¿por qué compartimos nuestra intimidad en internet?

Analizamos el fenómeno de las confesiones íntimas en la era digital.

por Carmen López
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22 Octubre 2015, 9:50am

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Los primeros diarios en papel suelen tener dibujos en las tapas, hojas de colores (a veces incluso perfumadas) y un candadito con su correspondiente llavecita para que los secretos queden a buen recaudo. Según pasan los años van evolucionando a cuadernos más discretos en los que en la portada no ponga con letras de colores "Querido Diario": si hay que plasmar intimidades, mejor que no se convierta en un imán para cotillas. 

Nada atrae más que la prohibición y, aunque todo el mundo sabe que el diario de otra persona no se puede fisgar, 9 de cada 10 individuos que tuviesen la oportunidad lo harían. El que queda no sabe leer.

Imagen vía @tavitulle

Lo diarios -los de adolescentes y los de adultos- no son un mero dietario en el que se apunta lo que se ha hecho ese día o anécdotas importantes que no se quieren olvidar ("Hoy me ha dicho que le gusto. Es el día más feliz de mi vida"), sino que también sirven de ejercicio de conocimiento personal. Aunque sea de manera inconsciente, plasmar los pensamientos en un papel ayuda a ordenarlos y a despejar la mente, viendo las cosas con una nueva perspectiva.

La llegada de Internet introdujo la innovación en el tema de la introspección y la autoconfesión. Adiós papel, hola teclado de ordenador. Y bienvenido público. Aquel candadito que se abría con la llave guardada en el rincón secreto de la habitación se va al cubo de la basura no reciclable y se abren las puertas a lectores. 

Junto a los blogs surgieron las primeras redes sociales ahora perdidas en las entrañas de Internet como MySpace o Fotolog, la antigua reina del baile. Y las confesiones surgieron a borbotones, con o sin seudónimo, emociones a flor de piel abiertas a comentarios, justo lo contrario a lo que se pretendía antes. Y no sólo a conocidos, sino a todo el mundo que llegase a ese rincón personal.

Imagen vía @petrafcollins

En España, Fotolog se vio desplazado un par de años después de su esplendor, como suele pasar con casi todas las plataformas sociales (¿cuánto tiempo le queda a Facebook?), aunque algunos blogs se han mantenido en el tiempo pese a haber acusado los cambios de Internet. Algunos se especializaron y pasaron de lo personal a lo "profesional" (entrañables blogueras de moda, enloquecidas malenis o críticos culturales), pero otros siguieron con su intención de cuaderno de bitácora. 

Véase por ejemplo el caso de la famosa Diana Aller, que lo mismo cuenta los entresijos de la televisión que el domingo que pasó con sus hijos. A su lado podría situarse el blog de Popy Blasco, uno de los más longevos y seguidos del país, con un auténtico batallón de lectores que más bien son fans. El autor combina su día a día (con una evidente inclinación al hedonismo) con recomendaciones y críticas cinematográficas, todo de cotilleos de la escena moderna madrileña.

Imagen vía @popyblasco

Dadanoias, el blog de Marta Castro, tiene ya diez años y también ha resistido a los envites de los tsunamis de Internet, así como el de Hombre Confuso, que ya ha cumplido ocho años. Como él mismo explica en su rincón online: "Es mi diario virtual, es la revista que me gustaría editar, es el canal de televisión que me gustaría ver, es la película que querría escribir y es el mundo en el que me gustaría vivir".

Realidad cíclica

La exposición sentimental o de pensamiento pública enseguida comenzó a mostrar su lado oscuro: los comentarios. Atrincherados tras la máscara del anonimato los lectores podían opinar a su antojo sobre los textos y esto podía ser tan bueno como horrible. La crítica constructiva no es que sea una práctica demasiado habitual, así que muchos de los escritos recibían una ristra de insultos, frases desdeñosas o palabras hirientes (lo mismo ocurre en los medios de comunicación o incluso en Twitter.

Esta violencia verbal ha sido desde el principio especialmente virulenta contra las mujeres. Los comentarios sobre el físico y palabras como "histérica" o "puta" están especialmente reservadas para las usuarias de Internet, lo que ha hecho que muchas no hayan podido aguantar la presión del bullying. La famosa tuitera (primero bloguera) feminista Filósofa Frívola acabó abandonando la Red Social debido a los ataques recibidos. Vuelta al patio del colegio: el matón ha encontrado el diario de la alumna y se está riendo de ella ante todos sus compañeros y compañeras de clase.

Debido a todo lo anterior muchas mujeres (y hombres, pero ellas ganan en número) han vuelto a la la intimidad pero sin renunciar a la comunidad, una especie de habitación en la que las amigas comparten secretos o ideas que también pueden apuntar en el diario. Para ello existe, por ejemplo, un servicio llamando TinnyLetter (propiedad del famoso servicio de newsletters MailChimp), que permite compartir contenidos con otras personas de manera cerrada. Básicamente la idea de Lena Dunham y Jenny Konner para crear su famosa Lenny Letter.

Imagen vía @lenadunham

Una de las newsletters privadas más representativa es la de Sarah Evonne, titulada Things I Tell Myself (And You) [Cosas que me cuento a mi misma (y a ti), en su traducción al castellano]. Cada domingo envía una "carta" con sus apuntes y pensamientos a las personas que están suscritas a su cuenta. Listas de los libros que ha leído, historias de su propia vida o recomendaciones musicales son algunos de sus contenidos. 

En una entrevista explicó que primero había probado con el blog, pero que le había resultado demasiado agresivo y que después probó con Tumblr, pero no se adecuó a su objetivo. Este formato le ayudó a encontrar la intimidad y la conexión personal que necesitaba. Su experiencia resume perfectamente el espíritu de la plataforma, cuyo número de usuarias no para de crecer.

Aunque sea a través del canal virtual la tendencia a resucitar el diario personal está en auge. Un ejemplo de este resurgir es el trabajo de la artista Xiana Gómez, que ha expuesto su obra en torno a los diarios adolescentes en Barcelona. En ella recopila extractos y muestras del formato clásico de diario en homenaje a este espíritu de escritura íntima y personal. La habitación propia de Virginia Woolf, cuaderno incluido, sigue siendo una necesidad evidente.

Imagen de la exposición Cultura de dormitorio de Xiana Gómez

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Texto Carmen López
Imagen de la exposición Cultura de dormitorio. Narraciones de adolescencia femenina de Xiana Gómez

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