el emo es la última subcultura de nuestros tiempos

La generación de 'millenials' más incomprendida fue la que asentó las bases de la comunicación 'online' y, solo por eso, le debemos mucho a este estilo tan controvertido.

por Hannah Ewens
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08 Julio 2015, 1:45pm

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Si eres un millenial y estás leyendo esto, estamos seguros de que alguna vez -al igual que millones de personas- has conocido a algún Tom. Su nombre completo era Thomas Anderson y automáticamente fue tu primer "amigo" en Myspace después de crearte el perfil. Hablamos del 'friki' que creó la primera gran red social que enganchó a toda una generación a principios de los 2000. 

Además de por su su pasión por la música garage, los emos son, sin lugar a dudas, la última subcultura auténtica. Las tendencias van y vienen y, aunque las modas pueden parecer algo innovador, son algo inevitablemente efímero. En algún momento entre 2003 y 2008, la cultura emo llegó a través de Internet, ese lugar donde los adolescentes más inseguros manifestaban su angustia y rebeldía hasta impregnar todos los aspectos de sus vidas. 

Para muchos, ser emo no significa solo llevar cinturones con tachuelas, vestir de rojo y negro y taparte los ojos con un flequillo enorme: los que han pertenecido a esta subcultura la recuerdan como un periodo revelador de su juventud.

Todo comenzó con la música: el género nace de la escena hardcore punk de mediados de los 80 y más tarde se remonta a los años 90 con bandas como Mineral y American Football. Sin embargo, no fue hasta principios de los 2000 cuando el pop emergente se fusionó con el hardcore para crear un género comercial -muy explotado por la MTV- con el que apareció una nueva generación de grupos como Taking Back Sunday, Brand New, Hawthorne Heights, My Chemical Romance y Fall Out Boy. 

Aunque se creó a partir de la música, la subcultura emo sobrevivió gracias a una tecnología que propició las condiciones perfectas para que el fenómeno creciese a gran escala. Por primera vez, sin tan siquiera salir de su habitación, la gente joven podía tener interacción con los grupos de música.

Los artistas tenían su propia presencia virtual y se volvieron personajes accesibles, mientras que su emotiva y melancólica música tenía la suficiente energía para que toda una generación de seguidores devotos se pusieran a sus pies. Y así nació una nueva cultura de adolescentes suburbanos listos para devorar todo lo que Internet podía ofrecerles.

Myspace nos permitió crear una identidad online: podías personalizar tu perfil, subir un selfie -ya que es ahí donde nació este fenómeno- y ponerte el nombre que siempre quisiste tener (blackprincess, suicidalgirl o ponyqueen). Entramos en una época en la que luchábamos por encontrarnos a nosotros mismos y, de repente, descubrimos que había millones de amigos virtuales ahí afuera haciendo lo mismo. 

Sacrificaste la mayor parte de tu cara para presumir de flequillo y descubriste que el maquillaje ya no era solo cosa de chicas desde el momento en el que Pete Wentz y Gerard Way se pusieron lápiz y sombra de ojos en los conciertos. El género no importaba porque todos llevábamos lo mismo: pantalones pitillo, el pelo teñido, esmalte de unas y camisetas de grupos de música apretadas.

La subcultura emo era muy distinta a las anteriores: era introspectiva y cautelosa debido a que sus integrantes fueron los primeros adolescentes que conocieron Internet como hoy lo entendemos. En lugar de enfrentarnos al mundo, nos enfadamos con nosotros mismos y, aunque los emo estaban en contra de las etiquetas, el objetivo de su existencia era formar parte de una tribu. 

El fenómeno creció tanto que las empresas no tardaron en aprovecharse del poder adquisitivo de los adolescentes: Topman comenzó a vender chapas de grupos, sudaderas con capucha y vaqueros pitillo. Por primera vez en mucho tiempo, la calle se convirtió en un escaparate para los jóvenes provocadores.

Y así, de repente, el emo murió de la misma forma que lo hacen todas las subculturas: fue devorado por el mainstream, aunque la migración masiva a otras plataformas online como Facebook también contribuyó a su desaparición. Incluso las bandas más representativas del movimiento -como My Chemical Romance y Fall Out Boy- evolucionaron a un estilo más actual.

No obstante, esta subcultura llegó a tener tanto poder que podemos decir sin miedo a equivocarnos que asentó las bases de la interacción entre los veinteañeros de ahora. Así comenzó la cultura de las redes sociales, los emoticonos, los memes e incluso de Tumblr, donde compartimos públicamente el trabajo que nos gusta de los demás.

El emo demostró el poder que tienen los medios de comunicación a la hora de aprovecharse de los jóvenes, pero, por otra parte, también demostró lo importante que es la interacción entre el artista y sus fans para aumentar su presencia social.

En términos de estilo, la estética emo sigue siendo popular e incluso ha ganado adeptos: chapas, parches, gafas de pasta, chaquetas de cuero, pitillos y vans. Hasta las tendencias nacidas de Internet como el cyberpunk y la moda 'dollskill' tienen referencias de la escena emo. 

El emo también contribuyó al inicio de la economía online y el consumo y venta de moda: muchos adolescentes montaban sus propias tiendas en Myspace en las que vendían pulseras, camisetas y otros accesorios que, de otra forma, no podrían revender.

Internet ayudó a la difusión de la cultura emo, pero también se aseguró de que desapareciera el concepto de subcultura al que estamos acostumbrados. Ahora, el individualismo reina entre los jóvenes y por eso creemos que los emo han cerrado el círculo, pero analizando cómo han influido en nuestra forma de entender la tecnología, estamos seguros de que no les olvidaremos tan fácilmente.

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Texto Hannah Ewens
Imagen vía Flickr

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