¿puedes dejar de fumar?

Desde que enciendes el primer cigarrillo hasta que te fumas el último, Tom Rasmussen indaga sobre la vida del fumador.

por i-D Staff y Tom Rasmussen
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04 Febrero 2016, 1:00pm

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¿Por qué empezamos a fumar? En realidad hay un sinfín de razones: tienes 15 años y tus padres no te pillan el rollo, así que decides que la forma más fácil de desafiar todas las reglas que te imponen constantemente es tomar una decisión que sabes que desaprobarán rotundamente (a escondidas, por supuesto).

¡Eso es! Estás un paso más cerca de la independencia —de la emancipación— con cada calada de ese pitillo y así puedes dejar atrás el drama que te espera al final de cada día de instituto. Además, has decidido que si Leonardo Dicaprio fuma en Romeo y Julieta, será algo más de lo que tendréis que hablar tras vuestro inevitable encuentro y posterior compromiso.

Pasas de fumar un cigarrillo a medias, a fumarte dos y luego diez y luego treinta al día. Eso es lo que hice yo: nunca fui un fumador social, si estaba despierto me ponía a inhalar un cigarrillo de liar tras otro.

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Fotograma de 'Soñadores'.

Durante los primeros años funciona porque básicamente todo el mundo fuma, pero poco a poco la gente a tu alrededor cumple con su promesa de "Dejaré de fumar después del instituto/universidad/cuando cumpla 21". Te quedas solo y fuera —desde la ley antitabaco del 2011— sin poder cumplir con tu propia promesa, acercándote cada vez más a la temida condición del 'fumador adulto' del que tanto te has reído en tus años mozos con tus amigos firmemente declarados no fumadores.

Ahora tienes 24 años y llevas fumando sin parar desde hace casi una década, como yo. Completamente convencido de que es amor lo que sientes por los cigarrillos, no te das cuenta de la clara adicción a la nicotina, y no hay nada peor que tener que responder a las constantes críticas hacia algo que no solo amas, sino que crees que forma una parte esencial de tu personalidad.

Se establece una guerra entre fumadores y no fumadores, si alguien al que aprecias desprecia tus malos hábitos, fumas para intentar consolarte a ti mismo; si un extraño te critica, le tachas de idiota y tirano y fumas para defender tu libertad. Es imposible explicar a un no fumador la sensación que sientes al dar una calada a un cigarrillo, porque estás enamorado, y adicto.

Pero aun eres joven y todavía te crees bastante invencible a pesar de las constantes molestias que te suben por los pulmones, y esa tos continua que parece no tener otro propósito que interrumpir tus conversaciones. Al parecer, un cigarrillo se lleva de siete a diez minutos de tu vida, suena aterrador, pero si haces cálculos te cuadra —he fumado unos 109.500 cigarrillos, lo que significa que he perdido 2,083 años.

Vale la pena de lejos, la palmaré cuando tenga unos 79, en lugar de 81, de todas formas, ¿qué emoción podrían tener esos dos últimos años? Además, el dinero que podría ahorrar por no fumar ahora lo gastaría entonces, ¿no? Todos los caminos llevan a fumar.

Eran las 3:45 de la madrugada del 7 de noviembre del 2015 y no conseguía dormirme. Me levanté para fumar un cigarrillo, pero me di cuenta de que no tenía ni rastro, ni una colilla ni restos de tabaco mezclados con polvo en el fondo de mi papelera, lo que pude comprobar tras volcar todo su contenido nerviosamente en el suelo.

La tienda 24 horas más cercana está a unos 15 minutos a pie de mi casa, pero ahí me tienes acercándome hacia ella a las 4 de la mañana en pijama y caminando al ritmo que me dejaban mis sandalias bajo una lluvia torrencial. Compré unos pitis, me fumé uno y listo. Como pasa con un flechazo o con un novio de toda la vida, en ese momento era incapaz de ver lo que siempre había amado del tabaco desde el principio.

Imagen vía @jarlos420

Por supuesto, seguí fumando durante otra semana —valía la pena intentarlo— pero tras unos 210 cigarrillos está claro que no sentía nada más que una necesidad física. En realidad no quería dejarlo, pero tampoco quería seguir fumando, podía ver la adicción claramente.

Para mí, había llegado el momento de poner fin a la relación. Y como el completo gilipollas que soy no puse término medio y pasé directamente a sufrir el mono, sin paquetes de emergencia ni aplicaciones que me felicitaran por mi contribución diaria a evitar morir de cáncer o me ayudaran a contar el dinero que llevaba ahorrado (aunque de todas formas ya lo había gastado, para el júbilo de mi armario). Obviamente, la primera semana me la pasé sudando por la noche y tosiendo sin parar unos inhumanos mocos negros.

Las encías me sangraban cada vez que me cepillaba los dientes y la cara me quedó echa un asco con unas enromes manchas rojas seguidas de una legión de granos. A medida que fue pasando el tiempo desparecieron los síntomas de abstinencia, aunque fueron sustituidos por un aumento de peso (pero quizás eso tenga más que ver con mi apetito voraz).

Fotograma de 'Trainspotting'.

En la vida después del tabaco, incluso los recuerdos más románticos de esos cigarrillos especiales empiezan a desvanecerse. ¿Estás seguro de que tenías un piti en la mano cuando te enamoraste? ¿Fue realmente el cigarrito post-coito lo que hizo que el sexo fuera lo más?

Cuando todo acabó y el tipo empezó a hablar pestes de ti en Instagram, ¿fue tu fiel cigarrillo lo que te ayudó a secar las lágrimas? La respuesta para mí en todos estos casos es que no. De hecho, cuando piensas en esos viejos tiempos, lo que vale la pena recordar es siempre algo que no tiene nada que ver con los cigarrillos, aunque tu adolescencia y juventud parezcan estar atadas sin remedio a tu adicción a esos pérfidos dardos hacia tus pulmones.

Quería ser como mis ídolos del rock 'n' roll de los 70, y por no pasarme a la heroína decidí que fumar me ayudaría a crear mi torturada personalidad creativa, no tenía dinero para comida pero la pasta nunca me faltaba para unos pitis.

Acabar con esos pequeños palitos blancos que ya formaban parte de mi identidad parecía tan difícil como separar uña y carne (o al menos eso era lo que pensaba cuando aún amaba fumar). ¡Menudo ego! Tras superar la adicción a la personalidad propia, hay que hacer frente a la adicción física, y con eso pasa lo mismo que con un ex típico, una vez que lo has dejado, el afecto que mi cuerpo siente por los cigarrillos me apuñala por la espalda. Me cuesta trabajo subir las escaleras sin que me falte el aliento y cada frase que digo en voz alta se ve interrumpida por una tos seca.

Fotograma de 'Sister'.

Te das cuenta de que con la adicción a la nicotina te encuentras bajo un control absoluto que solo beneficia a una persona, al magnate del tabaco. Como fumadores, somos víctimas de un régimen capitalista gigantesco que disfraza la libertad del fumador para sacar provecho, defendiendo nuestra 'libertad para fumar' y nuestro amor por el acto.

Empresas internacionales se enriquecen a costa de un grupo de personas que son presa de una adicción, y a medida que los mercados de occidente se debilitan a causa de legislaciones y campañas antitabaco, estas empresas desvían su atención hacia otros lugares, más recientemente hacia Pakistán, la India e Indonesia, donde el producto está sujeto a impuestos más bajos, el acceso a la educación y la sanidad es más reducido y no existe ninguna ley que dicte a qué edad se puede empezar a fumar.

Y lo cierto es que el único que sufre es el fumador, o adicto, que tiene dificultades para respirar y devuelve con los impuestos el dinero que sus amigos fumadores requieren para hacer frente a sus problemas de salud, el fumar no tiene nada que ver con los no fumadores.

Hay muchas excusas que la gente puede utilizar para alimentar su adicción al tabaco, pero los antiguos fumadores a menudo restan importancia a la relación que los fumadores actuales tienen con la Reina Nicotina como una adicción simple y pura, e intentan evitar ese término. Para mí se trataba de amor, y ahora ya no lo es, pero puede que algún día lo vuelva a ser. Ahora al parecer soy adicto a mirar el vídeo de apertura de Christina Aguilera en los premios de la MTV de 2003 en bucle. Nadie puede decirte que dejes de fumar, tienes que desenamorarte tu solo, por cualquier razón que sea.

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Texto Tom Rasmussen
Campaña C'est être l'esclave du tabac, de la Asocación francesa antitabaco

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