momentos y reflexiones de una joven en transición

Conforme Liath Hannon desmonta los tabúes y revela las realidades de su transición, el fotógrafo Ellius Grace comparte imágenes de su proyecto fotográfico, que todavía sigue en curso.

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02 Junio 2017, 7:31am

En 2013 me di cuenta por fin de que mi interpretación de un hombre varonil había sido un fracaso miserable. La androginia me había definido durante la mayor parte de mi breve vida. A lo largo de mi infancia, los desconocidos me percibían continuamente como femenina. A los 13 años hice mi última apuesta penosa por la masculinidad aceptable y me corté mi larga melena. 

Viéndolo con perspectiva, no puedo entender cómo alguien me vio jamás como un hombre. No tiene ningún sentido en realidad que yo, supuestamente, antes lo fuera. Mi supuesta socialización masculina terminó cuando tenía 15 años y de todas formas ese proceso siempre me hacía sentir más bien como un eunuco. Los primeros años de mi pubertad me obligaron a ocupar un espacio en el que no encajaba. Me convirtieron en algo asexual y sin características definidas de género. Este problema tenía tanto de social como de biomédico, porque a una edad en la que mis compañeros estaban cargados de energía hormonal, yo me escurría por las rendijas. Mis amigas se distanciaron de mí cuando la autosegregación se convirtió en la norma y los chicos abusaban de mí porque simbolizaba todo lo que les habían enseñado a odiar de sí mismos.

Hacer la transición no fue una elección singular para mí. Hubo determinados momentos dramáticos en los que tuve valor suficiente para esconderme cada vez menos, pero desde el momento en que comenzó mi auténtica vida, dejó de ser un proceso urgente. Simplemente tenía la sensación de que la pubertad había llegado por fin. El cambio radical no fue de chico a chica, fue de la infancia a la condición de mujer.

Un momento muy decisivo, tal y como yo lo recuerdo, no fue aquella tarde en que me obligaron a ofrecer información íntima sobre mi identidad ante una clase llena de compañeros. Nunca fui de esas personas que necesitan la simpatía de los demás, por mucho que se me percibiera de ese modo. Para mí, fue la libertad del anonimato lo que cimentó mi sentido de ser yo misma. Lo obtuve cuando cambié de colegio poco tiempo después. Al menos por un tiempo, tuve la opción de existir más allá de la idea limitada de lo que era o podía ser una mujer trans o, en mi caso, yo misma.

Han pasado cuatro años y sigo aquí, hablando sobre mi transición. Parece del todo ridículo cuando en realidad no he hecho nada al respecto excepto recoger mi medicación cada mes en la farmacia. Todo cambio revolucionario que se hubiera producido, fue hace mucho tiempo. Es solo una experiencia que pasé, como mudarme de casa cuando tenía nueve años. He vivido como chica la mayor parte de mis años de colegio y mi experiencia vivida se corresponde de forma más coherente con la de las mujeres cis que con cualquier otra cosa. Soy un ente en cambio y evolución constantes, por supuesto, pero, ¿y quién no?

Con esta conclusión, mi transición pierde su gravedad. Todos estamos siempre en transición. Para la mayoría, los cambios de apariencia y mentalidad pueden ser más sutiles y matizados, pero en el fondo, la diferencia entre teñirte el pelo de un color diferente y hacer una transición de género radica en las fijaciones de las demás personas.

Una idea muy estereotipada de la transición, en la que se nos ve entrar en una máquina como hombres severos e inflexibles y salimos de ella como mujeres delicadas y bellas, tiene que ver con el voyerismo de la sociedad. Nuestro supuesto viaje desde un polo al polo opuesto puede observarse con sorpresa y maravilla. Por consiguiente, se cree de forma generalizada y por lo tanto se nos exige que nos definamos según esa visión. Sin embargo, esta idea es un mito. Su proliferación desvía la conversación y la aleja de las experiencias vividas por las mujeres trans para llevarla a una narrativa creada por la sociedad cis para su propia gratificación. Se nos ofrece un molde donde habitar durante el tiempo que permita a la gente mirarnos embelesada o sentir pena por nosotras y después se nos arroja a un lado con indiferencia. Carecemos de precedentes para saber qué viene después del drama de la transformación y existe un espacio muy pequeño para que existamos sin que se observen detenidamente nuestros cuerpos cambiantes.

Para mí, el hecho de ser trans es un aspecto secundario de mi identidad. Es algo que amo, que abrazo y que me siento empoderada para compartir, pero en lo más profundo de mi ser, es un pensamiento adicional.

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Fotografía Ellius Grace, del proyecto en curso Liath
Texto Liath Hannon
Agradecimientos a Roo