por qué es tan necesario acabar con el tabú de la ansiedad y la depresión

Según los expertos, una de cada seis personas padecerá depresión a lo largo de su vida. Por ello, y si queremos encontrar soluciones al problema, ya es hora de que dejemos a un lado los estigmas que giran en torno a la salud mental.

por Raquel Zas
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22 Septiembre 2016, 9:35am

Fotograma de 'Prozac Nation'

Imagina por un momento unas uñas deslizándose por una pizarra, un tenedor por un plato vacío o cualquiera de esas cosas que generan esa sensación insoportable de grima que hace que un escalofrío recorra todo tu cuerpo y te ponga literalmente de los nervios. Multiplica esa horrible sensación por 100 y tendrás una ligera idea de lo que es padecer ansiedad. 

Todas esas personas que la padecen tienen que lidiar cada día con sus síntomas, seguir con su vida con total normalidad y aún encima tener que aguantar a alguna persona cercana hacer comentarios impertinentes del tipo: "anímate, que no es nada". 

Sin embargo, esta no es la única enfermedad mental que azota nuestra sociedad hoy en día, pues la depresión, el trastorno bipolar o el trastorno obsesivo compulsivo son dolencias más comunes de lo que pensamos y las sufren muchas personas que se encuentran a nuestro alrededor, cargando a sus espaldas con un estigma que suelen llevar en secreto por vergüenza. 

Recientemente, el gobierno de Ada Colau anunciaba la creación de la Mesa de la Salud Mental, que redactará un plan destinado a acabar con el estigma social de las enfermedades psiquiátricas, financiando mejoras, estudiando de qué maneras se puede ayudar a los afectados y cómo prevenir el aumento de estas patologías, pues solo en Barcelona "el 12% de la población está o estará en riesgo de padecer alguna enfermedad mental". 

El trastorno de ansiedad y la depresión son enfermedades demasiado habituales en 2016, y muchos ya las han apodado como "la epidemia del siglo XXI". Si te paras a hablar profundamente con alguien —más allá de las banalidades del día a día— y sabes mirar más allá de imágenes proyectadas en redes sociales y sonrisas cordiales, descubrirás que mucha gente que conoces está pasando por una crisis existencial, ha perdido el control de su vida o incluso está sometido a una severa medicación para controlar los ataques de pánico. 

El peor problema al que se enfrenta alguien que padece trastorno de ansiedad o depresión no es tener que estar cada dos minutos tomándose el pulso para comprobar que todo está bien, ni lidiar con el miedo irracional a la muerte, ni siquiera intentar ahuyentar esos pensamientos obsesivos que llenan su cabeza con ideas negativas y autodestructivas. Lo más difícil es que la gente que hay a su alrededor no le entienda. Porque cuando te encuentras en una situación de tristeza permanente que escapa de tu control, que alguien te diga —aunque sea con la mejor intención del mundo—: "Tu vida va bien, no tienes ninguna razón para sentirte mal", lo cierto es que te hace sentir muy incomprendido.

De hecho, en muchas ocasiones los enfermos ni siquiera son conscientes de que lo son, no llegan a ser tratados por falta de recursos (el tratamiento para este tipo de dolencias es caro y no lo cubre la Seguridad Social) o simplemente no creen necesario tratar unos síntomas que se consideran inofensivos y pasajeros. 

Hay que tener muy claro que la depresión y la ansiedad no son un estado de ánimo; son enfermedades tan graves como lo es la diabetes o el asma. La diferencia en este caso radica en cómo son vistas por la sociedad. Las enfermedades mentales son todavía un auténtico tabú social que obliga a los que las padecen a interiorizarlas, acentuando así sus propios síntomas y miedos. 

Hace unos dos años me diagnosticaron trastorno de ansiedad y depresión y, desde entonces, mi vida y mi propia personalidad cambiaron por completo. La enfermedad se convirtió en la auténtica protagonista de mi día a día. Ella pensaba por mí, decidía a donde debía ir y hasta qué música escuchaba. Era ella la que controlaba si ese día me iba a levantar con una sonrisa o, por el contrario, hecha polvo. Me absorbía la energía de tal manera que una actividad tan cotidiana como bajar a hacer la compra se convirtió en algo insufrible.

Fotograma de 'Mi Idaho privado'

La ansiedad me quitó las ganas de salir de fiesta (y mucho menos beber alcohol), apenas me relacionaba con mis amigos y compañeros de trabajo y mi momento favorito del día era cuando me metía en cama para dormir una larga siesta. Me pasé un año y medio con una medicación que me ayudó a mejorar mucho, pero ahora, después de dejarla, descubrí que tan solo es una frágil tirita que está muy lejos de curar la enfermedad. El gran tedio de la salud mental es que, en muchas ocasiones, la cura está en tu cabeza.

Sin embargo, a pesar de todo esto, aprendí que esta es una enfermedad y todo lo que gira alrededor de ella son solo molestos síntomas que tengo que soportar y que, con el tiempo y esfuerzo, acabarán por desaparecer. Lo realmente complicado es lidiar con esto públicamente. Los únicos que sabían de mi ansiedad eran mi madre y mi pareja por aquel entonces y, pese a que desmoronaba todos los aspectos de mi vida, la mantenía escrupulosamente en silencio. Y no es de extrañar, cuando la mayoría de la gente asocia acudir a un psiquiatra y medicarse con ser un psicópata (me ha costado meses estar segura de mi cordura como para que alguien dude de ella).

Por no hablar de las opiniones tan poco acertadas que muchos tienen en torno a este problema (que la mayoría confunde con simple tristeza) tachando de "egoístas", "ingratos" o "niñatos" a los que las padecen por estar tristes cuando "no saben lo que es tener problemas de verdad". Sentirse así cuando se es consciente de lo afortunado que eres es tremendamente frustrante.

Sin embargo, a medida que pasa el tiempo cada vez me cuesta menos hablar de mi trastorno, sobre todo porque soy consciente de lo que significa para otros afectados saber que este tipo de dolencias son algo, desgraciadamente, muy común. Por eso es tan necesario que la sociedad —es decir el gobierno, los medios y nosotros mismos— tomemos conciencia de esta situación que afecta cada vez a más gente y, en especial, a nuestra generación. 

Personalidades como Cara Delevingne, Zayn Malik, Justin Bieber o el modelo Kirt McClean ya han empezado a hablar abiertamente sobre ellas y están propiciando un debate entre los jóvenes que están pasando por lo mismo y que no se a atreven a exteriorizar sus conflictos. Sin embargo, ahora ha llegado el momento de que también lo haga la gente anónima. Muchos aseguran que gran parte de la solución está en uno mismo: seguridad, fuerza de voluntad, positivismo y autoestima, pero lo cierto es que vivir en un entorno que no estigmatice estas enfermedades supondría de gran ayuda a los millones de personas que sufren a diario.

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