es hora de hablar de la obsesión del arte por los 'genios atormentados'

¿Es realmente perjudicial la correlación que se establece entre creatividad y enfermedad mental?

por Wendy Syfret
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02 Marzo 2017, 8:59am

La semana pasada, el aclamado fotógrafo Ren Hang se quitó la vida a los 29 años de edad. Aunque cualquier fallecimiento es doloroso, la pérdida de alguien tan joven a menudo suscita determinado tipo de reflexión. La obra de Ren era con frecuencia el conducto para iniciar conversaciones en torno al sexo, la censura, el conservadurismo y el papel del arte para desafiar al mundo que nos rodea. Pero cuando se le preguntaba acerca de sus motivaciones, el artista era de todo menos grandilocuente. Normalmente explicaba que su arte no trataba sobre nada, sino que era más bien un modo de sentirse menos solo y lidiar con el vacío que le perseguía de sala en sala, de exposición en exposición y de celebración en celebración. Con estas palabras resonando en nuestra mente, parece fundamental seguir su propio razonamiento tras su pérdida y cuestionar el modo en que entretejemos el discurso sobre salud mental dentro de las historias de los artistas.

La imagen del artista atormentado es omnipresente y, con demasiada frecuencia, romántica. El dolor que albergan quienes llevan vidas creativas se presenta de forma diferente ante los demás. Cuando un contable está deprimido es psicología, pero cuando un artista está deprimido es poesía.
Se trata de una idea que todos hemos acabado creyendo, libre y resolutivamente, durante siglos. La creatividad y la enfermedad mental a menudo están vinculadas, como si solo pudieran existir en medio de un delicado equilibrio y modificar la una supusiera la destrucción de la otra. Los artistas cuya obra está empañada por la depresión y la ansiedad a menudo las presentan como el precio que deben pagar por su propio don. Edvard Munch dijo en determinada ocasión: "Mi miedo hacia la vida es necesario para mí, como lo es mi enfermedad. Son indisolubles de mi ser y su destrucción supondría la destrucción de mi arte".

El vínculo entre creatividad y depresión radica de hecho en nuestra química. Un estudio llevado a cabo en Islandia en 2015 descubrió que el 25 por ciento de las personas creativas son más susceptibles de sufrir trastorno bipolar o esquizofrenia debido a unos genes específicos de los que son portadores. Los escritores presentaban un 121 por ciento más de probabilidades de vivir con trastorno bipolar y un 50 por ciento más de probabilidades de quitarse la vida.

Pero las pruebas científicas de que estas cualidades se unen de forma natural no deberían servir como excusa para pensar que las cosas simplemente son así. La idea persistente de que es necesario ser infeliz para estar auténticamente abierto a absorber y traducir la condición humana es tanto artificial como peligrosa. Francis Bacon, uno de los pintores más célebres del siglo pasado, no era inmune a este temor. Una vez afirmó: "Los sentimientos de desesperación e infelicidad son más útiles para un artista que el sentimiento de satisfacción, porque la desesperación y la infelicidad amplían toda tu sensibilidad". Normalmente no solemos estar en desacuerdo con Francis, pero debemos explicar que las cosas no son tan sencillas.

Fotografía Ren Hang. Imagen vía @renhangrenhang

El debate sobre si la infelicidad y la melancolía son de hecho ingredientes fundamentales para la creatividad es constante y complejo. El investigador sobre la felicidad (sí, ese trabajo existe de verdad) y profesor de Harvard Shawn Achor ha dedicado su carrera al estudio y la búsqueda de las emociones positivas. Busca demostrar que somos más creativos cuanto más felices somos. En una entrevista concedida a Inc explicó que, en su investigación, ha descubierto que cuando mantenemos un estado mental optimista nuestro cerebro es capaz de percibir más posibilidades. Cuando diversos investigadores de la Universidad de California San Francisco llevaron a cabo escáneres de los cerebros de varios músicos de jazz mientras tocaban descubrieron que las partes de su cerebro que controlaban la creatividad estaban más activas cuando observaban imágenes que les proporcionaban alegría.

Pero incluso este razonamiento simplifica en exceso la cadencia de la creatividad, reduciéndola a la suma de unas cuantas partes que pueden corregirse o eliminarse. Ninguno de los dos discursos reconoce que la creatividad es un don innato, extremadamente difícil de perder o alterar. De modo que, aunque debemos tener cuidado de no simplificar un concepto tan increíblemente enigmático, sigue siendo preciso que reconozcamos que celebrar cualquier tipo de dolor amenaza con actuar como otra barrera para las personas que buscan o necesitan ayuda.

No sabemos si los amigos de Ren Hang conocían sus problemas de salud mental. Teniendo en cuenta que su obra era una carta de amor a sus vidas y sus cuerpos, una celebración de su belleza presentada como un bálsamo para su propio dolor, cabría suponerse que le amaban y apoyaban completamente. Pero en el caso de muchos otros creativos, los síntomas de desazón mental son con demasiada frecuencia ignorados ―o aún peor, esperados― por quienes les rodean. Su lucha se ve ensombrecida por nuestra idea preconcebida de lo que es normal y aceptable; y la consecuencia de este razonamiento colectivo es la falta de preocupación por la salud mental y el bienestar dentro de las artes en general.

Los artistas no solo sufren por ser receptores de cierta carga mítica que da y quita a voluntad, también sufren porque trabajan en una industria que les provoca un enorme estrés con muy poca seguridad laboral o garantías económicas a largo plazo. Recurriendo eternamente a la imagen del artista profundamente melancólico ignoramos carencias muy reales en lo que respecta a la salud y la seguridad en el lugar de trabajo que con mucha frecuencia hacen que se sientan solos. Hablando el año pasado con el Standard, Cal Strode, de la Fundación para la Salud Mental, reflexionaba que las afecciones médicas dentro de las artes con frecuencia menoscaban la salud mental de los empleados debido a "contratos inseguros, tasas o salarios bajos y horarios laborales incompatibles con la vida social". También explicó que estos problemas se agravan con las expectativas de trabajar gratis o por la temida "exposición", lo que devalúa o menosprecia su trabajo.

"Los artistas no solo sufren por ser receptores de cierta carga mítica que da y quita a voluntad".

De forma similar, un informe realizado en 2015 por la Universidad de Victoria, en Australia, descubrió que las personas que trabajan en las artes interpretativas presentaban un 10 por ciento más de probabilidades de experimentar ansiedad y un cinco por ciento más de experimentar depresión que la población general. Esta vez las cifras no estaban vinculadas a ninguna predisposición congénita, sino que se atribuían directamente a la inseguridad financiera y a las malas condiciones laborales.

Cuando nos creemos estos clichés y arquetipos nos anestesiamos ante la realidad que nos rodea. Permitiendo que un creativo que sufre se funda en un millón de imágenes y suposiciones familiares no solo perjudica al individuo, sino que también debilita a la comunidad creativa en general. Durante demasiado tiempo, esta enfermedad real que se da dentro del mundo de las artes ha sido capaz de germinar porque nos han dicho que así es como siempre han sido las cosas. Pero del mismo modo que dejamos que el discurso sobre la salud mental penetre en todas las demás facetas de nuestra vida, es preciso que brindemos el mismo apoyo y la misma comprensión a los artistas. Después de todo, el dolor sigue siendo dolor, por bello que sea.

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Texto Wendy Syfret

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