una comparación entre diciembre de 1997 y diciembre de 2017

Fue un buen momento. Fue un mal momento. Fue un momento poblado de extraños calcetines con dedos, Aqua y grandes éxitos de los Teletubbies. Comparemos ese momento con el actual.

por Hanna Hanra; traducido por Eva Cañada
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28 Diciembre 2017, 10:09am

En 1997 yo era una pardilla de 16 años, el cielo era azul y el sol brillaba. La vida era optimista, aquellas enormes lámparas redondas de papel eran el no va más de la sofisticación, podías pasear tu música por ahí en tu discman, sujetándolo sobre la palma abierta, como una ofrenda a los grandes dioses de la cultura popular. Todo el mundo veía los mismos programas de televisión porque solo había cuatro canales, podías colarte en Glastonbury saltando la valla y podías fumar en todas partes. ¡Vaya tiempos! Hagamos un viaje por la carretera de los recuerdos y comparemos ese momento con el actual.

La música en 1997
En 1997, hacerse con el puesto número uno durante las Navidades era como tener las llaves del reino: era un momento en que las listas de éxitos lo gobernaban todo, un momento en que era tu deber como ciudadano adentrarte en los dominios iluminados con neón de Zoë Ball, el programa Top of the Pops, con su público en directo en el estudio extasiado ante cualquier artista de brit pop que tuviese a bien honrar el escenario con su presencia aquella noche. Averiguar quién era el número uno era una experiencia obligatoria para toda la familia. De modo que si tú, como artista popular, podías capturar el poder gastador de la población compradora de discos durante el período navideño y conseguías que tu álbum fuera número uno en Gran Bretaña el día de Navidad (un día en que la nación entera se apoltronaba en el sofá llevando sus calcetines con dedos y sus pantalones de pernera ancha), ¿no serías el músico más poderoso del país?

El single que llegó al número uno de las listas en la Navidad de 1997 fue "Eh-Oh", de los Teletubbies. Observémoslo desde un punto de vista crítico:

La estructura de la canción es simple, ingenua en el mejor de los casos. El sample de la canción "Baa-Baa Black Sheep" que suena en el puente está repleto de efectos. Como si se tratara de algo creado por un proto-Kanye en la guardería, el ritmo de la batería es azucarado y carente de ese toque audaz que más adelante un productor -The Chemical Brothers, Fatboy Slim u otro- podría haber añadido. El vídeo muestra a cuatro idiotas con sobrepeso que giran tambaleándose en torno a lo que parece ser un club nocturno a primera hora de la mañana, con una aspiradora de ojos saltones eyaculando natillas sobre ellos. He estado en un montón de clubs gais y, francamente, este me parece el más depravado de todos.

2017: Las listas oficiales de éxitos están oficialmente muertas. Echa la culpa a Spotify, que intentó arreglar la industria de la música pero en realidad la arruinó con sus complejos algoritmos, ofreciéndote todas las canciones que podrías haber imaginado querer escuchar. Y eso es fantástico, pero no deja exactamente espacio para que unas seres alienígenas capturen la imaginación del país, ¿no?

Moda
Estamos en 1997. Tengo 16 años. Me ha crecido el pecho y también las caderas y, en palabras de mi contemporánea Britney Jean Spears, ya no soy una niña, pero todavía no soy una mujer. La moda solo está disponible a través de las revistas: The Face (no la compraba muy a menudo porque las chicas del instituto decían que era una revista gay. Además, sinceramente, el estilismo era un poco extravagante para los gustos de mi ciudad natal), Cosmopolitan (demasiados consejos sexuales sobre cómo alcanzar el mejor orgasmo), Vogue (la ropa que mostraba era demasiado cara, pero copiar un artículo sobre Hussien Chalayan me consiguió un trabajo en una tienda de alta costura en 1998).

Echemos un vistazo a la moda que había en oferta:

En 1997 al parecer nadie tenía pechos o caderas. El heroin chic y el Gucci de Tom Ford todavía estaban dando sus últimos coletazos y no se veían más que figuras angulosas, huesos de cadera sobresalientes, ese logo cuadrado de G, brillo de labios negro y tejidos brillantes. Había muchos trajes y vestidos diminutos, suspendidos sobre estructuras corporales diminutas por tirantes diminutos.

Había apropiación cultural. La tecnología para crear brillantes tejidos holográficos acababa de sernos concedida por Dios Todopoderoso. La pista de baile de Bertie's, donde podías entrar con un carnet falso muy mal hecho y sin que te hicieran preguntas, parecía una ristra de resplandecientes muñecos gusiluz borrachos de Goldschlager. Había un montón de resplandeciente lúrex, un agradable contraste para la ingente cantidad de pana marrón que también había en oferta. Pana marrón y tops de resplandeciente lúrex holográfico.

Tú tenías que ir hasta la ropa, en lugar de hacer que ella llegara hasta ti. Los sábados se pasaban dando vueltas por estas tiendas para ver qué tenían en sus estantes:

Topshop: probadores comunitarios. Pantalones vaqueros que perdieron el color y la forma después de dos lavados. Morgan De Toi: nadie que no tuviera la talla 36 compraba ahí. Todo llevaba el logo de Morgan De Toi. Kookai: nadie que no llevar la talla 36 compraba ahí. Todo llevaba un corazoncito blanco. Warehouse: ahí podías comprar un traje por 38 euros. La chaqueta seguramente sería larga y de rayas marrones y los pantalones de campana y muy poco favorecedores. Miss Selfridge: prendas de resplandeciente lúrex holográfico. French Connection: camisetas en las que ponía FCUK. Karen Millen: elegante. Jigsaw: ropa como de señora mayor.

Si digamos, por ejemplo, que veías a una estrella del pop llevando algo que te gustara, tenías que esperar meses y meses con los ojos bien abiertos para encontrar algo similar, o pasar interminables horas rebuscando en tiendas de ropa de segunda mano para encontrar algo vagamente relacionado. No existía ASOS. No podías comprar las cosas inmediatamente después de que se mostraran sobre la pasarela. Tenías que currarte la moda y con bastante frecuencia la moda no te devolvía el favor.

La moda en 2017. Todo vale, ¿verdad? Entrando en Urban Outfitters, me digo a mí misma que yo tuve una vez todas y cada una de esas prendas y que, aquí y ahora, en 2017, no quiero un vestido brillante de lúrex con tirantes diminutos y un par de pantalones de pana marrones, muchas gracias.

La política en 1997. En 1997, Tony Blair nos salvó. Era el Jimi Hendrix de la política para nuestra generación, ahuyentó a los aburridos y viejos John y Norma Major del Número Diez y condujo al interior a su fantástica pequeña familia. Nos prometió educación, educación y educación. Nos dio a las Blair's Babes. Su mayoría de 179 escaños mostró que el electorado deseaba apartar de un manotazo a los cansados y viejos Tories. ¡Era el momento del Nuevo Partido Laborista! Era una época optimista, Gran Bretaña no estaba en guerra, devolvimos Hong Kong a China, Harry Potter se publicó por primera vez, Escocia votó para crear su propio parlamento, se estrenó Titanic... Y si no querías participar en nada de eso podías simplemente desconectar apagando la tele en el espacio de tiempo que había entre que acababa Neighbours y empezaban las noticias.

La política en 2017. Bueno, es complicado, ¿verdad? Tenemos un Primer Ministro al que no votamos, que ha formado una coalición muy cara que nadie deseaba con un partido cuyos miembros no conoce nadie, con inclinaciones de extrema derecha y que votó por la salida de Europa durante la campaña del Brexit. Así que, ¿quién sabe? Pero lo que sí sabemos es que los felices días en que molonas y accesibles estrellas del rock eran invitadas a tomar algo al Número Diez quedaron muy atrás, amigo mío. Muy, muy atrás.

El cine en 1997: 1997 fue un año decisivo para el cine. De-ci-si-vo. Tuvimos Titanic. Tuvimos El quinto elemento. Tuvimos Austin Powers, Men In Black, The Full Monty, El indomable Will Hunting, Mejor... imposible, Donnie Brasco, Mentiroso compulsivo, Persiguiendo a Amy, Un asesino algo especial, Romy y Michele, Boogie Nights, Una historia diferente, Jackie Brown. Tuvimos a Bean. Si no estabas metido en el cine todos los fines de semana, ¿dónde coño estabas?

El cine en 2017: Si no estás esperando la siguiente entrega de Austin Powers, a lo mejor es que no tienes sangre en las venas.