la política del pop: ¿qué puede hacer la música por nuestros líderes políticos?

Es hora de enfrentarnos a la música: no puede ser que Donald Trump asumiera el mando de Norteamérica al ritmo del Mormon Tabernacle Choir. Tras su decepcionante investidura, repasamos la relación simbiótica entre la música y la política a lo largo de...

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25 Enero 2017, 9:53am

El próximo mes de julio hará 20 años que un trajeado Noel Gallagher llegó al número 10 de Downing Street para una recepción oficial celebrada por el recién elegido Tony Blair. A Gallagher, que llegó a bordo de un Rolls Royce color chocolate que le había regalado Alan McGee, jefe de Creation Records, se unieron personajes de la talla de Ralph Fiennes y Helen Mirren para dar la bienvenida a una era de "Cool Britannia" (o "Tranquilidad británica"), un término terriblemente autocomplaciente que reflejó el auge del Primer Ministro electo y de su nuevo estilo de socialismo laborista, aficionado al champán.

Se trató, visto con la perspectiva que ofrecen dos décadas (y la sangrienta Guerra de Irak), de un movimiento horriblemente mal calculado que el guitarrista acabaría lamentando. "Era una cosa muy importante, la arrolladora mayoría y todo eso, y la gente se dejó llevar", dijo más tarde. "Pensamos que iba a ser nuestro John F Kennedy... Y durante un año o dos lo fue".

Por supuesto, como todo lo que sucedía con Oasis, el referente para todo este cruce entre pop y política fueron los Beatles. Cuando en 1964 el líder de la oposición Harold Wilson consiguió que le invitaran a los premios Variety Club para entregar a la banda sus trofeos a las Personalidades del Mundo del Espectáculo del Año, se estaba aprovechando del poder potencial para fabricar reyes de los photocalls (ayudado por el tristemente famoso comentario sobre los corazones púrpura que hizo John Lennon). Tras 14 años fuera del poder y con una naciente Beatlemanía totalmente en auge, el grupo fue el escaparate perfecto para la "Nueva Gran Bretaña" de Wilson, incluso aunque Lennon acabó devolviendo el premio que le había entregado el político al año siguiente y George Harrison escribió el tema Taxman despreciando a Wilson un año más tarde.

Desde aquel momento, la imagen de un político reclutando a un músico para su campaña se ha vuelto cada vez más común. Elvis y Nixon, George Harrison y Gerald Ford, Lembit Öpik y Gabriela Irimia... En el caso del primero, el encuentro fue en realidad instigado por Presley. En cierta ocasión el inflado y drogadicto rey del rock 'n' roll incluso condujo hasta la Casa Blanca para solicitar en persona una insignia del Departamento de Narcóticos y Drogas Peligrosas (imagínate).

Elvis en el despacho oval con Nixon

De hecho, hace tan solo nueve años los artistas competían una vez más por tener línea directa con el Despacho Oval. Apostando por un joven senador de Illinois llamado Barack Hussein Obama, artistas tan diversos como Morrissey, Kanye West y Mariah Carey expresaron su apoyo durante la campaña presidencial de 2008 e incluso después: Beyoncé apareció en la inauguración del año siguiente y los raperos Common y Jay Z hicieron múltiples visitas a la Casa Blanca a lo largo de las dos siguientes legislaturas. Quizá más que ningún otro presidente norteamericano (incluyendo al saxofonista ocasional Bill Clinton), Obama fue totalmente consciente de la importancia de la música como forma de conectar con la gente y esa comprensión fue correspondida cuando todo un elenco de estrellas ―incluyendo Chance the Rapper, Bruce Springsteen y Solange― aparecieron en la Casa Blanca a principios de este mes para celebrar una fiesta de despedida.

¿Y qué sucede con el nuevo habitante del Despacho Oval? Mientras estaba haciendo campaña, el primer presidente electo de Norteamérica en protagonizar un reality se mostraba muy despectivo con respecto al respaldo musical ―"Estoy aquí totalmente solo. Solamente yo, sin guitarras, sin pianos, sin nada", se lamentaba durante un mitin antes de la elección― y su equipo de transición ha sido artífice, a lo largo de las últimas semanas, de una serie de cagadas de alto nivel en su intento por conseguir artistas para el día de la investidura. 

Lo que en su día se consideraba como uno de los mayores honores de la nación ha visto, gracias al carácter polarizador de la campaña electoral, cómo los artistas se iban distanciando uno tras otro de la ceremonia: Elton John, Garth Brooks, Andrea Bocelli, Rebecca Ferguson, Charlotte Church... Incluso antiguas apuestas seguras como Usher (Festival de Año Nuevo en St. Barts del Coronel Gaddafi en 2009) y Jennifer Lopez (fiesta de cumpleaños del líder de Turkmenistán Gurbanguly Berdimuhamedow) de pronto han encontrado sus agendas completas. Parece que las actuaciones programadas por regímenes cuestionables se disfrutan mejor si son lejos de casa.

Imagen vía @moby

Mientras que el despliegue musical del Presidente Obama tuvo el efecto de hacerle parecer tanto cool (su interpretación del tema Let's Stay Together de Al Green en el teatro Apollo de Harlem) como empático (su lacrimógena versión de Amazing Grace durante la ceremonia conmemorativa de Charleston), parece que el rechazo que muestra el Presidente electo hacia la música ―y el rechazo que la música siente hacia él― tiene el efecto contrario. No es ni cool ni empático. Es un hombre al que difícilmente podemos imaginar creando una playlist en Spotify y mucho menos escuchándola.

Lo que nos queda, entonces, es un batiburrillo de intérpretes que incluyen a Sam Moore, del dúo de soul de los sesenta Sam and Dave, The Mormon Tabernacle Choir y Jackie Evancho, una vocalista más conocida por acabar segunda en la quinta temporada de America's Got Talent. Aunque se dice que las ventas de su álbum han "crecido como la espuma" desde que anunció su participación, parece que otros no están dispuestos a arriesgarse a la potencial pérdida de fans. "Sería arriesgar mucho para un artista", dijo el periodista musical Steven J Horowitz en una entrevista con el Guardian. "Su carrera, sus fans, sus relaciones en la industria de la música. Siendo uno de los presidentes electos más divisivos de la historia, Trump no debería sorprenderse de la falta de apoyo". Días después de su ceremonia inaugural, ha quedado claro que, de momento, el Presidente electo ha cumplido su deseo: tan solo él, sin guitarras, sin pianos y sin nada. 

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Texto Matthew Whitehouse
Imagen vía Pixabay