Explorando los 'feeder bars' del underground de Osaka

¿Una celebración de la vida y la forma femenina o un acto de explotación difícil de digerir? El artista de performance Scottee, no es un extraño al explotar su peso con humor e investiga la más nueva obsesión dominante en Japón para i-D.

por i-D Team
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24 Febrero 2015, 6:35pm

No es la primera vez que uso mi obesidad con el fin de entretener al personal. He creado espectáculos para personas "rellenitas", documentales en la radio sobre obesidad y he realizado actuaciones en directo cuyo único punto de unión es la comida, así que cuando me dijeron que había un grupo de chicas con sobrepeso en Japón que usan sus curvas para ganar un yen o dos extra, supe que era mi deber visitarlas.

Potcha Potcha es uno de los 12.000 clubs de huéspedes [host bar] en Osaka, la segunda ciudad más grande de Japón. Los clubs de huéspedes permiten al cliente tener una conversación con alguien que encuentre atractiva; esto por un precio, claro. Estos bares son parte normal de la cultura japonesa que capitaliza la interacción humana en una sociedad aislada y restrictiva. ¿Qué hace a La Potcha especial? Bueno, todas sus anfitrionas pesan más de 80 kg. Al entrar en el corredor rosa apenas iluminado, el guía, vestido con lentejuelas, me informa: "Quizá no te dejen entrar, ¿eres gaijin?" Esta es la expresión despectiva que usan los japoneses para referirse a los occidentales. Intercambió palabras con el portero y nos escoltaron dentro. "Les dije que eres una estrella de pop internacional", me dice mi guía.

Dos chicas robustas llegaron hasta nuestra mesa: usaban mecheros laminados que nos informaban de su comida favorita y de su peso actual. Nos proporcionaron sus tarjetas de visita con ambas manos -lo normal en Japón, vamos-. Después de algunos cumplidos y chistes, nos preguntaron qué queríamos beber, y les contestamos a la gallega: "¿Qué queréis de beber vosotras?".

Se miraron extrañadas, pero no dudaron en pedir una jarra de vino. Nosotros pedimos comida y nos recomendaron la "torre de pollo". Algunas chicas usaban constantemente frases en inglés como "I'm fat" [estoy gorda] o "I'm hungry" [tengo hambre], así que al final a uno le dejan un poco indiferente. Gangman Style interrumpió abruptamente nuestra extraña interacción: entonces las chicas se levantaron y empezaron a hacer la coreografía durante unos 10 segundos; acto seguido se sentaron de nuevo y siguieron hablando de lo bonito que era mi vestido como si nada hubiera ocurrido. Un sueño hecho realidad. 

Akiyama tiene 19 años y adora la tortilla y el J-Pop. Le pagan 2.000 yenes (15€) por hora por ser chica potcha. No es un mal trabajo si logras conseguirlo. En ese momento coge el micrófono del karaoke y cantamos juntos el hit de la cantante Kyary, PonPonPon. Una torre de pollo frito, bolas de arroz y patatas fritas se acerca hasta nuestra mesa. De pronto, tenemos a nuestro alrededor a cuatro chicas gordas que evidentemente tienen hambre, algo que queda claro después de verlas pelear por un trozo de pollo. Así es el nuevo mundo.

Akiyama me mira con ojos de cachorro triste y mi guía me dice: "Te está queriendo decir que tiene hambre y quiere arroz, que si puede comer un poco". Las otras chicas desmantelaron la torre de pollo y empezaron a comérselo de manera provocadora.

Tras de media hora en La Potcha, el portero que estaba de pie a menos de cinco metros de nuestra mesa anuncia por el micrófono que ha llegado el momento de que las chicas abandonen las mesas. Maeda (de 32 años y 86 kg.) coloca discretamente la cuenta en las manos de nuestro guía: nos estaban pidiendo que pagáramos por la diversión que habíamos tenido hasta ese momento. Nuestro guía paga en efectivo para que podamos quedarnos más tiempo. De repente, la diversión y simpatía de las chicas se convirtió en una especie de transacción formal.

Llegaron chicas nuevas a la mesa y cada una de ellas se sentó, nos dio su tarjeta de visita y esperó a que le ofreciéramos comida y bebida. A estas alturas ya estábamos empezando a acostumbrarnos al juego. Una vez que las bebidas llegaron, la conversación comenzó de nuevo. La cerveza de mi vaso llegó a la mitad y las chicas preguntaron al unísono: "¿Más cerveza?".

Acto seguido las chicas corrieron al backstage y el portero gritó "¡Hora del show!". Somos las únicas personas en el bar, así que sabemos que esto va a ser digno -y algo raro- de ver. Lo que nos esperaba era su actuación estrella: Potcha Potcha. Nuestros platos se cayeron de la mesa como resultado. En este punto me sentí un poco incómodo: al principio pensé que este iba a ser un divertido palacio de la obesidad, pero después comencé a sentirme como si estuviéramos allí para reírnos de ellas...

Después de rechazar más bebida, estaba claro que tendíamos que irnos pronto. Nos trajeron la cuenta y nos escoltaron a una zona de espera adornada con frascos de M&Ms. Ya no estábamos pagando, así que nuestro tiempo en el bar había terminado oficialmente. Mientras caminamos fuera de esta casa de cerdos temática reflexioné sobre la última hora de nuestra experiencia. ¿Habíamos explotado a esas mujeres? ¿Mi sentimiento de culpa era solo producto de mi etnocentrismo cultural?

Sea como sea, cuanto más pienso en mi experiencia en Potcha Potcha, más pienso en que es una genialidad: pone a las chicas gordas en primer plano en un mundo donde los gordos son considerados como el enemigo. Les permite sentir el afecto que rara vez aparece en su vida diaria, y este fetiche les permite ganarse la vida. Además, impone espléndidamente la cultura obesa en Osaka, algo con lo que estoy totalmente de acuerdo. En este sentido es involuntariamente subversivo y es lo que a los académicos llamarían queer.

De todos modos, ¿quién soy yo para criticar a las chicas Potcha? He usado muchas veces mi obesidad con el propósito de entretener y disfrazarlo libremente como arte. No soy mejor ni peor, ¡pero estoy feliz de que hayan pensado que soy una estrella de pop!

scottee.co.uk

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Texto y fotografía Scottee

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