la muerte de la espontaneidad en la comunidad gay

¿Están las aplicaciones como Grindr convirtiendo el sexo en una mera transacción?

por Raquel Zas
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05 Octubre 2016, 11:02am

Cuando era adolescente, salí de Oriente Próximo para mudarme a Londres. En Dubái -donde crecí- la homosexualidad es ilegal, y las experiencias que puedes vivir en la ciudad se reducen a centros comerciales con puntos de información en cada esquina. Cuando regreso (y lo hago pocas veces), la sensación de claustrofobia es insoportable; además de no existir los espacios gay, tampoco hay ninguna calle para pasear ni lugares para perderse. La aplicación para citas gay Grindr me da algo de esperanza cuando estoy allí; si eres capaz de utilizarla de forma discreta (y segura), se te abren las puertas a un mundo paralelo al de la vida de los centros comerciales.

Puesto que el paisaje urbano está tan homogenizado en Dubái, Grindr puede ser una antítesis liberadora para un hombre gay. En Londres, por el contrario, me temo que la aplicación está arruinando lo que me gusta de esa ciudad. Cuando por fin salí de mi país tras salir del armario, las calles de la ciudad se convirtieron en un patio de recreo lleno de posibilidades donde podían aflorar experiencias surrealistas en cualquier momento, y el simple hecho de deambular por allí podía llevarme a conocer a gente nueva. 

Grindr intenta replicar este acto de deambular pero lo hace en un plano digital, donde como usuario "te mueves" por la ciudad, encontrándote con chicos que tienes a la vuelta de la esquina. Sin embargo, hay ciertas cosas que me he encontrado durante mi merodeo virtual: "Solo chicos blancos. Abstenerse terroristas, chinos, indios. Abstenerse afeminados" (sacado de un perfil de Grindr), y: "Solo busco: TÍOS FUERTES, culos musculosos y suaves y cuádriceps…ABSTENERSE: NIÑATOS, pechos flácidos y SIN PELO" (sacado de un perfil de Grindr).

A diferencia de los laberintos urbanos que nos pueden deparar cualquier cosa, Grindr le da al usuario el privilegio de especificar claramente lo que quiere encontrar, dejando que diseñe su propia experiencia. La aplicación te pide que te encasilles dentro de una "tribu" sexual, por ejemplo, ¿eres "metrosexual" o "oso", "friki" o "atlético"? Al igual que con las citas anteriores que encontramos en los perfiles, es muy común especificar claramente -y de una manera ofensiva- lo que quieres (y lo que no), y Grindr te deja utilizar varios filtros para que encuentres perfiles con la altura, peso, edad, raza y tipo de cuerpo que prefieras.

Aunque esta selección de preferencias sexuales se suele disfrazar de libertad virtual, su efecto implica cualquier cosa menos eso. La necesidad de autodefinirse o ser definido en unos términos tan rudimentarios genera una sensación de aislamiento; si eres un tipo atlético, masculino, blanco y cis quizás no llegues a percibirlo, pero ¿qué ocurre con los usuarios cuyas identidades no se ajustan a lo que buscan la mayoría? 

Yo, por ejemplo, como artista drag iraquí gay recibo un montón de mensajes de odio en Grindr por ser "demasiado femenino y asiático para ser follable" (según un mensaje directo), por no "encajar" en las categorías más populares. Un usuario de Grindr trans, que desea mantenerse anónimo, me contó su experiencia y me explicó que "muchos de los usuarios transgénero no indican su condición seleccionando la casilla de 'transgénero' porque a menudo se nos considera inferiores y por ello se espera que seamos más sumisos".

Presentándose como un patio de recreo lleno de identidades diversas, Grindr confunde a sus usuarios; es verdad que es un patio de recreo, pero más bien para las "tribus" que acosan e intimidan. Como en el mundo real, donde los chicos masculinos blancos y cis que tienen buen cuerpo parecen ser los que se lo llevan todo (*suspiro*), lo mismo ocurre en Grindr. Pero la categorización todavía más estricta de la gente en una aplicación virtual lleva todavía a más prejuicios directos. Es el problema de etiquetar a los cuerpos e identidades -cosas tremendamente complejas- según unas definiciones tan rígidas.

Es preocupante que Grindr esté convirtiendo la experiencia sexual en una especie de transacción. Los usuarios son a la vez consumidores y productos, especificando sus requisitos sexuales a la vez que se presentan como una mercancía deseable. Para mí, así es cómo suele funcionar el intercambio en Grindr: encuentras a otro usuario (o viceversa) y se entabla una conversación, si no me encuentro con ninguna señal de racismo u homofobia se discuten los roles sexual, se intercambian fotos de cuerpo/cara y si ambos estamos de acuerdo se confirma el sexo para esa noche. 

Lo que es alucinante es que se establece un contrato sexual con un tipo que hasta ese momento solo había existido para ti en dos dimensiones. Cada vez que he conocido a alguien me ha resultado chocante ver cómo su avatar tomaba forma física, y la mayoría de las veces me he sentido también decepcionado.

Intentar recrear el cortejo y química entre dos cuerpos físicos con un intercambio de fotos y palabras para mí es un timo; aunque todos tenemos diferentes "tipos" y preferencias, que una persona acabe atrayéndonos es a menudo cuestión de azar, y puede depender de factores de los que ni siquiera somos conscientes (como por ejemplo las sutilezas del lenguaje corporal). Nuestra cultura de consumo específico, que Grindr aprovecha, está acabando con la intuición física a favor de estas experiencias personalizadas con todo detalle.

Aunque Grindr es ante todo un "espacio gay", está acabando con la emoción de la espontaneidad que podemos encontrar en los espacios queer físicos y los está llenando de identidades fragmentadas. Antes del auge de la especificidad digital, los espacios queer fomentaban la colectividad en lugar de separar a los individuos en un conjunto de "tribus". 

Olivia Laing explora esta cuestión de forma muy interesante en su sensacional libro The Lonely City: Adventures in the Art of Being Alone. En él la autora se fija en el Nueva York de antes de la gentrificación y en los espacios gay que atrajeron a chicos diversos hacia un ambiente colectivo y sin jerarquías, siempre celebrando la importancia del encuentro fortuito.

La especificidad digital, y la sensación de que podemos encontrar exactamente lo que queremos en otro lugar, está debilitando el poder de la espontaneidad. Grindr es solo uno de los síntomas de la fragilidad de los cimientos de las ciudades de occidente, que deberían estar alimentándose de las posibilidades de lo desconocido. Grindr -y la cultura que representa- está homogeneizando los encuentros humanos y convirtiéndolos en una mera transacción, cuando lo que deberíamos hacer es ponernos en las manos del azar y disfrutar de la improvisación.

@glamrou

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Texto Amrou Al-Kadhi
Imagen vía Flickr

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