Envejecer en un mundo muticolor

Tratar de resumir la vida de Molly Parkin en unas pocas líneas es algo imposible. Es artista, todo un icono de estilo y ahora la nueva integrante de la iniciativa 'Bright Old Things' de los grandes almacenes Selfridges.

por i-D Team
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19 Febrero 2015, 11:25am

Molly Parkin solo hay una en todo el mundo. Es medio gitana y medio bruja -o eso es lo que dicen sus vecinos cuando miran su jardín de bambú-. Su vida es como una gran gama cromática: desde su obra (compuesta por unos lienzos enormes pintados de óleo rojo, verde intenso y amarillo flúor) hasta su extravagante casa y su forma de ver la moda. Tengamos en cuenta que hablamos de una mujer que ha llevado la vida más bohemia y exótica que uno se pueda imaginar: ha visto amanecer desde los Montes Sagrados, ha vivido en Nueva York con infinidad de artistas y poetas, ha sido editora del Sunday Times e incluso ha tenido un affaire con el músico de jazz Louis Armstrong.

Sin embargo, no todo ha sido un camino de rosas para ella. Tras separarse de su marido por una infidelidad, Molly abandonó el arte para darse a la bebida. La moda tampoco la ayudó mucho a superar su enfermedad -todos sabemos lo fácil que es conseguir una copa de champán en los eventos- y a partir de ahí su descontento con la industria no hizo más que ir en aumento. A día de hoy, con 83 años -y 28 sin probar una gota de alcohol- no le pueden ir mejor las cosas. Ha vuelto a pintar y los grandes almacenes Selfridges en Londres la han invitado a formar parte de Bright Old Things: una campaña que pretende mostrarnos a todas aquellas personas que envejecen con gracia y le dan una segunda oportunidad a la vida.

Cuéntanos un poco más de ti. ¿Dónde te criaste?
Soy medio gitana y vengo de una familia de profesores, predicadores y mineros: una comunidad muy variopinta, la verdad. Tuve una infancia muy feliz en Gales pero la temporada en la que nos trasladamos a la periferia de Londres fue horrorosa: me prometí a mí misma que en el futuro jamás viviría en un lugar tan horrible. La época que recuerdo con más cariño fue cuando viví con mi segundo marido -el pintor Patrick Hughes- en el Hotel Chelsea de Nueva York. Después pasé unos ocho o diez años con los artistas Patrick Herron y Terry Frost -que eran nuestros mejores amigos-. Siempre he optado por vivir en lugares poco comunes.

¿Cuándo empezaste a pintar y qué te llevó a convertirlo en tu forma de expresión artística?
Empecé con dos, tres o cuatro años. Me encantaba dibujar, pintar y colorear con ceras. Siempre era la mejor en clase de arte y de inglés -sobre todo cuando había que escribir historias cortas-. Cuando me tocó escoger carrera lo decidí a cara o cruz: o me iba a la escuela de arte o empezaba filología y me hacía escritora.

Tenías todas las papeletas para convertirte en una artista de éxito. ¿Por qué lo dejaste?
Mi primer marido me fue infiel y cuando me enteré me quedé tan traumatizada que entré en un bloqueo creativo que duró 25 años.

¿Y cómo fue la transición de pasarte del arte a la moda?
Fue por casualidad. Era amiga de Barbara Hulanicki -que acababa de abrir Biba, la mítica tienda de moda en Londres- y me dijo que la ayudara, así que empecé a diseñar sombreros para ella. Además también iba a muchas fiestas donde había mucha gente de la industria y yo vestía de una forma bastante particular. Me ofrecieron ser editora de moda en Nova y acepté el reto. No quería pero necesitaba el dinero: acababa de echar a mi marido de casa y estaba sola a cargo de mis hijos. De Nova pasé a Harper's -donde no estaba especialmente cómoda porque teníamos puntos de vista políticos muy diferentes- y de ahí al Sunday Times. Me odiaban en todas las revistas porque mis editoriales eran demasiado originales para la época.

¿Por qué dejaste el Sunday Times?
Porque estaba cansada de escribir sobre moda. Nunca fui feliz siendo editora: la moda no es un mundo que acabe de aprobar del todo o con el que disfruto especialmente. Lo único que quería por aquel entonces era estar en casa con mi segundo marido -el pintor Patrick Hughes- así que empecé a escribir novelas. Escribí varias novelas eróticas y fueron todo un éxito a nivel mundial.

¿Qué te incomodaba exactamente del mundo de la moda?
Yo estaba todo el día rodeada de poetas y pintores. La moda era algo frío y cruel: cada año se "desechaban" jóvenes adorables porque ya no eran la sensación del momento. Además es una industria que mueve mucho dinero y en aquel momento me resultaba extraño: los pintores trabajaban por amor al arte y si necesitabas dinero, te hacías camarero.

¿Cómo volviste al mundo del arte?
Me volví una asidua a las fiestas -y ya sabéis que en esos ambientes hay alcohol por todas partes- así que acabé en Alcohólicos Anónimos. Después de 4 meses en rehabilitación, me volvió la inspiración tras 25 años sin coger un pincel. Un día estaba paseando por Hyde Park y una señora mayor me dijo: "Podrías estar pintando los árboles y el atardecer en lugar de estar haciendo la vaga" y pensé "¡Oh, no! eso está demasiado visto…". Pero la señora insistió y me preguntó que si tenía un lápiz en el bolso y acabé haciendo esbozos hasta que se fue el sol. Antes de irse me dijo: "Mañana ve a la tienda y cómprate unas acuarelas y una bloc de dibujo", pero yo era más de óleos y grandes lienzos, a lo que me respondió con un "hay que empezar por los cimientos". De esto hace ya 28 años.

¿De dónde sacas la inspiración?
Paso mucho tiempo en el jardín así que muchas de mis pinturas están llenas de hojas: los árboles me parecen de lo más inspiradores. Vivo al lado del Támesis y muchos días me levanto al amanecer para ver cómo la luz se refleja en el agua. Las formas y los colores son mi razón de ser. Pinto todo lo que se me pasa por la cabeza. Por eso, cuando algo me deja huella, lo plasmo en el lienzo.

Tu uso del color y tu estilo son muy expresivos. ¿Por qué?
Viví en India durante mucho tiempo y me lo tomé como un entrenamiento espiritual. Me compré una casa cerca del Monte Sagrado. Yo misma me hago toda la ropa y mi amigo Andrew Logan me diseña los broches. Mi forma de entender la moda es una extensión de mi obra artística. Me inspira la propia vida y esa es la razón por la que ahora soy más productiva. He dejado a un lado muchas tonterías.

¿Cómo entraste a formar parte Bright Old Things?
El fotógrafo Ari Seth-Cohen me llamó un día que estaba en Nueva York y me preguntó si me podía hacer unas fotos. Le pregunté que cómo sabía quién era y me respondió: "Toda el mundo en Nueva York sabe quién eres, Molly". Entonces vino y me hizó las fotos. Quería que participase en su película pero por aquel entonces no podía trasladarme a Nueva York. Ya no tengo pasaporte aunque a lo largo de mi vida he escrito mucho sobre viajes y he estado hasta en el Ártico. Hace algo más de un año hizo una merienda en Selfridges con otras cuatro mujeres adorables y me pidió que presentara la conferencia. Antes hacía mucho trabajo de cara al público y cuando me vio tan desenvuelta me pidió que me uniera -junto a otras 13 mujeres- para esta campaña. Incluso me ofrecieron exponer en un escaparate de Oxford Street.

¿Dirías que tu trabajo en el escaparate refleja tu personalidad?
Vivo en un barrio de protección oficial y en el jardín de casa he plantado cientos de plantas de bambú. Las paredes son rosa fluorescente y los marcos de las ventanas y las puertas son de color turquesa. La gente se queda muy asombrada cuando viene a verme porque piensa que mi casa es una obra de arte en sí misma. Mis obras también están colgadas por la casa junto a algunas de mis prendas favoritas. Los chicos de Selfridges que me ayudaron con el escaparate: querían hacer una recreación de mi hogar para mostrar cómo es el estudio de una artista como yo.

¿Y qué opinas del resultado?
¡Me encanta! Me iría a vivir allí ahora mismo. De hecho, querían que formara parte del escaparate como parte de la escenografía.

Y por último, si pudieses darle un consejo a tu 'yo' de joven ¿qué le dirías?
Escucha a tu corazón. Sabes cómo eres y lo que te hace feliz, así que no le hagas caso a los demás.

selfridges.com

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Texto Tish Weinstock

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