los Bomfunk MC's.

Las gafas a lo Matrix también han sido un detalle recurrente sobre las pasarelas en la colección otoño/invierno '17 de Balenciaga y en rostros tan variados como el de los cool kids de Georgia y el de Marc Goering, editor de moda de 032c. La Air Max 97, una obra maestra futurista del año 2000, fue relanzada hace poco con motivo del 20º aniversario de su introducción al mercado, mientras que la Nike TN, otro icono del inicio del nuevo milenio, ha resurgido recientemente.

Siempre resulta extraño ver el estilo del pasado revivir en el presente, pero la moda del año 2000 parece especialmente fuera de lugar en nuestro contexto moderno, porque fue producto de un conjunto muy diferente de circunstancias históricas, en concreto un entusiasmo por el futuro que ahora parece excesivamente ingenuo, después de los grandes acontecimientos políticos de 2016 y 2017.

The Institute for Y2K Aesthetics —un nostálgico Tumblr dedicado a documentar el lenguaje visual de ese período— lo describe como "un momento en que el futuro significaba pantalones de cuero ajustados, sombra de ojos plateada, ropa brillante, degradados de color y aparatos electrónicos amorfos".

Era una época optimista, la imparable marcha hacia una democracia liberal universal caminaba con paso firme, la tecnología ofrecía la promesa de un futuro más fácil y la gente estaba ansiosa por abandonar un siglo manchado por dos Guerras Mundiales, múltiples genocidios y la omnipresente amenaza de un holocausto nuclear, para adentrarse en lo que prometía ser un brillante nuevo milenio.

El año 2000 estaba al alcance de la mano y, aunque los coches voladores todavía eran un campo perteneciente exclusivamente a las películas de ciencia-ficción, la gente intentaba representar una visión del futuro propia de mediados del siglo XX vistiendo como si ya lo tuviéramos encima.

El futurismo siempre acaba pareciendo irrisorio cuando se mira en retrospectiva, pero hay algo inherentemente progresista en intentar predecir el futuro y el hecho de que fuera un tema tan predominante en aquella época nos demuestra la osada esperanza con que se vivía entonces.

Por supuesto, todo aquello se frenó en seco el 11 de septiembre de 2001, cuando el sonido de dos aviones estrellándose contra el World Trade Center nos sacó violentamente de nuestra ensoñación.

Aquel, de muchas formas distintas, fue el momento en que "el futuro" ―o más bien nuestro nuevo presente― llegó de verdad. Desde entonces todo ha ido cuesta abajo: Afganistán, la segunda Guerra del Golfo, la recesión económica, el Brexit, Trump...

La tierra prometida que en la imaginación colectiva era siglo XXI nunca se materializó. La tecnología, en lugar de ser una fuerza liberadora como los utópicos tecnológicos profetizaron una vez, acabó en realidad siendo bastante opresiva: se ha demostrado que Instagram causa estragos en nuestra salud mental, las revelaciones de Snowden mostraron que Facebook es una pesadilla Orwelliana y nuestros smartphones son básicamente dispositivos de rastreo.

Mientras nos angustiamos por el acceso de Donald Trump a los códigos nucleares, Teléfono rojo parece una película más profética que satírica. De este modo, en lugar de manifestar el futuro nos acobardamos y nos escondemos por miedo a él, aterrorizados por la idea de que la inteligencia artificial hará que nuestras carreras parezcan obsoletas y que el creciente nivel del mar finalmente ahogará nuestras débiles esperanzas de tener una propiedad en la Zona 2.

Estas pesimistas circunstancias se reflejan en la filosofía actual: la ironía, el tono predominante de nuestros tiempos, es reaccionaria de una forma innata. Tal y como observa este artículo del New York Times, "No se puede idear ningún ataque contra ella porque ya se ha conquistado a sí misma. El contexto irónico funciona como escudo frente a la crítica... La ironía es la autodefensa definitiva, porque permite a la persona eludir la responsabilidad sobre sus decisiones, su estética y todo lo demás". Por el contrario, el año 2000 era fundamentalmente inocente, porque cualquiera que intenta predecir el futuro se expone al ridículo en caso de equivocarse.

La moda fea, tan en boga estos días, también es una forma de reacción, porque en lugar de intentar trascender los estándares predominantes de belleza, se opone a ellos. Va a contracorriente para enmascarar un derrotismo interno muy característico de nuestros tiempos: al enfrentarnos a un futuro tan aterrador e incierto, una de las pocas cosas que sí sabemos es que seremos la primera generación desde la Segunda Guerra Mundial en ser más pobres que nuestros padres.

No solo parece que todas las probabilidades están en nuestra contra, sino que parece que el juego está amañado. Resistir al pesimismo en tales circunstancias es casi imposible, de modo que no debería sorprendernos que nuestra filosofía actual no sea precisamente chispeante y esté llena de positividad.

Puede que la moda del año 2000 choque con el presente, pero eso es precisamente lo que hace que su resurgimiento sea tan apropiado: con un panorama sociopolítico tan sombrío, necesitamos desesperadamente una vía de escape. Parodiar el cambio de milenio y el despreocupado optimismo que encarnaba es un juego reconfortante en una época en la que parece mucho más difícil avanzar que mirar atrás y preferimos no establecer contacto visual con el aquí y el ahora.

Tagged:
Features
Nostalgia
Y2K
Μόδα
Destacados