poderosas imágenes de la frontera de venezuela en plena crisis migratoria

El fotógrafo John Guerrero captura a algunas de las 5,000 personas que salen de La Parada cada día, emprendiendo un viaje peligroso y desgarrador para tener la oportunidad de tener una vida mejor.

por i-D Staff
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29 Octubre 2019, 11:06am

Esta historia apareció originalmente en 'The Post Truth Truth Issue' de i-D, nº 357, otoño de 2019. Consigue tu ejemplar aquí.

El camino de salida de Venezuela comienza en la ciudad de Cúcuta, en la frontera con Colombia. Equipados con una mochila y alimentados por el miedo (y algo de esperanza), estos migrantes ponen en marcha algo que transformará indeleblemente sus vidas. Para algunos, sin un destino específico en mente, es simplemente una cuestión de supervivencia. Para otros, aunque comparten la misma urgencia, existe cierto consuelo al saber que alguien los está esperando en algún lugar.

Muchos de estos venezolanos no tienen pasaporte, por lo que no tienen más remedio que entrar en Colombia ilegalmente: por una cantidad que varía entre los 3 y los 6 dólares estadounidenses, puedes comprar un pasaje a través del río Táchira. El cruce está controlado por delincuentes y fuerzas paramilitares, y los migrantes siempre corren el riesgo de ser atracados. También existe el temor constante de ser deportado, lo que infunde un sentimiento de desesperación que pesa mucho en sus mentes; pero de alguna manera continúan. La mayoría de estos migrantes no tienen más remedio que seguir adelante a pie, incapaces de pagar la tarifa del autobús y sin la documentación necesaria para hacerlo.

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Ese sendero comienza en La Parada, una ciudad fronteriza al sur de Cúcuta que depende principalmente del contrabando para mantener su microeconomía en movimiento; aquí se puede comprar y vender cualquier cosa. Aproximadamente 35,000 personas entran en Colombia a través de Cúcuta diariamente, en su mayoría venezolanos en busca de alimentos y medicinas que no están disponibles en su país. Muchos también vienen a trabajar a la frontera, como vendedores ambulantes y porteros. La relación simbiótica entre estos vecinos colombianos y venezolanos ha tomado diferentes formas a lo largo de las décadas. Antes de la crisis, era raro encontrar venezolanos trabajando allí, ya que eran principalmente los consumidores, ahora están compitiendo con los locales para obtener lo que pueden.

Sin embargo, no todos los venezolanos regresan a sus hogares después de trabajar en La Parada, aproximadamente 5,000 al día están escapando de la crisis económica en el país. Empujados hasta el punto en que tienen que abandonar sus hogares, comienzan un camino peligroso y esperanzador hacia una vida mejor. Son recibidos con un ascenso inclinado hacia las montañas, a menos de 50 millas de la frontera, a lo largo de caminos aparentemente interminables: La Parada está a 1400 pies sobre el nivel del mar, pero el punto más alto de la carretera es de 10,800 pies, y muchos están mal preparados para el frío clima que hay a mayor altitud. Sus sandalias de goma comienzan a ceder y muchos sufren a lo largo del camino, expuestos al viento y la lluvia; los afortunados encuentran refugio nocturno en los centros de refugiados dispersos a lo largo de la ruta.

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En estos momentos de desesperación también se ve la dualidad de la humanidad, las personas en su mejor y peor momento: la carne y la sangre no significan mucho cuando luchas por mantenerte con vida. Los parientes indefensos deben valerse por sí mismos, despojados de lo poco que les queda; las esposas y las madres caen en la prostitución solo para poder mantener a sus hijos en el camino.

Pero también hay esperanza. Marta Duque, de Pamplona, Colombia, vive en una casa junto al camino que toman los migrantes al ingresar al pueblo. Después de ver tantas caras vulnerables pasar por su puerta, se sintió obligada a ayudar y abrió su hogar a los que pasaban, proporcionando refugio para hasta 60 mujeres y niños por noche (los hombres duermen al lado en un centro de refugiados separado). Me sorprendió su improvisada operación: trabajando con un equipo de voluntarios muy unidos, Marta alimenta, viste y aconseja a los que pasan. Gestionando todo lo que puede, su labor inquebrantable ha proporcionado ayuda a aquellos que realmente lo necesitan.

Al cruzar el imponente Páramo de Berlín, al salir de Pamplona, el camino de los migrantes se enmarca en un telón de fondo de niebla perpetua que descansa sobre la cordillera de los Andes, una vista majestuosa estropeada por la realidad de su desplazamiento. Pueden pasar hasta cuatro días caminando por los páramos antes de que lleguen a la siguiente ciudad; esto es solo el comienzo. Muchos siguen caminando, se tarda hasta dos semanas en llegar a Bogotá, Cali o la frontera ecuatoriana.

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A pesar de las insoportables dificultades que enfrentaron durante su viaje, muchas de las personas que conocí y con las que hablé fueron lo suficientemente amables como para abrirse a mí, compartir sus historias y reírse de sus propios problemas. Me han enseñado la verdadera capacidad de recuperación y el peso de su difícil situación colectiva es difícil de expresar con palabras, y mis palabras nunca podrían hacerles a estas personas la justicia que se merecen.

Sin embargo, sus voces deben ser escuchadas. Es fácil olvidarse de una persona anónima necesitada, pero tenemos la obligación de devolverles una respuesta humana. No hagamos la vista gorda ante el sufrimiento del pueblo de Venezuela. Puedo enumerar datos asombrosos para reforzar la gravedad de su situación, pero eso lo dejo a las organizaciones correspondientes. Solo puedo hablar de mi experiencia de primera mano en esta crisis vigente y sus trágicas consecuencias.

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No podría haber hecho esto sin el apoyo de Juan A. Zapata, Danny Javier Sánchez y Sergio F. Jaimes. Su nervio inquebrantable y su determinación fueron la fuerza impulsora en algunas situaciones precarias que hemos presenciado. Estoy eternamente agradecido por su compañía a lo largo de este proyecto.

Para obtener más información sobre esta crisis o para donar dinero a la causa: acude al Consejo Noruego para los Refugiados, a ACNUR (La Agencia de la ONU para los Refugiados) o al Comité Internacional de la Cruz Roja; son los que están haciendo el mejor trabajo sobre el terreno.

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Créditos

Photography John Guerrero

This article originally appeared on i-D UK.

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