¿a qué llamamos belleza en 2015?

Fue fácil criticar la primera ola de vanidad en la red: los ángulos de cámara en picado, la expresión afligida, los filtros... Pero se trataba de algo más que de una pista de lo que estaba a punto de estallar en todo su esplendor en Instagram. Una...

por i-D Team
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18 Febrero 2015, 2:55pm

fotografía daniel jackson. director de moda alastair mckimm

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El pasado mes de octubre, el secretario de Justicia del Reino Unido, Chris Grayling, anunció su intención de multiplicar por cuatro la pena máxima de prisión para los troles de Internet: de seis meses a dos años. El acoso virtual se toma cada vez más en serio y, aunque pueda parecernos un uso frívolo de recursos, el impacto de las redes sociales sobre nuestra psicología colectiva es algo que no se puede ignorar. De hecho, podríamos decir incluso que el modus operandi de la autopromoción en las redes sociales es bastante más perjudicial que sus troles.

El mejor y más democrático uso de Internet es aquel en el que sirve como lugar para la libertad de expresión, un territorio donde el estado profesional y financiero, el nepotismo y los grupitos sociales son irrelevantes. Pero la gran parte de los periodistas y 'periodistas' están acabando con esta libertad poco a poco. En lugar de tener al propio medio regulado por una democracia colectiva, los que están al mando son los profesionales de los medios de comunicación que cuentan con más de 10.000 seguidores. En los próximos años, su siniestra influencia se hará más obvia, utilizando lo "cool" para justificar la resistencia a las subculturas y la ropa de calle, acercando todas las tendencias y sembrando la conformidad con un estilo que resulta opresivamente blanco, o aún peor, que presenta lo "chola", "nigeriano" y "pueblerino" como si fueran tendencias emergentes, sujetas a las rotaciones de las temporadas del mundo de la moda.

La narrativa es siempre la misma: la mujer de Europa Occidental es una pensadora libre, ilustrada, ligeramente andrógina y que está por encima del estilo vulgar, descarado y caro de su "versión" exótica. Por supuesto, esto está lejos de reflejar la realidad, y nos basta con rasgar la superficie de los looks "naturales" alentados por las revistas de moda para darnos cuenta de que esconden cientos de euros en alisados japoneses, manicuras, sutil cirugía plástica, maquillaje y un régimen de ejercicio estricto. ¿Cuántos documentales hemos visto en los últimos años que exploran el "extraño mundo" de las prácticas de belleza modernas? ¿Cuántos artículos de reflexión empáticos tenemos que leer sobre la cultura del autogrooming redactados por escritores estudiadamente desaliñados vestidos de COS? ¿Cuántas veces tenemos que leer online, a través de Twitter o por otro canal, que otro periodista más no se depila, se hace la manicura, se tinta el pelo o se somete a algún sistema de adelgazamiento? Lo escriben con la aparente intención de mostrar su oposición a un sistema patriarcal con intereses lucrativos, pero en realidad esconden un tono de superioridad, insinuando que los propios autores están por encima de esas preocupaciones insignificantes y vanidosas.

Puede que suene contradictorio, pero el modelo de las Kardashian podría ser el más honesto. Al haber descubierto sus secretos, su maquillaje contorneado y su pubis -las piezas principales que forman parte de su look-, ha conseguido mantener la plena transparencia prometida por la caída de la cuarta pared, en lugar de intentar lo contrario utilizando otras tácticas más deshonestas. Kim y Kanye se están esforzando públicamente por infiltrarse en el mundo de la moda, y aunque son objeto de burla en todo el mundo,  en realidad este nivel de 'esfuerzo' es muy similar al del que los critican. 

Kim Kardashian nos ofrece un servicio que no tiene precio, llamando la atención con su presencia hacia la absurda cantidad de adultos empleados para criticarla. Hay belleza en la sinceridad, pero la sinceridad es lo que está en juego en el escenario actual dominado por las redes sociales. Los medios de comunicación han intentado crear una imitación de la sinceridad, siempre tratan claramente de ser nuestros "amigos" al tiempo que menosprecian nuestros hábitos, ridiculizan astutamente nuestras inseguridades e intentan reafirmar su autoridad. Lo han hecho a través de una falsa autocrítica, una nueva tendencia de escritura en primera persona destinada a imitar al "hombre común" mientras esconde una sutil autopromoción, como si hubiera algo de sensato en la moda de los escritores que admiten en los medios engordar, llevar tallas grandes o tirarse pedos a modo de autopublicidad.

Por otra parte, está el tema de la falsa ironía. La tendencia a la antibelleza es un combustible para el fuego de los defectos que nos queman por dentro, y se puede sofocar con tan solo unos cientos de likes. Podemos continuar engañándonos a nosotros mismos de este modo o afrontar finalmente lo que ya sabemos: la belleza ni fue ni será un juego de números. El volumen de likes que puedas acumular es un indicador de popularidad poco fiable. La empatía por una persona que busca la aprobación de forma desesperada influye altamente en la psicología de pulsar "me gusta", al igual que la visibilidad social, puesto que los "likers" se presentan como seres generosos. Incluso si asumimos que alguien pulsa like o hace un comentario positivo fruto de una admiración genuina, tenemos que preguntarnos: "¿Por qué, exactamente?" Por un yo atomizado, reducido a una serie de fotos en las que la gente prefiere tu "yo de vacaciones" a tu "yo en el baño", tu "yo en una galería de arte" a tu "yo en la oficina de correos". Nos hemos convertido en la profecía de Cindy Sherman: un ser mutante que cambia su pose y pasa de un ideal para las masas a otro.

El amor de nuestros seres cercanos ya no se puede equiparar al bucle de feedback empírico de los "me gusta", así como de los comentarios de las redes sociales. ¿Cómo reconciliamos esto con el argumento altamente persuasivo de que el atractivo se basa en la autoconfianza y en "ser uno mismo"?

¿Qué significa exactamente un like? Sencillamente es una forma de satisfacer a alguien. Tal y como escribió Joan Didion en su ensayo de 1961: "Nos halagamos a nosotros mismos pensando que esta compulsión por satisfacer a otros es un rasgo atractivo". Imaginemos que justo lo opuesto fuera cierto: buscar la aprobación de los otros es algo que no resulta atractivo, por lo que la reacción instantánea que recibimos cuando publicamos fotos para que nos halague podría reducir nuestras posibilidades de una felicidad duradera. 

El efecto acumulado que se produce cuando vemos a alguien publicar cientos de autorretratos resulta desagradable y, según sigue explicando Didion, podemos ver por qué: "La triste verdad es que el auto respeto no tiene nada que ver con la aprobación de los otros, que, después de todo, se sienten decepcionados fácilmente: no tiene nada que ver con el prestigio. Algo que, tal como Rhett Butler dijo a Scarlett O'Hara, es algo de lo que la gente con valor puede prescindir".

Pensemos por el contrario en modelos como Edie Campbell, que utiliza Instagram para compartir su pasión por los caballos. Habiendo escapado de las garras de la actual epidemia de la autopromoción, aparece liberada y mejor equipada que nadie para enfrentarse a la innocua cultura del odio online. Según asegura, "los comentarios son casi siempre de gente que nunca he conocido y nunca conoceré, y que tienen muy poco poder sobre mí ya que se encuentran muy lejos tanto social como geográficamente". La importancia que le damos al odio procedente de Internet es directamente proporcional a la cantidad de importancia que le damos a los likes online. Si te muestras indiferente hacia ambas cosas, todo el cuento te empezará a parecer algo estúpido; tanto como usar las redes sociales para promocionar una buena autoestima y confianza. O sea, algo parecido a convocar una reunión de alcohólicos anónimos en un bar.

Los aspirantes a fotógrafos examinan con atención las primeras imágenes de Kate Moss, intentando descifrar las razones de su atractivo universal. Es el mismo dilema que nos cuenta la mujer de Rick Owens, Michèle Lamy, al describir una tarde que pasó con el fotógrafo Bruce Weber ojeando viejos libros de fotografía de los años 50. En una conversación a principios de este año me explicó que lamentaban la "pérdida de rostros interesantes".

No hay ningún sustituto para la vida. Intentar comisariarnos, empaquetarnos y promocionarnos en las redes sociales, sin importar cuál sea nuestro público, nunca nos llevará a sentirnos atractivos y a crear un trabajo genuinamente bello. El auto reconocimiento, agravado por el inmediato bucle de feedback de Internet, está acabando con la belleza. Los retratos de una Kate Moss desgarbada y con mirada de cachorro que Corinne Day le hizo al principio de su carrera transmiten algo que no habíamos visto salir de una cámara desde que años antes una joven Marilyn paseara su melena rubia por la playa: una chica a punto de entrar en la edad adulta, plantándose torpemente delante de la cámara y riendo cada vez que no lograba conseguir imitar las poses y gestos de una mujer ya madura. 

Nos reímos con ella y nos acordamos de nuestro propio optimismo mucho más joven; estamos viendo un pequeño pedazo de una vida real y sin obstáculos. Podemos imitar el look, la sensación, el estilo depurado, pero nunca podremos recrear el espíritu. Al menos no hasta que dejemos de valorar nuestra propia existencia mientras la vivimos, calculando constantemente lo que podemos recibir (o dejar de recibir) según cada decisión, cada afirmación o foto que publicamos. La belleza verdadera volverá a reinar algún día, pero no hasta que dejemos descansar nuestros teléfonos, salgamos de Twitter y empecemos a dejar de perder el culo por lo que un grupo de extraños sin rostro, colmados de defectos y con miedo a romper la cultura de la conformidad puedan decir sobre nosotros online.

Nadie puede hacer el trabajo de Corinne Day con la cámara de un iPhone y una serie de likes. Hemos llegado a un punto en el que todo el mundo conoce su 'lado bueno' y la capacidad de ser naturales parece haberse perdido. Sin embargo, la belleza verdadera solo se encuentra cuando no se piensa en ella: solo entonces se convierte uno en la fascinante persona viva y activa que es capaz de ser. Puede que en ese caso no existan los likes de Instagram para reafirmarnos, pero, a la larga, es la más sincera solución.

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Texto Nathalie Olah

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