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la importancia política de que los hombres lleven el pelo largo

Es una forma de resistencia.

por Daniel Reynolds
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30 Junio 2017, 7:45am

i-D Hair Week is an exploration of how our hairstyles start conversations about identity, culture and the times we live in.

"Llevas el pelo demasiado largo", dijo mi padre. "Así nunca conseguirás trabajo". Llevé las manos instintivamente hasta mi melena de color castaño claro. Por aquel entonces, en 2012, me llegaba hasta la barbilla. Para una mujer, esta longitud no tendría la menor importancia, resultaría incluso corta. Pero en el caso de un hombre, la largura era ―y sigue siendo― una cuestión política. A ojos de mi padre, o al menos desde la perspectiva de muchas personas de su generación, los hombres con trabajo llevan el pelo corto. Son los hippies en paro y los homosexuales los que se lo dejan crecer.

Pensé en las palabras de mi padre durante los meses siguientes. Acabé la universidad con un máster en Lengua Inglesa y Escritura. Finalmente, quedó bastante claro que mi trabajo leyendo poesía en bares del East Village no me daría para pagar el recibo de la luz, así que empecé a buscar empleo. Cuando estaba sentado en las entrevistas, enumerando mis logros y los activos que podría aportar a una compañía, mi mano volvía a subir instintivamente para apartarme algún mechón de la cara. ¿Era realmente posible ―me preguntaba― que algo tan trivial como la longitud del cabello pudiera influir en la decisión de contratarme?

No he encontrado estadísticas fiables sobre la discriminación laboral de los hombres con el pelo largo. Pero sí encontré algo muy interesante, un grupo de ayuda llamado los "Longhairs" (cabellos largos) que ofrece a este sector demográfico consejos de peinado y trabaja para derribar el estigma cultural. Ah, y también venden gomas para el pelo.

Sin embargo, como hombre gay con el pelo largo, sentía curiosidad por saber si mi cabello daba alguna pista sobre mi orientación sexual que pudiera estar influyendo en mis oportunidades laborales. Después de todo, ser un hombre con el pelo largo en Estados Unidos es mostrar disconformidad con el género (en otras partes del mundo hay excepciones a esta regla: en muchas comunidades de judíos ortodoxos y musulmanes los hombres llevan el cabello largo debido a sus creencias religiosas y, gracias a Bob Marley, las rastas son populares en Jamaica y en el resto del mundo). Y la discriminación en el lugar de trabajo contra los empleados LGBT es un problema muy real. En torno al 21 por ciento ha indicado que existen prejuicios en la contratación, los ascensos y los salarios, según el Instituto Williams de la UCLA.

Nunca me llamaron de las empresas más corporativas a las que llevé mi currículum. Si fue a causa de mi pelo, no lo sé. Pero me acabé inclinando por una profesión en la que su largura no importara. Mi primer trabajo fue como escritor para un blog dedicado a la sociedad y la escena artística de Nueva York. Ahí mi cabello no tenía ninguna importancia, teniendo en cuenta los colores, formas y estilos que llevaban los artistas y sus seguidores. Dejé de pensar en el estigma y lo dejé crecer.

Estamos en 2017. Mi pelo tiene ahora una largura de 90 cm aproximadamente. No me lo he cortado desde que me mudé a Los Angeles hace casi cinco años. Y no lo he hecho por numerosas razones. Primero porque es más barato, de modo que he ahorrado una suma importante saltándome la peluquería. Pero hay también una parte sentimental. Cuando llegamos a la edad adulta, ya no podemos hacer marcas en la pared para medir nuestro crecimiento. De hecho, conforme envejecemos vamos encogiendo un poco. Pero la longitud del cabello es una prueba física del paso del tiempo. Puede seguir creciendo incluso después de que morimos. Es la última parte de nuestro cuerpo en resistir a la llegada de la noche eterna.

El pelo puede ser fuente de vanidad, pero también de un modo que va más allá del género. Su largura me ha abierto la puerta a ser menos conformista con mi género en mi forma de vestir y me ha permitido elegir entre vestidos y trajes en cualquier ocasión.

Y también es una fuente de intimidad. Aparte de yo mismo, solo mi pareja me toca el cabello con regularidad. A veces, para reírnos, le da la vuelta para conseguir un efecto dramático, pero ese gesto también puede ser de ternura. Ocasionalmente, algún desconocido me pide permiso para tocarlo. Existen muchos artículos de opinión en el mundo acerca de las implicaciones de este gesto, especialmente en lo que respecta a la raza o la etnia. Pero normalmente yo les dejo. Si dar un apretón de manos o un beso en la mejilla puede ser una forma de presentarse, ¿por qué no este otro gesto físico?

Por supuesto, no todo el mundo pide permiso. Esto me ha llevado a interesantes encuentros. Poco antes de las elecciones presidenciales, me encontraba en un bar gay en Omaha, Nebraska. Era una parada en un viaje por carretera que estábamos haciendo mi pareja y yo por todo el país. Unos minutos después de pedir las bebidas, se abrió la puerta y entró en tropel una despedida de soltera. La futura novia me vio y, en una escena surrealista, cruzó el bar corriendo como una loca, cogió mi cabello entre sus manos y me dijo maravillada que nunca antes había visto un chico con el pelo largo.

Aquello desencadenó un torrente de historias extrañas. Me contó el alivio que era estar en Omaha, que era mucho más liberal que donde creció, citando un "lavabo para personas transgénero" en un bar que habían visitado antes como prueba de su espíritu progresista. Su "tía hippy", me explicó ―una mujer con opiniones liberales en una zona conservadora― fue recientemente secuestrada y retenida por el Ku Klux Klan en su Idaho natal. Le costó una semana poder acceder a un teléfono, alertar a las autoridades y escapar. Eso jamás pasaría en Omaha, me dijo. Durante toda la narración, la novia mantuvo mi pelo entre sus manos, como si fuera un talismán o un testigo del estado del mundo.

No puedo comprobar si el secuestro ocurrió de verdad. El lavabo para personas transgénero existe, pero en realidad suscitó una gran controversia a nivel local cuando se creó, porque fue con la intención de evitar que las personas trans usaran los baños para hombres y para mujeres.

Independientemente de eso, la historia de esta mujer da de lleno en el motivo por el que el cabello es tan político e importante. Puede anunciar al mundo que eres una tía hippy o un homosexual, que desafías las normas culturales o de género. Sí, esto puede convertirte en objeto de odio o burla, pero ahora es más importante que nunca que hagamos visible nuestra diferencia. Ahora no es momento de ser convencionales o de cortar lo que nos hace únicos y debemos resistir frente a las fuerzas políticas que nos presionan para que lo hagamos, porque hay mucho más en riesgo que tan solo el cabello.

Los derechos y las vidas de las comunidades vulnerables ―mujeres, personas LGBT, musulmanes, personas de color― están siendo atacados desde una administración política que ha retirado la protección a los estudiantes trans y que ha permanecido en silencio mientras hombres gais y bisexuales eran encerrados en campos de concentración y asesinados en Chechenia. Para un hombre, cortarse el cabello es una nimiedad, pero tiene un significado. Es una declaración de conformismo, de respaldo al patriarcado, de perpetuación de la dualidad de género que engendra sexismo y homofobia.

Puede que no entienda por qué empecé a dejarme crecer el pelo cuando inicié este viaje, hace varios años. Pero hoy, la misión está clara. Mi cabello es un símbolo de mi condición queer y de mi resistencia. Al principio la pregunta que me atormentaba era, ¿Me contratará alguien si llevo el pelo largo?, pero las preguntas en realidad deberían ser: ¿Qué amenaza supone el pelo largo? ¿Qué representa? ¿Y cómo podemos, como sociedad, organizarnos para que la gente no se vea obligada a encajar en un género concreto por miedo a sufrir discriminación?

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Texto Daniel Reynolds
Fotografía Hairfreaky vía Flickr Creative Commons
Traducción por Eva Cañada