¿por qué nos gusta tanto salir de fiesta?

Exploramos por qué el ocio nocturno es (y siempre será) uno de los pilares fundamentales de nuestra vida.

|
jul. 8 2016, 8:15am

Imagen vía @kyliejenner

Salir de fiesta es algo que siempre se ha hecho y, con suerte, se seguirá haciendo toda la eternidad. Relacionarnos con nuestros semejantes es una necesidad inseparable del humano como ser social y las fiestas son un lugar idóneo para satisfacer esta faceta de nuestro obsesivo instinto de supervivencia. De hecho, si pensamos en una hipotética civilización en que la comunicación no fuera una necesidad básica —como comer o encontrar cobijo—, probablemente no habría siquiera un remoto indicio de sociedad o comunidad. Además, esto es el siglo XXI y la comunicación está que arde.

Lo que viene directamente de la mano de esta necesidad de comunicación es, y las palabras no se parecen por casualidad, una comunidad. Un lugar donde todos cooperen y cada uno tenga su papel y función. En este sentido, la fiesta sería un momento de reunión de esa comunidad en la que los integrantes, es decir, nosotros, sentimos un intenso sentimiento de pertenencia. 

Imagen vía @sophieday.nyc

Y es precisamente éso lo que buscamos en las fiestas: pertenecer a algún sitio. Dado que el mundo es tan confuso y teniendo en cuenta la cantidad de decepciones que nos podemos llevar mientras intentamos hacernos un hueco, pertenecer a un lugar donde todo son risas y bailes no está nada mal. Es más, resulta reconfortante e incluso necesario.

Quizá por este motivo, en las fiestas se da un fenómeno que podríamos denominar como "vulnerabilidad socialmente aceptada". Para ser francos, hay que decir que el alcohol tiene algo que ver con eso. Después de unas copas (en algunos casos, demasiadas) la gente pierde la vergüenza. Y sí, eso a veces da pena. Pero si lo enfocamos desde un punto de vista positivo, perder la vergüenza hace que digas y hagas lo que realmente quieres decir y hacer, sin ningún tapujo.

Imagen vía @clubmarabu

A veces puede acabar en un campo de batalla, pero por lo general lo que propicia son conversaciones intensas y sinceras sobre un tema que quizá llevaba tiempo pidiendo de salir. Son situaciones en las que la libre expresión manda y donde el miedo no tiene cabida. Salir de fiesta nos hace sentir como niños, representa un vacío de responsabilidades y un resurgimiento de los instintos. Quizá nos gusta salir de fiesta porque echamos de menos esta conexión con nuestra infancia.

Por otro lado, y con relación a lo anterior, el hecho de salir de fiesta es, sin ninguna duda, una forma de escapar. Y no hablamos de huir. Escapar no es de cobardes; es necesario y humano. De vez en cuando, todo el mundo desea alejarse de su realidad cotidiana y, en un contexto de fiesta, a la otra gente no le importa demasiado de dónde vienes o lo que has hecho antes. Eres libre. 

Imagen vía @mobycel

Quizá, por lo que se refiere a nuestros tiempos, la cultura pop e Internet tienen mucho que ver con esto, y es que la cruda y directa expresión de uno mismo es una auténtica celebración en la cultura joven. Esta sensación es difícil de conseguir en una rutina donde las prioridades son el trabajo, los estudios, la familia, los propios miedos y mil demonios más. La fiesta es una exaltación de lo positivo y del optimismo, una oda a la esperanza. Sin embargo, hay que tener en cuenta que esos momentos festivos, por muy llenos de euforia que estén, duran lo que duran. Y esta es precisamente su gracia: no podemos escapar para siempre.

La forma de las celebraciones colectivas ha ido cambiando a lo largo de las décadas y, aunque su función siempre ha sido más o menos la misma, ahora quizá practicamos una mezcla de todas ellas. Lo de bailar "agarrados" queda muy lejos, pero desde la aparición del rock, los acontecimientos sociales dieron un giro enorme. 

Imagen vía @brvdleysoileau

A la gente ya no le asustaba hablar en voz alta. Después llegó el movimiento hippie, el pop, el punk y muchos más. Lo que todos ellos tenían en común es que reclamaban la libertad de expresión de los jóvenes, tanto corporal como intelectual, y las fiestas fueron las cunas de estas grandes tendencias sociales.

Hoy por hoy, en las ciudades europeas, el modo en que salimos de fiesta tiene también sus peculiaridades. Quizá en general se ha abandonado un poco la vertiente reivindicativa, pero aún sigue siendo una forma, en cierta medida, de rebelión. En Madrid, por ejemplo, la cultura club y su empeño por trabajar para que haya una buena movida nocturna no se rinde ante las negativas de las autoridades. En cierto modo, desde la juventud se mueven hilos en la capital en contra de la represión y en favor a la libertad de expresión y, cómo no, a la fiesta.

Imagen vía @andreavandall

En el escenario barcelonés, las fiestas underground e independientes con temáticas e ideas propias están en auge. Un ejemplo son las que organiza el Club Marabú y, en parte gracias a ello, poco tenemos que envidiar a otras capitales europeas como París o Londres. Berlín, en cambio, es otro tema. La fiesta que hay en la capital alemana es absolutamente incomparable con la de cualquier otro rincón del mundo. ¿Quién no ha deseado irse un fin de semana a pasar frío y nervios en la cola del Berghain?

¿Qué es lo que hace que una reunión social se convierta en una fiesta? La gente, una atmósfera relajada y de diversión y, cómo no, la música. Es este último elemento el que de hecho marca la dirección que tomará una fiesta. La música que suene determinará el ambiente reinante. Puede dar pie a bailar como si no hubiera un mañana, a entablar conversaciones con más o menos fundamento o, por qué no, a ver quién de tu grupo es el más notas. 

Imagen vía @bibivdp

De hecho, históricamente todos los rituales que han tenido que ver con la comunión de los individuos pertenecientes a una comunidad han ido acompañados de música. Los tambores africanos, las flautas de los nativos americanos, los mantras budistas, incluso los cantos gregorianos o los que se hacen desde los minaretes. Todas estas celebraciones son, al fin y al cabo, fiestas, aunque tengan que ver muchas de ellas con alguna religión. Y lo que todas tienen en común es la música.

Si comparamos la tradición de estos rituales místicos y la historia reciente de la fiesta en occidente con nuestra fiesta de hoy, las diferencias no son tantas. Sustancialmente lo que cambia es a qué o a quién rendimos culto y la forma de expresión que adoptamos. Sin embargo, no deja de ser un grupo de personas enmarcados en un ritual que, con su música y las relaciones que se establecen con los demás, sirve para experimentar un momento de gloria. 

Recomendados


Texto Aida Belmonte