(casi) todo el mundo tiene tatuajes

En i-D hemos hecho un breve repaso sobre la historia de los tatuajes, su relación con la industria de la moda y su reciente aceptación por parte de la cultura 'mainstream'.

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19 Junio 2015, 12:40pm

edun p/v12. fotografía ryan mcginley

Dentro de la moda, también hay modas. No pasan desapercibidas aunque no siempre se toman como pasajeras: El pelo rosa en la pasarela, las modelos con diastema, el heroin chic… son tendencias que deslumbran al público como el foco de un coche a un gato en la oscuridad, aunque tal cual aparecen, se van.

Sin embargo, existe una que tendría todos los puntos para formar parte de estas metamodas (la moda dentro de la moda de la moda), pero que no será efímera y, además, por varias razones. Una de ellas es su difícil erradicación y otra es que va de la mano de una sociedad que tampoco lo tendrá fácil para olvidarse de ella: son los tatuajes (aquí es donde todo lo anterior cobra sentido), uno de los accidentes anatómicos más comentados en las tribunas especializadas en los últimos meses, aunque lleven ahí fuera mucho más tiempo.

Fotografía Hedi Slimane

Echando la vista atrás, se pueden encontrar tatuajes desde hace 2.000 años ac. Repasar su historia es saltar de una cultura milenaria a otra: del Antiguo Egipto, a Grecia y Roma y de ahí a los samoanos. De estos últimos sale la relación del tatuaje con el mundo de los marineros: cuando los primeros llegaron a sus costas y vieron los adornos hechos con tinta que lucían en su piel, se quedaron fascinados. 

Allí aprendieron la técnica y ambas estéticas quedaron relacionadas para siempre. En el imaginario colectivo, el marinero lleva camiseta de rayas y tatuaje de ancla; el pirata parche en el ojo y el dibujo de un loro y el capitán, su gorra y la imagen del timón impreso en su brazo. Las míticas golondrinas que tanto se ven en la actualidad significan la llegada a tierra, que es dónde se empezaban a encontrar a estos pájaros.

Uno de los diseñadores que supo ver esa seña de identidad e inspirarse en ella fue Jean Paul Gaultier: sus hombres fornidos y recién bajados del barco lucían sus correspondientes tatuajes (aunque siempre pulcros y bien definidos) sobre la pasarela. Las cosas han cambiado mucho desde principios de los 80 y, lo que en su momento supuso un desconcierto en la sociedad bienpensante, ahora no es más que un complemento más.

Fotografía Douglas Irvine

Pero antes de adelantar acontecimientos, aunque sea en el presente, hay que recordar que los tatuajes son un signo distintivo de la penúltima década del siglo XX para los españoles y no precisamente por estar relacionados con el mar. Las cárceles nacionales tenían prácticamente su aforo completo y la tinta corría bajo la piel al mismo ritmo que la heroína. 

Fue la época en que no sólo la crisis económica que siguió a la transición hizo que muchos se adentrasen en el mundo del robo. También la droga apareció en las calles e hizo estragos en la juventud del momento, que buscó dinero por todos sitios para financiarse la adicción. Muchos de los que no acabaron muertos, se vieron encerrados en una celda después de haber atracado un banco, robar en los coches de su barrio o mil cosas por el estilo.

En la cárcel los tatuajes también tenían su significado. Desde los nombres de los seres queridos hasta fechas importantes grabadas en los brazos. Hubo quien encontró la luz de la religión entre las paredes que les separaban de las calles y los símbolos religiosos (¿quién no ha visto alguna vez una cara de Cristo detrás del hombro?) también representaron su redención. Durante mucho tiempo, aquellos dibujos fueron vistos entre la sociedad como una marca de distinción: si alguien llevaba uno -generalmente hecho con tinta azul y trazos de calidad cuestionable- era bastante probable que hubiese pasado por la cárcel.

Fotografía Olivia Rose

Pero los años pasan y las percepciones sociales evolucionan. La moda tiene sus procesos y uno de ellos es el trickle-up: es decir, que las tendencias de la calle suben a la pasarela, consolidándolas como aceptables. Los tatuajes no dejaron de tener su importancia y significado en las calles, pero al convertirse en tendencia dentro de la industria se convirtieron en algo natural.

El presente sirve de ejemplo perfecto. Si las supermodelos de los 90 representaban la perfección con sus cuerpos de medidas intachables, sus melenas brillantes y su piel inmaculada, las miradas se giran ahora hacia lo contrario. Desde los cánones de belleza deconstruidos a los tatuajes. No sólo las modelos representantes de lo que podría considerarse como rebeldía -véase Cara Delevigne- llevan imágenes permanentes en la piel sino que alguien tan convencional como Gisele Bundchen también lleva un tatuaje (en forma de estrella discreta, eso sí). 

Lo mismo ocurre dentro del sector masculino, en el que la tendencia es incluso más extrema. Ahora, modelos como Daniel Badman, Miles Langford o Bradley Soileau nos muestran sus cuerpos -y hasta sus caras- repletos de dibujos, algo que hace dos décadas les habría apartado del sector casi automáticamente.

El cambio es fácilmente explicable: las generaciones a las que se dirigían las tendencias se han hecho mayores y, aunque a algunos les pese, la moda se alimenta de la juventud. Y ahora mismo esos jóvenes a los que se les reclama la atención están tatuados o, al menos, acostumbrados a ellos. Si a los nativos digitales les resulta más extraña una libreta de papel que una pantalla táctil, lo mismo ocurre con los dibujos en la piel. ¿Por qué se iban a escandalizar si hasta sus padres los llevan?

Quizá llegue a producirse el efecto contrario y la juventud incipiente llegue a rechazarlos como símbolo de rebeldía a lo anterior, aunque teniendo en cuenta su longeva presencia en la sociedad, quizás sólo se produzca un cambio de estilo y la tinta siga infiltrándose en la piel. Larga vida.

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Texto Carmen López
Fotografía Ryan Mcginley